002: Cruce
El laberinto de Creta lleva construido incluso antes de que los helenos recibieran la bendición de las estrellas, sus diversos túneles recorren todos los rincones explorados y escondidos de la Hélade; esta imposible estructura no parece haber sido creada por ninguna de las cinco razas bendecidas ni por el resto de especies con cuatro dedos. Sus entradas escondidas entre bosques, valles y monta?as siempre están decoradas con robustos pilares de mármol los cuales si son trizados vuelven a repararse por sí mismos, lentamente, como si los bendecidos que los construyeron aún rezaran a las estrellas para que su existencia siga con vida. El nombre del laberinto fue dado por los primeros exploradores que lograron descifrar solo unas palabras de las miles que están escritas en algunas de las paredes que se extienden bajo la tierra: “Camino a Creta”.
El laberinto se extiende incluso bajo el mar, por lo que es el único método de viaje entre la Hélade y sus diversas islas, ya que la niebla primigenia se lleva a todo aquel valiente marinero que intente cruzarla. Sin embargo es imposible crear un solo mapa de sus fríos pasadizos pues todas y cada una de sus puertas se cierran cada fin de mes para abrirse al día siguiente; los caminos cartografiados quedan obsoletos durante este periodo ya que el laberinto se reordena de maneras misteriosas por lo que las rutas entre la capital, el resto de islas y ciudades tienen que volver a ser dibujadas por los polemarcas. Por supuesto, todo aquel que ha intentado sobrevivir este cambio del laberinto desde su interior jamás ha regresado.
…
El cuartel vacío en la entrada del laberinto reconstruía sus paredes rotas por la batalla lentamente, es la bendición otorgada por las estrellas hacia el mármol, un material raro y divino que parece tener una conexión única con los cielos; es capaz de regenerarse siempre y cuando reciba las plegarias de un bendecido. Mientras Asterión se limpiaba del polvo y recogía su bolso lleno de papeles, tinta y plumas, Laconia tenía sus manos puestas sobre el mármol mientras murmuraba sus oraciones, en apenas unos minutos la pared estaba completamente reparada, aunque la barra de madera del bar junto a las sillas ya no tenían arreglo.
— Es todo lo que puedo hacer —dijo Laconia mientras giraba su mirada hacia el polemarca.
— Es suficiente, vámonos de aquí antes de que alguien se entere —Respondió Asterión.
Laconia era la única integrante de la falange de Asterión, sin embargo no era una helena convencional, era la bastarda de un lerno: Su alto cuerpo de un tono oliva estaba repleto de pies a cabeza de diversas escamas rojizas que brillaban contra la luz y eran tan duras como el linotórax negro que protegía su cuerpo, sus manos eran largas, gruesas y con u?as negras puntiagudas, sus antebrazos, hombros y rodillas estaban cubiertos por escamas enormes que parecían una armadura de bronce natural. El quitón bajo su equipo era ligeramente más corto de lo normal, dejando al descubierto su pantorrilla izquierda y su muslo derecho; ancho y lleno de músculos.
— La luciérnaga nos dejó un ónice explorador en el bloqueo del cruce —mencionó Asterión mientras pasaba al lado de su compa?era.
— ?Ya no quedan tracios experimentados?
Laconia se detuvo mirando al polemarca a los ojos. El rostro de la guerrera tenía unos ojos finos de pupilas verticales con irises amarillas, como las de una serpiente y su largo pelo puntiagudo, despeinado y desordenado era de un bello carmesí. En su cabeza habitaban dos peque?os cuernos rojos como rubíes.
— Fue elegido por el propio arconte así debe tener algo de talento, además dudo que quede algún tracio, reciario o sagitario experimentado que quiera trabajar con nosotros.
— Una vez más polemarca y bestiaria —dijo Laconia con una mueca de cansancio en su rostro.
Mientras la guerrera decía estas palabras ella adelantaba su caminar para quedar por delante de Asterión. En su espalda cargaba un espadón de piedra negra que tenía el mismo tama?o que su portadora, mientras que bajo su espalda habitaba una gruesa cola roja de lagartija que arqueaba su punta para evitar tocar el suelo.
Ambos descendían las escaleras tranquilamente mientras concentraban su mente en distintas tareas; el polemarca Asterión observaba con cuidado las inscripciones en las paredes de piedra del laberinto mientras que la bestiaria Laconia tomaba una de las antorchas colocadas por los helenos para iluminar el camino.
Las viejas paredes del laberinto estaban llenas de desconocidos textos y rastros de garras y fuego ocasionado por las batallas que sucedían frecuentemente en los túneles. Asterión finalmente terminó de ordenar sus mapas.
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— ?Qué crees que encontremos hoy cíclopes o myrmekes?
Laconia no contestó la pregunta, solo caminaba en silencio frente al polemarca.
— Llevamos tiempo sin ver estirges, serían perfectas para probar las habilidades de nuestro nuevo compa?ero.
— ?Por qué luchabas contra ese hombre? —Laconia detuvo sus pasos mientras aún le daba la espalda a su compa?ero.
La sonrisa de Asterión desapareció mientras ponía su mano sobre su nuca, buscando una respuesta.
— … él estaba matando minotauros inocentes, lo siento pero no pude evitarlo… —Asterión giraba su cabeza, como si estuviera evitando hacer contacto visual a pesar de que la bestiaria se encontraba de espalda.
— … No vuelvas a ponerte en peligro, mi trabajo es protegerte —Laconia siguió caminando, esta vez ligeramente más rápido.
— Gracias.
