El castillo no los reunió de golpe.
Primero llegaron Dorian y Grek, avanzando por un corredor que parecía encogerse a cada paso, como si no quisiera dejar pasar cuerpos heridos. Dorian iba inclinado hacia un costado, respirando con cuidado, contando los pasos entre inhalaciones para que el dolor no le partiera el pecho en dos. Cada tanto, se detenía, apoyando una mano contra la pared fría.
Grek no decía nada.
No ofrecía palabras de ánimo ni bromas ácidas. Solo caminaba cerca, demasiado cerca, como si temiera que, si se separaban un metro más, el castillo lo reclamara otra vez.
—No mires el suelo —gru?ó Dorian al fin—. Me pone nervioso cuando haces eso.
—Si miro las paredes, siento que me están mirando ellas a mí —respondió Grek sin levantar la vista.
Dorian no insistió.
Unos pasos más adelante, el pasillo se abría en una intersección. Ahí fue donde los vieron.
Elarith y Kael salieron desde un corredor lateral, avanzando despacio, como si esperaran que el encuentro no fuera real. Durante un segundo nadie habló. Solo se observaron, midiendo heridas, contando respiraciones, comprobando que seguían siendo los mismos… o algo cercano a eso.
No hubo abrazos.
No hubo alivio.
Kael fue el primero en romper el silencio.
—Vaya —dijo, con una sonrisa que llegó un segundo tarde—. Siguen completos. Eso es… estadísticamente impresionante.
Dorian soltó una risa seca que terminó en tos.
—No uses palabras largas —murmuró—. Me duele todo lo que vibra.
Elarith dio un paso al frente. Su postura era firme, pero el cansancio le pesaba en los hombros. Y ahí estaba el ojo.
No intentaba ocultarlo.
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No podía.
La piel de su mano se abría alrededor de él como si siempre hubiera pertenecido ahí. El ojo parpadeó una vez, lento, atento.
Grek se quedó rígido.
Kael dejó de sonreír.
Dorian lo miró con curiosidad cansada, no con horror.
—Eso… —dijo—. ?Desde cuándo?
—Desde que rezar dejó de ser suficiente —respondió Elarith.
No dio más detalles. Nadie se los pidió.
Caminaron juntos sin decir nada durante un rato, hasta que el castillo, casi con cortesía, les ofreció una puerta abierta.
La habitación parecía… normal.
Demasiado.
Camas limpias.
Un jarrón con agua clara.
Una mesa de madera sin marcas.
Ventanas cerradas, pero intactas.
Nada colgando del techo.
Nada susurrando desde las esquinas.
Grek frunció el ce?o de inmediato.
—Esto no es un refugio —dijo—. Es una pausa.
—?Hay diferencia? —preguntó Kael.
—Sí —respondió Grek—. En una pausa, el mundo sigue esperando que vuelvas.
Dorian no esperó a que terminaran. Se dejó caer en la cama más cercana con un gru?ido bajo. No se quitó las vendas. No se acomodó. Simplemente cerró los ojos un segundo… y los volvió a abrir, como si temiera no poder hacerlo otra vez.
Elarith se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, cerca de la puerta. Viejos hábitos. Instintos que no se discuten.
Kael permaneció de pie unos segundos más, observando la habitación como si fuera un escenario mal iluminado. Luego se sentó, cruzando las piernas, las manos apoyadas con demasiado cuidado sobre las rodillas.
—Entonces —dijo—. ?Por qué vinimos realmente aquí?
La pregunta quedó flotando.
Dorian fue el primero en responder, con voz ronca:
—Trabajo. Un castillo sellado. Gente desaparecida. Nos dijeron que no quedaba nada vivo dentro.
—Técnicamente —murmuró Grek—, no mintieron.
Kael ladeó la cabeza.
—Las cosas viejas no se van —dijo—. Solo aprenden a esperar.
Elarith cerró los ojos un momento.
—Yo sentí esto antes de llegar —admitió—. No una voz. No un sue?o. Solo… la certeza de que este lugar sabía quién era yo.
Nadie la contradijo.
El silencio volvió a asentarse, pesado, pero distinto. No era miedo inmediato. Era algo más lento. Algo que se filtraba.
Grek miró sus manos.
—No confío en mi magia —dijo en voz baja—. Y eso debería asustarme más de lo que lo hace.
Dorian soltó el aire con cuidado.
—Mi cuerpo no aguanta otra pelea como la última —admitió—. Si esto se alarga… no sé si voy a llegar al final.
Kael no bromeó.
No coqueteó.
Solo asintió.
—Algo nos está observando —dijo—. No para atacarnos. Para entendernos.
El ojo en la mano de Elarith se abrió un poco más.
No pasó nada más.
No hubo ruidos.
No hubo sombras nuevas.
No hubo voces.
Y ese fue el verdadero problema.
Por primera vez desde que entraron al castillo, nadie sentía que fuera a morir esa noche.
Y esa sensación —esa calma frágil, prestada— los inquietó más que cualquier monstruo.
Porque sabían, sin decirlo, que el castillo no regalaba nada.
Y cuando cobrara…
no sería con sangre.

