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Capitulo 8

  El ascensor marcaba el piso 17. Las puertas se abrieron suavemente y Sinclair dio un paso al frente. Su andar era firme, elegante. Vestía como alguien que sabía que el mundo podía caerle encima sin perder la compostura. El pasillo era largo y minimalista; luces blancas y paredes negras reflejan su figura mientras cruzaba sin mirar a los lados.

  En el fondo, una gran puerta lo esperaba.

  Dos figuras estaban junto a ella: Wrooxie, en completo silencio con su mirada analítica, y Psycked, sonriendo como un ni?o malicioso. No intercambiaron palabras. Solo lo observaron entrar.

  La sala era amplia y oscura. Lo único que la iluminaba eran los paneles de neón incrustados en el suelo, marcando el camino hacia un trono moderno, alzado en una plataforma. Allí, entre sombras, estaba él.

  El jefe.

  No hacía falta verle el rostro para sentir su presencia. No gritaba, no imponía con palabras. Su sola existencia quebraba la atmósfera. La voz que salió de su boca era baja, pausada, casi relajada.

  —Has llegado tarde, Sinclair.

  —Estuve revisando los movimientos de las últimas horas, se?or —respondió con respeto—. Hay algo que me inquieta.

  Los otros miembros de la sala, entre ellos Wrooxie y Psycked, ocuparon sus asientos con cierta pereza, como si estuvieran acostumbrados a estas tensiones. Pero Sinclair permanecía de pie.

  —Durante las últimas semanas, he sentido que alguien me sigue —continuó—. No puedo probarlo, pero hay vigilancia en mis rutas, los callejones, mis contactos han sido silenciados o se han escondido. Me están observando.

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  —Yo también lo he notado —agregó Wrooxie, apoyando un brazo en su silla—. Hay demasiada gente nueva en los alrededores.

  Psycked solo rio.

  —No me siguen a mí… o no se atreven. Pero puedo sentir que alguien merodea, husmear donde no debe.

  Hubo un silencio tenso. El jefe no parecía alarmado. Asintió apenas, con una tranquilidad que desentonaba con la inquietud del resto.

  —Yo no he notado nada —dijo finalmente, recostándose hacia atrás en su trono—. Pero si ustedes lo han sentido, es por algo.

  Chasqueó los dedos.

  La puerta lateral se abrió.

  Larssen entró, serio como siempre. Su andar era recto, pero su mirada traía preocupación.

  —Larssen —dijo el jefe—. Quiero que prepares algo.

  Larssen alzó una ceja.

  —?Qué tipo de “algo”?

  —Una prueba. Una escena. Quiero que demuestres si realmente nos están observando… y si están dispuestos a actuar.

  —?Una trampa?

  —Exactamente —respondió Sinclair, sonriendo de medio lado—. Dos tipos han estado demasiado cerca últimamente. Sospecho que son los responsables.

  —Dos investigadores —agregó Wrooxie con tono burlón—. Los dos idiotas con complejo de héroes.

  —Quiero que montes una escena bomba —dijo el jefe—. Que sea grande, caótica. Que los saque de su escondite.

  Larssen respiró hondo.

  —Muy bien… pero necesitaré a Sinclair para llevarlo a cabo.

  —Tendrás mi apoyo —respondió el aludido—. Pero esta vez quiero ver sus rostros antes de que huyan como ratas.

  —No, Sinclair —corrigió el jefe—. Esta vez, no van a huir.

  Un silencio sepulcral envolvió la sala. El jefe se levantó apenas de su trono. Por un instante, una figura delgada, humanoide, con una silueta cubierta por capas negras, se asomó bajo la luz tenue.

  Sus ojos, dos focos pálidos y azulados, eran lo único visible en la sombra.

  —Quiero a esos dos idiotas en el suelo. Humillados. Y si puedes… deja uno vivo.

  Larssen asintió, tragando saliva.

  Sinclair volvió a ponerse en marcha. Mientras caminaba hacia la salida, murmuró sin que nadie más lo oyera:

  —Ahora veremos quiénes son los verdaderos depredadores.

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