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Capítulo 135: En mis sueños, siempre vuelvo a ese momento…

  En las orillas del río, cerca de la zona segura del campamento, una batalla feroz se desataba sobre las aguas turbulentas.

  —?Vamos! ?Aún no he mostrado lo mejor de mí! —rugió Reinhard, alzando su lanza con un brío salvaje, haciendo vibrar el aire con su energía.

  Joseph sonrió con altivez, sus ojos se encendieron por la euforia del combate. Alzó sus dos espadas con fluidez y detuvo el embate de su oponente. El estruendo del choque retumbó como un trueno. La energía brotó del impacto, estremeciendo la tierra y haciendo que ráfagas de viento barrieran la maleza circundante.

  Ninguno cedió. Era un duelo entre voluntades indomables.

  Joseph dio un paso atrás, y con un giro vertiginoso sobre su propio eje, desató un torbellino de cortes que silbaban como cuchillas en el viento. Reinhard retrocedió, forzado a esquivar con una precisión milimétrica, su lanza giró como una extensión de su cuerpo. Pero Joseph se movía con una velocidad cada vez más inhumana, como si el aire mismo no pudiera tocarlo.

  Reinhard buscó una apertura. Clavó el bastón de su lanza hacia adelante en una serie de estocadas rápidas, cada una con una intención letal. Pero Joseph desvió todos los ataques, sus reflejos se afilaron por un nuevo poder que se manifestaba en su cuerpo.

  —?Eso es todo lo que tienes? —espetó Joseph, con una chispa de burla en la voz —?Vamos, Reinhard! ?Demuéstrame de qué estás hecho!

  —?Muy bien! ?Veamos si puedes con esto!

  Reinhard se impulsó hacia atrás, utilizando su cola para ganar distancia. Tomó su lanza desde la base y extendió su brazo al máximo, preparándose. En su mente, la imagen de Cáliban, atravesando la roca con la técnica de “Perforación” para salvar a Joseph, surgió como un fuego sagrado. Lo había visto luchar, desesperado por abrir una puerta que él mismo no pudo romper. Aquella imagen se le grabó en el alma como una herida luminosa.

  —Una lanza que atraviese todo… —susurró Reinhard con reverencia. Sus ojos ardieron con anhelo —Sí... eso es lo que deseo...

  Sus músculos se tensaron. Venas oscuras palpitaban sobre la piel escamada de su brazo. Magia y Aura se entrelazaban en la lanza, vibrando como una criatura viva, lista para desgarrar el mundo.

  —??Qué…?! ??Qué estás haciendo?! —gritó Joseph, retrocediendo por instinto. Por un instante, vio chispas encendidas arder en los ojos de Reinhard.

  —?Toma esto!

  Reinhard arrojó su lanza con una fuerza colosal. El arma surcó el aire como un rayo, silbando con la furia de una tormenta. Joseph alzó sus espadas en cruz, listo para detener el impacto. El estruendo del choque resonó por toda la ribera... pero algo no encajaba. La lanza no cayó. A pesar de haber sido detenida, siguió avanzando, como si una voluntad invisible la empujara hacia adelante.

  Desde la distancia, Reinhard alzaba el brazo, con los dedos tensos y los ojos ardiendo. Estaba canalizando su magia, obligando a la lanza a perforar la defensa de Joseph como si fuera una extensión viva de sí mismo.

  —?No tan rápido! —gru?ó Joseph, aferrando sus espadas con todas sus fuerzas.

  Con un grito, desvió la lanza hacia un lado con un golpe seco. El arma voló varios metros... y luego desapareció, regresando a las manos de Reinhard en un parpadeo, envuelta en destellos de aura. El silencio se impuso un segundo. Ambos se miraron, jadeando, con las fuerzas menguadas por el duelo.

  —Creo... que deberíamos dejarlo por ahora... Ya no me queda energía... —murmuró Joseph, doblándose ligeramente, agotado.

  Reinhard asintió, soltando un suspiro largo y profundo.

  —Yo también... ese último movimiento me drenó por completo...

  En ese momento, una figura emergió entre los árboles cercanos. Era Astrid, con su porte sereno y su mirada crítica.

  —Parece que esta vez se excedieron… —dijo firmemente, cruzando los brazos.

  —?Qué haces aquí? —preguntó Joseph mientras se secaba el sudor del rostro con la manga.

  —El líder ha regresado al campamento. Quiere verlos a los dos... de inmediato.

  Reinhard y Joseph intercambiaron una mirada rápida. El semblante de Astrid era más sombrío de lo habitual. Sin mediar palabra, los tres caminaron hacia el campamento. Al llegar, encontraron a Cáliban esperándolos, acompa?ado de Nhun y Bardrim.

