El grupo surcaba el cielo sobre el lomo de Zyteg, el viento cortando suavemente el aire mientras el sol ba?aba sus escamas blancas. Lyra, como siempre, estaba fascinada; sus risas se perdían entre las corrientes de aire mientras estiraba los brazos, dejando que el viento le jugara con el cabello. Había algo en volar que la hacía sentirse libre, como si el mundo entero se abriera ante ella. Kio la observaba con una sonrisa tranquila, disfrutando ver a la ni?a tan feliz.
En contraste, Zein se aferraba con fuerza a una de las protuberancias del lomo del dragón, con la mirada fija hacia adelante y el rostro ligeramente pálido. Cada sacudida le arrancaba un gru?ido ahogado.
—?Segura que no hay forma de ir... caminando? —preguntó con voz temblorosa.
Kio soltó una risita. —No seas tan dramático, Zein. Si te caes, prometo atraparte antes de que toques el suelo. —
—No me tranquiliza para nada —murmuró él, cerrando los ojos con fuerza.
Poco a poco, entre las nubes, comenzó a dibujarse la figura de Ilmenor. Era una ciudad espléndida, ba?ada por la luz de un mediodía claro. Desde las alturas se distinguía su forma circular, con calles ordenadas que se entrelazaban como venas luminosas. En el centro, una amplia plaza coronada por una estatua de un ángel que extendía sus alas hacia el cielo. Frente a la entrada principal, una iglesia de torres blancas se alzaba majestuosa, sus vitrales reluciendo con los reflejos del sol. A la izquierda, en la falda de la monta?a, se extendía una academia de varios edificios conectados por pasarelas y torres, con banderines ondeando al viento; parecía casi un castillo de sabiduría y magia. En el extremo opuesto, dominando la vista, se alzaba el castillo de Ilmenor, sólido y elegante, con sus murallas plateadas y almenas que parecían tocar el cielo.
El paisaje alrededor completaba el cuadro: campos verdes que se extendían hasta perderse, arroyos que brillaban como hilos de cristal y un aire tan limpio que cada respiración se sentía fresca y nueva.
—Vaya... —susurró Zein sin poder apartar la vista—. Es... perfecta.
Lyra sonrió emocionada. —Parece un sue?o—
Tras un vuelo de cuatro días, con varias paradas en tierra firme, el grupo llegó por fin a las cercanías de Ilmenor. Zyteg descendió suavemente entre los árboles, el suelo temblando apenas al tocar tierra.
—Espero que no vuelvan a pasar otros cuarenta a?os sin que me visites, Kio —dijo el dragón con una sonrisa amable mientras plegaba sus alas.
—Jajaja, no te preocupes. Ellos se encari?aron mucho contigo. Mientras esté con ellos, estoy segura de que nos volveremos a ver —respondió Kio ajustando la correa de su mochila.
Zyteg asintió despacio, su mirada desviándose hacia el horizonte. —Sí, pero… ?por cuánto tiempo? Ellos no durarán más de un siglo, y nosotros seguiremos aquí cuando ya no estén. —
Kio lo miró en silencio por un momento y luego sonrió con serenidad. —Entonces lo veremos cuando llegue el momento, ?no? —
El dragón soltó una risa grave. —Siempre me gustó esa forma tuya de tomarte la eternidad como si fuera un paseo. —
Tras despedirse de Kio y Lyra, Zyteg se acercó a Zein, que observaba la ciudad desde la orilla del bosque.
—Es hermosa, ?no? —preguntó el dragón con voz profunda.
—Sí... —respondió Zein, casi sin pesta?ear, atrapado por la vista.
Zyteg movió una de sus alas con suavidad, empujando ligeramente al chico. —Toma, te tengo un regalo. Extiende las manos. —
Zein obedeció, intrigado.
El dragón murmuró algo en una lengua antigua, y una peque?a luz comenzó a formarse en el aire entre ambos. Brilló con intensidad hasta condensarse en un diminuto objeto metálico que cayó con suavidad sobre las palmas de Zein. Era un botón, pero no uno común: resplandecía con un brillo cálido, casi vivo, como si guardara dentro una chispa de fuego y magia. Zein lo observó fascinado, intentando procesar lo que acababa de pasar, mientras Zyteg lo miraba con una sonrisa cargada orgullo.
—Presiónalo cuando quieras hablar conmigo alguna vez —dijo Zyteg con una sonrisa—. Vendré en cualquier momento y lo más rápido posible. —
—?Pero no tardarás cuatro días como lo hicimos? —preguntó Zein, confundido.
—Pff, claro que no —respondió Zyteg con cierto orgullo—. Solo tardaré, máximo, una hora en llegar desde la cueva. —
—??Eso no es muy poco?! —exclamó Zein, incrédulo.
—Nos tardamos tanto porque teníamos que detenernos cada rato para que no vomitaras en el camino —dijo acercándosele un poco más, con una sonrisa burlona.
—Bueno… —murmuró Zein, incómodo.
—Además —a?adió Zyteg—, si no me llamas me sentiré solo. De verdad, pasé uno de los mejores inviernos que he tenido, gracias a ustedes. —
—Me alegra que haya sido así —respondió Zein con una sonrisa sincera.
Entonces Zyteg extendió sus alas, preparándose para partir.
—?No te vas a despedir de Kio y Lyra? —preguntó Zein.
—Ya me despedí de ambas, no te preocupes —dijo Zyteg antes de alzar el vuelo—. Zein, antes de irme, escucha. Sé amable, nunca abuses de nadie y siempre protege al más débil. Sé que te volverás alguien muy fuerte en el futuro.