El dúo finalmente había llegado al campamento protegiendo el túnel, durante el día del primer mes los hoplitas y toxotes limpian de criaturas el pasadizo y el primer cruce del laberinto con tal de allanar el camino de los polemarcas que cartografían los túneles durante la noche. Entre estas fuerzas a veces se unen algunos ónices: Guerreros menores de veinte a?os que aún pueden ser elegidos por un arconte o polemarca para formar parte de una falange.
Nadie recibió a esta falange, la mayoría de los soldados de Helena se encontraban descansando en sus tiendas de campa?a mientras que los pocos despiertos merendaban y jugaban con dados en las paredes del túnel. Al final de todo se encontraba el primer cruce del laberinto, cubierto de enormes puertas de madera con dos atalayas vigilando el paso.
— ?Bestiaria Laconia!
De una tienda blanca salió un hoplita con una armadura rasgada y con un casco roto en una de sus mejillas.
— El arconte de la luz me hizo llegar el mensaje de su llegada, ambas rutas están infestadas de hormigas y también nos encontramos una tropa de minotauros por lo que no conseguimos despejar el camino más allá de unos pocos túneles, lo lamento.
— Es suficiente, retírese soldado —dijo Laconia mientras observaba al soldado desde arriba.
El hoplita puso su brazo izquierdo en su espalda, hizo una peque?a reverencia y finalmente se retiró de regreso a su tienda, en su espalda había un tajo reciente que lo laceró de hombro a cadera.
— Nunca antes había visto helenos así de heridos por simples myrmekes ?Crees que deberíamos avanzar? —dijo Asterión quien estuvo todo el tiempo escondido detrás de Laconia durante esa peque?a conversación con el hoplita.
— Polemarca…
Laconia miraba desde arriba a Asterión quien se encogió de hombros y se rascaba la cabeza con nerviosismo mientras evitaba cualquier contacto visual.
— No está mal consultar con el equipo de vez en cuando…
— Tú eres el líder.
El polemarca finalmente levantó su cabeza a pesar de no tener el mejor de los ánimos.
— No veo a nuestro explorador por ningún lado, si quiere volverse un tracio lo más probable es que haya huido, supongo que así es mejor, si no tendrías que protegernos a los dos. Avancemos por nuestra cuenta con cuidado, si vemos demasiadas hormigas retrocedamos al campamento y esperemos que los soldados recuperen sus fuerzas.
— Entendido.
Laconia y Asterión caminaron hacia el túnel de la derecha, los toxotes montados en la atalaya bajaron su mirada mientras el polemarca sacó del bolso un hilo de lana que parecía estar ba?ando en oro, al verla los vigilantes dieron la se?al y del otro lado dos hoplitas abrieron los portones de madera para darle el paso a la falange con apenas dos dedos.
…
La luz de la antorcha en la mano izquierda de Laconia apenas alcanzaba a iluminar las paredes del laberinto, el túnel era de unos cinco metros de ancho y diez de alto. Sobre cada rincón había restos de lanzas, metales, cuero y sangre, a pesar de tal escenario no había ni un solo cadáver a la vista: “Los myrmekes todavía deben estar cerca” fue lo Asterión pensaba mientras caminaba detrás de la bestiaria.
— Izquierda, ruta —dijo Laconia mientras detuvo sus pasos.
— Anotado.
El polemarca sacó de su bolso un papel amarillento, una pluma y un peque?o frasco de greda tapado con un corcho. Asterión colocó sus materiales en el suelo y comenzó a dibujar el camino: Helena, recto, cruce, derecha, izquierda.
— Vamos.
Mientras avanzaban cada vez había más y más rastro del combate entre la milicia de la ciudad y las criaturas que habitaban bajo la tierra.
— Cruce recto y derecha.
— Anotado, derecha.
— Vamos.
La falange continuó explorando hasta que sonidos extra?os detuvieron la marcha, era como si decenas de varas de madera estuvieran chocando entre sí en intervalos precisos. Laconia apagó su antorcha antes de que su polemarca siquiera pudiera ver la amenaza y pegó su espalda contra la frente de Asterión, sus ojos amarillos brillaban intensamente en la oscuridad.
— Myrmekes comiendo… Diez o quince —dijo la bestiaria mientras empu?aba su espadón negro.
— Si se escapa uno solo alertará al resto del nido, volvamos al cruce y vamos por el otro camino.
Asterión comenzó a retroceder lentamente, pero Laconia mantuvo su posición, sus ojos adaptados a la oscuridad vieron con mejor detalle la escena.
— Hay uno con vida.
Las hormigas estaban devorando cadáveres de helenos y minotauros, los restos de una escaramuza que terminó por la retirada de ambos bandos. Entre los cuerpos Laconia observó a un heleno inconsciente respirando y atrapado bajo un enorme minotauro, los myrmekes se acercaban lentamente a su posición entre comida y comida.
Asterión detuvo su retirada y puso su mano en la espalda de la bestiaria, mientras ella esperaba la decisión del polemarca este imaginaba el peor desenlace posible: Fallar en asesinar a todas las hormigas terminaría por alertar al resto de la colonia, el ataque contra la salida hacia Helena se reanudaría contra soldados cansados en medio de la noche, lo lógico sería abandonar al guerrero con vida, un sacrificio necesario para el resto…
Asterión dio una palmada a la espada de Laconia.
— Que no escape ninguno.
Con espadón en mano el anillo de la bestiaria comenzó a brillar intensamente hasta iluminar incluso las paredes del laberinto. La estrella quemada dadora del miedo susurro su nombre en el oído de Laconia, otorgándole el primer favor.
— Flegetonte.