  —Ustedes dos... acompá?enme. Necesitamos hablar en privado. —ordenó el líder con voz grave.

  Los demás en el campamento se miraron entre sí con curiosidad, pero nadie dijo nada. Todos sabían que desobedecer una orden en ese tono no era una opción.

  Dentro de la tienda, Reinhard y Joseph se mantenían firmes, aunque la tensión se notaba en sus rostros.

  —Muéstrenme su progreso. —pidió Cáliban, sin rodeos.

  Reinhard fue el primero. Alzó la palma con solemnidad. Sobre ella, se materializó su núcleo de energía del cuarto rango. Una esfera luminosa, con anillos flotando y peque?as estrellas girando a su alrededor como un sistema en miniatura.

  —??Cómo haces eso?! —exclamó Joseph, con los ojos abiertos como platos.

  —Solo concéntrate en tu núcleo... y empújalo hacia la palma. —respondió Reinhard con tranquilidad —Es una sensación extra?a al principio, pero termina fluyendo. Inténtalo.

  Joseph obedeció, cerrando los ojos con fuerza mientras se enfocaba en su interior. Le tomó varios minutos y varios intentos frustrantes, pero al final, lo logró. Sin embargo, al observar su núcleo flotando sobre su mano, frunció el ce?o. No se parecía en nada al de Reinhard. Las figuras danzaban en un caos hermoso pero incomprensible. Círculos, estrellas y medialunas giraban sin orden, como si un universo fragmentado se hubiese manifestado sin lógica.

  —?Por qué el mío se ve así? —preguntó con desconcierto.

  Reinhard le dirigió una mirada reflexiva antes de responder. Su tono fue más serio.

  —Eso pasa a menudo en el continente... Ser de doble núcleo o incluso triple puede parecer una bendición. Pero, ?Sabes por qué muchos lo consideran una maldición?

  Joseph negó con la cabeza.

  —Porque te hace perder el tiempo. —continuó Reinhard —Todos quieren llegar a la cima lo más rápido posible, y tener más de un núcleo significa tener que dividir tu esfuerzo. Mientras los demás avanzan recto, tú debes caminar dos caminos al mismo tiempo. Por eso la mayoría prefiere centrarse en uno solo. Solo aquellos con recursos, tiempo y voluntad, logran que valga la pena.

  —Lo que dice Reinhard es cierto. —intervino Cáliban, con la voz baja pero cargada de intención —Sin embargo, eso ya no será un problema para ti, Reinhard…

  Cáliban alzó su mano y la acercó al núcleo flotante. Un zumbido envolvió la tienda. El núcleo comenzó a absorber la energía ambiental, brillando con intensidad creciente.

  —Con este nuevo estado, podrás canalizar ambas energías por igual. No solo no te retrasarás... podrías incluso superarlos a todos.

  —?En serio...? ?Eso es increíble! —exclamó Reinhard, rebosante de emoción.

  En medio de esa conversación, Joseph pareció recordar algo importante. Dio un paso adelante, con una chispa de emoción renovada.

  —?Es cierto, olvidé comentar esto! ?Miren! ?Yo también puedo hacer lo mismo tú, Cáliban!

  Sus ojos se encendieron con un resplandor gris, divino e hipnótico. Joseph esperaba asombro… pero su maestro no se sorprendió. En cambio, comenzó una cuenta regresiva.

  —Cinco… cuatro… tres…

  —?Qué estás…? —Joseph no alcanzó a terminar la pregunta.

  —Dos… uno.

  Un dolor agudo atravesó sus ojos como si cuchillas lo rasgaran desde dentro.

  —?Agh! ??Qué diablos fue eso?! —gritó Joseph, llevándose las manos a los ojos con el rostro contraído de dolor.

  Cáliban soltó un largo suspiro, cruzando los brazos.

  —?En serio creíste que podrías usar un poder así… sin consecuencias? Tienes suerte de que tus ojos no hayan explotado.

  —?Pero cuando luché con Lendar, pude usarlo sin problemas!

  —Eso fue porque acababas de despertar tu Cuerpo Perfecto. Durante un breve instante, todas tus capacidades alcanzan su punto máximo... pero es solo temporal. Con el paso de los días, ese efecto se desvanece. —Hizo una pausa —Al menos ahora tienes algo de experiencia. Dime… ?Qué efecto tomaron tus ojos?

  —?Efecto...? —preguntó Joseph, confuso.

  Cáliban giró levemente la cabeza hacia Reinhard.

  —Reinhard… ?Nos dejas un momento?

  El aludido frunció el ce?o con una mezcla de sorpresa y tristeza, pero obedeció. Se retiró en silencio, con pasos pesados. Joseph lo miró alejarse, incómodo.

  —?Está bien eso...? Quiero decir, él…

  Cáliban se giró hacia él con una mirada firme.

  —La Mirada Celestial es una técnica que solo se transmite a los discípulos directos. Mi discípulo eres tú... no él. Sé que Reinhard es una buena persona. Pero no olvides cuál es nuestra misión. Los lazos pueden ser hilos que bailen con el viento... o cadenas que te impidan avanzar. No te confundas, Joseph. Aprende a poner tus límites. ?Entendido?

  Joseph bajó la mirada, asintiendo en silencio. Había tristeza en sus ojos, pero también entendimiento.

  —Bien. Ahora escucha con atención. La Mirada Celestial despierta el verdadero potencial del sentido de la vista. Cuando logras activarla por primera vez, a veces... se manifiesta un don. Algo único, exclusivo de tus ojos. Dime... ?Obtuviste algún don?

  Joseph guardó silencio por unos segundos, rebuscando en su memoria. Cerró los ojos, recordando la intensa lucha contra Lendar. Entonces comenzó a narrar cada detalle a Cáliban, sin omitir nada.

  Al escuchar su relato, Cáliban esbozó una expresión de sorpresa y, en el fondo, orgullo.

  —?Dices que podías ver los movimientos de tu rival... antes de que los realizara? Interesante...

  —?Por qué sucedió eso? —preguntó Joseph, genuinamente intrigado.

  Cáliban se sentó con lentitud sobre su cama, adoptando una postura más relajada, pero con la mirada fija en su discípulo. Su voz, esta vez, fue más pausada, como un maestro a punto de dar una lección.

  —La Mirada Celestial despierta tus ojos, sí… pero también algo más profundo. Con el tiempo, puede revelar un don único, más allá de ver a través de objetos o detectar presencias ocultas. Algunos pueden distinguir la verdad de la mentira, otros como yo percibimos las emociones e intenciones de quienes nos rodean. Incluso hay quienes logran identificar el punto débil de criaturas que no tienen forma física... Los dones son infinitos, pero parece que tú has obtenido uno de los más raros.

  Joseph se sobó el cuello, aturdido por la avalancha de información.

  —?Tendrá que ver con mi Ley?

  —Es muy probable. —asintió Cáliban —Pero por ahora, lo importante es entrenar tus sentidos. Comenzaremos cuando regrese de mi viaje.

  —??Eh?! ??Te vas de viaje?! —reaccionó Joseph, sorprendido.

  Cáliban se incorporó, ajustándose el cinturón.

  —Estaré en la mazmorra unos días. Hay algo que debo resolver personalmente. Tú y los demás volverán a casa… deben prepararse para los exámenes complementarios.

  Al escuchar eso, Joseph recordó de golpe el problema pendiente. Por culpa del enfrentamiento con el Culto y el posterior secuestro, toda su casa había perdido los exámenes finales previos al festival. La academia los había puesto en evaluación extraordinaria.

  —?Y tú no los harás? —preguntó Joseph, aún con una leve esperanza.

  —Tengo puntaje perfecto. Puedo saltarme los exámenes. Ustedes no. —respondió con una leve sonrisa.

  Ambos salieron de la tienda, con el sol del atardecer ba?ando el campamento. El aire olía a tierra y metal. En pocos minutos, todos se habían reunido.

  —?Líder! —exclamó Juliana, corriendo hacia él con una sonrisa desbordante —?Mire! ?Estoy llena de energía!

  —Justamente con ustedes quería hablar… —dijo Cáliban con voz firme, reuniendo al grupo.

  Bardrim se adelantó, cargado con su equipo de escalada y la mochila dimensional sobre el hombro.

  —Muy bien… ?Quiénes de aquí no tienen suficientes puntos para pasar el a?o?

  De repente, una presión pesada cayó sobre el grupo, como si una fuerza invisible los hubiera golpeado en el estómago. Lentamente y con vergüenza, Astrid, Juliana y Dimerian levantaron la mano.

  —Bien. —dijo Cáliban sin titubeos —Ustedes tres abandonarán la mazmorra y regresarán a casa para asistir a clases complementarias.

  —??Qué?! ?Pero yo quiero seguir entrenando! —gritó Juliana, agitando los brazos como una ni?a a punto de hacer un berrinche.

  Astrid ni siquiera se molestó en discutir. Con gesto firme, la tomó del cuello de la túnica y comenzó a arrastrarla hacia el portal.

  —Vamos, gorila… tenemos exámenes que rendir.

  —Ah… yo quería ir con el maestro Bardrim… —murmuró Dimerian, cabizbajo.

  Cáliban alzó una ceja al ver la actitud de Astrid. Había una sombra en sus ojos, un cansancio similar al de Nhun, que permanecía silenciosa en un rincón del campamento. Sin embargo, no había tiempo para detenerse en eso.

  Sus ojos se posaron en Reinhard y Elizabeth, quienes, ilusionados, esperaban recibir alguna recompensa. Pero la expresión del líder los devolvió a la realidad.

  —Ustedes dos acompa?arán al maestro herrero. —indicó —Lo guiarán por la monta?a, atravesando el Bosque Neblinoso.

  Reinhard lanzó una mirada hacia Nhun, que estaba a espaldas de Cáliban, preparada para partir.

  —?Y ella? —preguntó, conteniendo la decepción.

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  —Nhun vendrá conmigo. Hay asuntos importantes que debemos tratar.

  Reinhard asintió, pero en su interior, algo se quebró. Deseaba acompa?arlo, demostrarle que era digno de confianza. Sentía que aún no era suficiente. Bajó la mirada, ocultando su pesar, y aceptó la orden en silencio.

  Elizabeth lo notó. Su expresión se volvió más suave, y sin decir palabra, caminó junto a él, siguiéndolo con pasos firmes detrás del enano.

  —Cuídalos, Bardrim. —dijo Cáliban al herrero.

  —?Por qué? —respondió el enano, alzando una ceja —?Es tan peligroso ahí fuera?

  —Allí los monstruos no están limitados por el control de las puertas. Hay bestias que vagan libremente, y de distintos rangos. No puedo prever lo que encontrarán más allá del bosque…

  Bardrim se rascó la barba con lentitud, analizando la advertencia.

  —Lo tendré en cuenta... bien, nos vemos. —dijo con su habitual voz grave, echándose al hombro la mochila dimensional.

  Sin más palabras, el grupo comenzó a dispersarse, cada uno en dirección a su destino. Los tres se alejaron hacia la puerta, activando el portal que los conduciría al Bosque Neblinoso. Una ráfaga de luz los envolvió y desaparecieron de la vista.

  Entonces, Nhun se acercó a Cáliban, con la cabeza baja y los pasos contenidos.

  —?A dónde iremos ahora?

  —Iremos al norte… hacia la pradera. —respondió tranquilamente.

  Nhun asintió sin decir nada. Cáliban la miró por un instante con ojos cargados de matices. Duda, preocupación y algo que no alcanzaba a nacer del todo. Pero no dijo nada. Nunca fue bueno hablando de lo que sentía. Era una batalla que aún no sabía cómo pelear.

  El dúo comenzó a cruzar la pradera. Antes vacía y silenciosa, ahora rebosaba vida. Ciervos blancos pastaban en peque?os grupos, y conejos de cola roja saltaban entre los arbustos. Con la desaparición de los depredadores, la fauna había comenzado a reclamar su lugar. El verde de la hierba brillaba bajo el sol, y una brisa suave acariciaba la piel como si el mundo respirara en paz.

  —?Qué es lo que estamos buscando? —preguntó Nhun, apenas en un susurro.

  —Un árbol… aparentemente muy grande, y que emite un fulgor sagrado.

  —?No sabes cómo luce? ?Y cómo sabes que está aquí?

  Cáliban guardó silencio. Se detuvo. A lo lejos, entre las sombras del bosque que se alzaba más allá de la pradera, una figura oscura lo observaba. Era la misma silueta que había aparecido en sus sue?os… y esta vez, se?alaba hacia una monta?a, cerca a un bosque cubierto de niebla.

  —Digamos que… tuve una visión.

  Nhun parpadeó, sorprendida. Quiso preguntar más, pero se contuvo. Era su líder, y aunque el silencio entre ellos se había vuelto más frecuente, aún le guardaba respeto. No tenía ánimo para insistir, no ese día.

  Avanzaron entre los pastizales altos. El sonido de los insectos, el murmullo del viento, el canto lejano de las aves… Todo parecía más vivo.

  Nhun bajó ligeramente las orejas. No podía evitarlo. Algo en su pecho pesaba.

  —?Para qué buscas ese árbol...? ?Tiene algo especial?

  —No lo sé… —respondió Cáliban, sin detenerse.

  —?Necesitas algo de él? ?Es para alguna misión?

  —No…

  —?Entonces… alguien te pidió que lo buscaras?

  —Sí. —respondió Cáliban finalmente, con voz baja.

  —?Oh! —exclamó Nhun, alzando las orejas —?Conoces a esa persona?

  —No…

  Nhun frunció el ce?o, incrédula.

  —Qué mierda… Si no sabes nada del árbol, un desconocido te mandó a buscarlo y ni siquiera es una misión oficial… entonces, ?Por qué lo buscas?

  —Digamos que ese… ente… posee información importante. Y me la entregará solo si encuentro este árbol sagrado.

  —Bueno… ?Qué tipo de información estás buscando?

  —Eso… no lo sé…

  Nhun agitó las orejas con brusquedad, frustrada.

  —Me estás desesperando, en serio…

  —No es culpa mía… Mi mente… —Cáliban dudó por un segundo, pero luego negó con la cabeza —No importa. Solo… necesito esa información. Debemos encontrar ese árbol, eso es todo.

  El silencio se impuso entre ellos mientras continuaban su marcha.

  Luego de caminar durante horas bajo el sol de la pradera, el paisaje cambió. Del verde brillante pasaron a una región oscura, donde la vida parecía haberse extinguido. Ante ellos se alzaba la entrada de un bosque lúgubre, devorado por una niebla tan espesa que parecía tragarse incluso la luz.

  Nhun se acercó a la línea donde la bruma comenzaba, observando con atención. De repente, una peque?a liebre salió corriendo de entre los arbustos, sobresaltada por su presencia. Corrió sin rumbo hacia la niebla negra. En cuanto sus patas tocaron la bruma, su cuerpo convulsionó con violencia. Un chillido desgarrador rasgó el aire y, en menos de un segundo, fue tragada por completo.

  Nhun retrocedió, pálida.

  —No me digas que tenemos que atravesar eso…

  Cáliban se quedó inmóvil, observando los árboles. Tenían troncos de madera oscura, raíces entrelazadas como venas, y hojas negras que tapaban por completo la luz del cielo. Aquel lugar no era natural.

  —Debemos buscar otra manera. —dijo con firmeza, pero sin convicción.

  —?Sabes siquiera dónde está el árbol?

  Cáliban sacó un peque?o cilindro de cuero que colgaba de su cinturón. Lo abrió con cuidado y extrajo un viejo mapa arrugado y amarillento. El mismo que había recuperado del cuerpo del Dullahan. Lo extendió sobre el césped húmedo mientras la brisa movía levemente los bordes.

  —Según este mapa, hay una monta?a cerca… Tal vez, si la escalamos, podamos ver desde arriba la ubicación del árbol. Tendremos que desviarnos ligeramente hacia el oeste…

  Nhun se inclinó sobre el papel. Sus ojos se fijaron en las marcas antiguas y los símbolos que decoraban el borde. Reconoció de inmediato el estilo, pero algo no cuadraba.

  —Esto está escrito en élfico… Bueno… ahora que lo veo, no exactamente.

  —?Cómo que no exactamente? —preguntó Cáliban, mirándola con atención.

  Nhun deslizó sus dedos delgados sobre las anotaciones. Sus u?as apenas rozaban la superficie del pergamino, pero su expresión se volvió concentrada.

  —Parece élfico, pero hay variaciones sutiles en la caligrafía… Por ejemplo, esta palabra aquí… —se?aló un conjunto de símbolos encadenados —normalmente significa “cuidado”, pero con esta estructura también puede leerse como “no te acerques” o “aléjate”. En conjunto, creo que dice algo como: “Cuidado con la niebla que…” o “Peligro en la niebla de…” No estoy segura. Tendría que estudiarlo con más calma.

  Cáliban la observó en silencio. Sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendido por la precisión con la que analizaba.

  —?Qué? —gru?ó Nhun al notar su mirada —?Acaso te asombra que sepa leer?

  —Nada… —respondió él, reprimiendo una sonrisa —Solo que no esperaba que fueras tan buena con los dialectos.

  —?No soy un mono, ?Sabes?! ?Puedo aprender cosas!

  Cáliban soltó una peque?a carcajada, burlona pero sin malicia. Enrolló el mapa con cuidado y se lo entregó a Nhun.

  —Bueno, en ese caso, encárgate tú de examinarlo. Será más útil contigo.

  —?Y tú no eras el guerrero ancestral lleno de sabiduría y conocimiento? —dijo ella con tono irónico mientras colocaba el cilindro en su cinturón —?No deberías poder leer esto sin problema?

  —?Crees que por haber viajado tanto puedo memorizar cada símbolo a la perfección? No soy omnisciente, Nhun. Hay cosas que simplemente… se olvidan.

  Se puso de pie, quitándose el polvo de la ropa.

  —Como sea… ahora eres la experta. Dirige el camino.

  Nhun resopló, pero no pudo evitar mostrar una sonrisa apenas visible. Aunque lo negara, le gustaba tener la última palabra.

  Ambos caminaron por un sendero cubierto de hojas secas, en un bosque que, para su alivio, ya no estaba envuelto en la niebla negra. Avanzaban con cautela en dirección a la monta?a más cercana, buscando un punto elevado desde donde pudieran examinar el terreno y, tal vez, divisar el misterioso árbol.

  A cada paso, Cáliban sentía las miradas ocultas de los depredadores que habitaban entre la maleza y las sombras. Podía percibir su presencia como cuchillas contra la piel, pero, por extra?o que pareciera, ninguno se atrevía a atacarlos. Era como si algo o alguien los estuviera conteniendo.

  Muy por encima de ellos, en la cima de un árbol gigantesco que sobresalía en medio del bosque como un titán dormido, una figura encapuchada observaba. La copa del árbol estaba cubierta por una niebla suave que flotaba como un velo sagrado, y desde allí, la entidad miraba a los dos viajeros a través de una pantalla mágica que flotaba frente a su bastón.

  Entonces, detrás de él, se materializó la silueta imponente de un caballero. Su armadura plateada brillaba con un resplandor tenue, y su sola presencia parecía alterar el equilibrio del aire a su alrededor.

  —Caballero del Lago… —dijo la figura encapuchada sin volverse —?A qué se debe esta visita inesperada?

  —?Estás seguro de que es él? —preguntó el caballero. Su voz profunda y ominosa resonó en el aire, como si emergiera del fondo de un abismo.

  —Sin lugar a dudas. El alma que irradia… es idéntica a como la recuerdo. Además, presencié su batalla contra Talos en el Bosque Marchito. Cada movimiento, cada parada, cada estocada… era su técnica de espada. Más débil, pero la misma, al fin y al cabo.

  El caballero se acercó suavemente sobre la corteza. En su espalda, llevaba una lanza colosal de belleza celestial, cuyos grabados parecían moverse como si respiraran.

  —?Una reencarnación, tal vez? ?O un descendiente lejano?

  —No lo creo… Todo indica que simplemente ha olvidado. Tal vez la Dama selló sus recuerdos para protegerlo. No sería la primera vez que lo hace… especialmente si temía que el conocimiento lo destruyera desde dentro.

  —Cómo me gustaría preguntarle a la Se?ora qué pretendía realmente… —murmuró el Caballero del Lago —?Crees que el Rey ya lo sabe?

  —Ya lo sabe. El idiota de Talos no supo guardar silencio… Ahora el Rey lo está buscando por toda la isla. Por suerte, logré desviar su atención. Aunque tenga las técnicas, aún le falta el poder para enfrentarse al que alguna vez fue el Rey de los Caballeros.

  La figura encapuchada entrecerró los ojos.

  —Por ahora, lo único que podemos hacer… es protegerlo. Y guiarlo hacia los Brotes Celestiales.

  El caballero dejó escapar un suspiro profundo, uno que resonó como un eco solemne a través de la arboleda. Al instante, las criaturas grandes y peque?as se ocultaron en sus madrigueras, temerosas de la sola presencia de aquel guerrero de armadura plateada. Era como si la tierra misma contuviera el aliento.

  —Solo espero que esta vez tengas razón… —dijo con gravedad —No creo que él sea indulgente si se entera. Si este plan fracasa… nuestras almas serán atormentadas por toda la eternidad.

  —No te preocupes por el futuro… —respondió el archimago, con un tono tranquilo.

  —Después de todo lo que ocurrió, es precisamente el futuro lo que más debería preocuparte, archimago. —lo interrumpió el caballero, con voz firme.

  El archimago guardó silencio por unos segundos. Luego, alzó su bastón con un gesto elegante y trazó símbolos en el aire. Una barrera mágica se formó alrededor del lugar, sellando el espacio sagrado y reforzando el resguardo que protegía al árbol ancestral.

  —Por cierto… —dijo el caballero con un tono más sombrío —?Llevaste el alma de Talos a la vieja cárcel?

  —Sí. Seguramente Gawain está torturándolo en este mismo instante… Ya conoces su odio visceral hacia los heraldos del Eclipse.

  El archimago suspiró, cansado de tener que limpiar los desastres provocados por los antiguos camaradas del desaparecido Rey del Eclipse.

  —Si llegara a saber que ha vuelto… iniciaría una cacería sin descanso para encontrar a Cáliban.

  El caballero frunció el ce?o bajo su casco.

  —?Cáliban?

  —Sí… —asintió el archimago, con una sonrisa cansada —Así se hace llamar ahora. Lo escuché de boca de sus aprendices…

  —?Aprendices? ?Ese bastardo tiene aprendices?

  —?Lo sé! Yo también me sorprendí. —rió el archimago con un dejo de incredulidad —Cuando estuvo en Camelot, jamás aceptó entrenar a nadie. Supongo que ahora ha cambiado… o tal vez solo busca que le sirvan de apoyo.

  —?Y quién lo acompa?a?

  —Actualmente está cruzando el bosque junto a una joven elfa oscura llamada Nhun.

  El caballero resopló con desprecio.

  —Otro elfo… ?Por qué siempre prefiere mezclarse con los extra?os antes que con los de su propia raza?

  El archimago soltó una carcajada suave, como si hablara con un ni?o terco que no superaba una vieja herida.

  —?Todavía estás resentido porque te venció en la prueba del Santo Grial?

  El silencio que siguió lo dijo todo.

  —Como si eso fuera posible… —gru?ó el caballero entre dientes.

  —Sea como sea… debemos mantenernos alerta. Vigílalo por ahora. Debo regresar junto al Rey, o notará mi ausencia. Haz que llegue al árbol… pase lo que pase.

  —Como ordenes, archimago.

  La figura encapuchada desapareció al instante, dejando tras de sí un rastro de luces suspendidas en el aire, como luciérnagas mágicas que lentamente se extinguieron. El caballero dejó escapar un suspiro largo, cargado de un cansancio antiguo, como el de un guerrero que ha luchado demasiado tiempo en una cruzada sin gloria ni fin.

  Al pensar en el Rey del Eclipse, esa figura legendaria que una vez casi destruyó a su se?or, apretó los pu?os con fuerza… solo para soltarlos después. No valía la pena aferrarse a la ira.

  ?Solo espero que esta vez sí puedas terminar el trabajo… Mordred…?

  Con un leve crujido de su armadura, se sentó sobre la copa del árbol, observando con su aguda vista cómo el objetivo avanzaba por la densa arboleda.

  Cáliban y Nhun caminaban en silencio por el bosque cerrado, cuyas copas oscuras filtraban apenas la luz del atardecer. Llegaron al pie de la monta?a, donde la niebla se espesaba como una marea hambrienta, tragando los árboles y borrando los caminos.

  Sin decir nada, Nhun trepó ágilmente hasta la cima de un árbol para tener una mejor vista del entorno.

  —Parece que el árbol gigante está más lejos de lo que pensábamos… —informó desde lo alto —No veo se?ales claras todavía.

  Cáliban inspeccionó el terreno con un ojo calculador. Si querían atravesar el bosque evitando la niebla, tendrían que rodear la monta?a, pero la noche ya estaba cayendo.

  —Acamparemos aquí esta noche. Ma?ana escalaremos la monta?a.

  Nhun asintió con respeto. Ambos instalaron sus tiendas y encendieron una fogata. Las llamas crepitaban suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los árboles.

  Mientras Cáliban cocinaba usando sus provisiones, Nhun examinaba el mapa con intensidad, tratando de traducir sus complejas inscripciones élficas en frases coherentes. Parecía absorta en su tarea, como si buscara algo más allá del simple sentido literal.

  La noche finalmente cayó, envolviendo el bosque en un silencio profundo. Pero Cáliban, a pesar del cansancio físico, no lograba conciliar el sue?o. Su mente no se callaba; imágenes, recuerdos y presentimientos giraban sin control.

  Fastidiado, abandonó su tienda y se internó en el bosque. Necesitaba aire, necesitaba altura. Algo que le recordara que aún era libre, que aún podía respirar.

  Escaló por las rocas húmedas hasta alcanzar un claro en la monta?a, elevado y silencioso. Allí, el viento era más fresco y puro. El mundo parecía detenerse por un momento.

  Era lo único que necesitaba para no sentirse perdido.

  Cáliban se sentó al borde del risco, cruzando las piernas en silencio. Desde allí, podía contemplar el vasto bosque extendiéndose como un mar verde hasta donde alcanzaba la vista, y más allá, el océano tocaba el cielo como una pincelada en el lienzo del crepúsculo. El aire era frío, pero limpio. El lugar tenía la paz exacta para sumergirse en uno mismo, en la meditación que acallaba voces internas.

  Pero la quietud apenas duró unos segundos.

  Desde abajo, la figura de Nhun emergió, envuelta en su capa, con las manos cruzadas y los hombros alzados por el frío.

  —?Por qué siempre te escondes de los demás…? —dijo, sin sutileza —?Te crees algún maestro milenario o qué?

  Cáliban frunció el ce?o, pero no abrió los ojos ni se giró.

  —A diferencia de ti, me esfuerzo por controlar lo que siento… trabajo en mí mismo para que mis emociones no me dominen. Aunque claro… esto no es para todos.

  Nhun se acercó, caminando despacio, intentando conservar algo de calor corporal.

  —?Y eso… te hace más fuerte?

  —La fuerza física es solo una parte. También se cultivan la mente y el espíritu. Serán tus armas más poderosas cuando llegue la hora más oscura.

  —Hablas como un viejo…

  Cáliban soltó una peque?a risa, ronca y breve.

  —Soy viejo, Nhun…

  El silencio se instaló entre ellos por unos segundos, como una pausa cargada de pensamientos no dichos. Luego, Nhun se sentó a su lado, con cierta torpeza, buscando en esa altura algo que le diera paz. Algo que reemplazará el frío constante en su pecho.

  —Si medito… —susurró, casi inaudible —?Crees que pueda deshacerme de estos recuerdos horribles?

  No lo miraba. Y aunque su voz era baja, una parte de ella deseaba que él la escuchara. Cáliban abrió lentamente los ojos.

  —?Tienes pesadillas?

  Nhun alzó la vista al firmamento. Las estrellas, lejanas y estáticas, la observaban sin emitir juicio.

  —Desde su muerte… cada noche vuelvo a ese momento. Veo el cuerpo de Cecilia, inmóvil sobre un charco de sangre. Y Alec… de pie, riendo como si nada importara.

  Su voz tembló, aunque intentó mantenerla firme. Su rostro, sin embargo, no pudo ocultar la grieta.

  —Siempre me lanzo sobre él… lo golpeó una y otra vez, hasta que mis nudillos sangran y mi rabia se apaga… pero nunca es suficiente. Nunca termina.

  Cáliban la miró de reojo, sin interrumpirla. Sabía que, a veces, las palabras no curaban. Pero el silencio compartido podía sostener. A través de su percepción, podía ver el color del alma de Nhun. Una ira densa y ardiente se arremolinaba en su interior como una mancha rojiza en llamas, cubriendo su cuerpo entero. No era tan distinta a él. Suspiró, con una melancolía que no intentó ocultar. No podía culparla. De hecho, no tenía derecho a hablar de superación o de “dejar ir”, cuando él mismo caminaba en círculos que nunca terminaban.

  —?Cómo conociste a Cecilia…? —preguntó, apenas con un hilo de voz.

  —Conociéndote… seguramente ya lo sabes. —respondió Nhun, sin mirarlo.

  —Quiero escucharlo de ti. No me gusta formar opiniones sobre las historias de otros basándome en palabras ajenas.

  Nhun frunció el ce?o. No era buena hablando de emociones. No sabía cómo poner en palabras esa tormenta interior. Y sin embargo, sentía que si no lo decía ahora, estallaría. No buscaba compasión, ni lástima. Solo quería ser escuchada… como una igual. Como una amiga. Pero no sabía cómo comenzar. Así que simplemente se rindió.

  —Mi historia no tiene nada de especial… —murmuró.

  Pero Cáliban arqueó una ceja. Claramente no aceptaba respuestas a medias.

  —Cuando examiné tu cuerpo por primera vez… —dijo con voz neutra —noté una maldición incrustada profundamente. Una maldición de talento. Impide que puedas usar armas y aprender cualquier arte de combate con normalidad. Al principio me pareció raro, pero decidí no mencionarlo. Supuse que tú ya lo sabías. ?Tienes algo que decirme al respecto?

  Nhun desvió la mirada con amargura. Esa fibra que Cáliban había tocado… era una de las más sensibles. El silencio pesó sobre ellos durante unos segundos. Luego, Nhun respiró hondo, con el aire frío entrando hasta lo más profundo de sus pulmones, y habló.

  —De donde vengo… mis padres se convirtieron en criminales por un único error fatal.

  Cáliban parpadeó un par de veces, sorprendido por la seriedad de su tono.

  —?Qué clase de crimen cometieron?

  —Tenerme…

  La respuesta quedó suspendida en el aire. Las estrellas titilaban suavemente, como si también sintieran el peso de esas palabras. Cáliban no respondió de inmediato. Ni siquiera su expresión cambió.

  Porque no había forma de responderle con algo que no fuera verdad.

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