—Gracias… pero ni siquiera yo sé qué va a ser de mí —admitió Zein, bajando la mirada.
—Entonces averígualo —dijo Zyteg con una sonrisa antes de elevarse en el aire—. Nos vemos, Zein. —
Zein lo observó alejarse hasta que se perdió entre las nubes, levantando una mano para despedirlo.
Cuando volvió con los demás, Kio llamó a ambos hermanos para hacer algo. Los puso frente a ella y extendió la palma sobre sus cabezas; un círculo mágico se formó lentamente, brillando con un tono amarillento hasta desvanecerse. En ese instante, el cabello de Lyra y Zein se tornó completamente negro.
—Esto es para evitar cualquier inconveniente dentro de la ciudad —dijo Kio, sonriendo mientras les despeinaba con cari?o.
Una vez listos, emprendieron el camino hacia la ciudad.
En la entrada se toparon con una fila interminable. Zein y Lyra intercambiaron una mirada de fastidio y luego voltearon hacia Kio con expresión de súplica, pero ella, ignorando sus caras, siguió avanzando sin inmutarse.
El grupo esperó en la fila por un largo rato; tanto, que el cielo comenzó a te?irse de un tono ámbar y el sol, agonizante, ba?aba de fuego las murallas de la ciudad. Cuando por fin llegó su turno, el aire parecía más frío, y el murmullo de la multitud se había reducido a un susurro.
Apenas Kio se detuvo frente al guardia, su semblante cambió por completo. Su mirada perdió todo rastro de amabilidad; los ojos verdes, antes cálidos, se tornaron fríos como el metal. Su postura, erguida y firme, transmitía una autoridad que incluso Zein no había visto antes.
?Parece una persona completamente distinta…? pensó él, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
El guardia le echó un vistazo rápido, y al notar sus orejas felinas, arrugó el rostro con una mueca de desprecio.
—Perdona, pero aquí no dejamos entrar a herejes. Esta es una ciudad sagrada.
Kio permaneció en silencio unos segundos, observándolo sin pesta?ear. Su quietud era tan incómoda que el guardia tragó saliva. Finalmente, habló con voz baja pero afilada, como una daga envuelta en terciopelo.
—Tu “religión”… ?no se supone que predica no discriminar a los de mi raza?
—?“A los de tu raza”? —replicó el guardia con desdén—. Los de tu raza son una aberración que los dioses no debieron crear jamás. Iniciaron la guerra hace mil a?os, y por su culpa murieron miles de inocentes. Son—
No alcanzó a terminar. En un solo movimiento, Kio lo sujetó por el pecho; sus dedos se clavaron en la armadura con tal fuerza que el metal se dobló como si fuera barro. Sus ojos brillaban con una calma antinatural, la clase de calma que precede a la violencia.
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—Vuelve a menospreciarme… a mí o a cualquiera de los míos, y te arrancaré la lengua —susurró con una sonrisa apenas perceptible, una sonrisa que no llegaba a los ojos.
De inmediato, los demás guardias desenvainaron sus armas, apuntándole. Sin embargo, Kio no se inmutó. Con la misma mano libre, sacó de su bolsillo un medallón de plata, antiguo, grabado con símbolos que parecían moverse bajo la luz del crepúsculo. Lo sostuvo frente al rostro del guardia.
—?Sabes qué es esto? —preguntó, con una voz tan serena que resultaba aterradora.
El hombre palideció en cuanto lo vio, al igual que los otros soldados, que bajaron sus armas al instante. El guardia principal retrocedió, liberándose de su agarre con torpeza, y se apresuró a abrir las puertas.
—P–por favor… disculpe nuestra insolencia… se?ora…
Kio lo miró un momento más, sin decir palabra, antes de guardar el medallón con un gesto pausado. Luego, se giró hacia Zein y Lyra. En cuanto sus ojos se posaron en ellos, su expresión cambió como si nada hubiera pasado: una sonrisa dulce y un brillo juguetón volvieron a ocupar su rostro.
—Uff, qué bien que no vendí aquel medallón cuando lo pensé hace tiempo, jajaja —dijo Kio, riendo mientras se acomodaba el brazo detrás de la cabeza con despreocupación.
?Ahora parece otra completamente diferente?, pensó Zein, observándola con una mezcla de desconcierto y fascinación. ?No creo poder entenderla jamás?.
Al cruzar el umbral de las puertas, la luz del crepúsculo se desvanecía poco a poco, dando paso a una noche tibia y perfumada. La ciudad, vista desde dentro, resultó muy distinta a lo que Zein había imaginado. Las calles estaban pavimentadas con piedra clara y pulida, formando senderos que reflejaban las luces anaranjadas de los faroles. Las lámparas, suspendidas en postes de hierro forjado, ardían con fuego mágico que danzaba lentamente dentro de sus cristales, ti?endo el aire con tonos dorados y azulados.
A los costados, las casas eran altas, con balcones de madera y techos de teja azul oscuro, adornadas con estandartes que ondeaban con el viento. Los letreros de los negocios colgaban sobre las entradas, escritos con caligrafías elegantes y mágicamente iluminados. Se oía el murmullo lejano de los últimos comerciantes cerrando sus puestos, mezclado con el suave sonido de una fuente cercana. En el centro de la calle principal, un árbol enorme, cubierto de luces y cintas blancas, se erguía como el corazón vivo de la ciudad.
El aire tenía un aroma dulce, mezcla de la comida recién hecha y flores nocturnas.
Kio, sin darle importancia al paisaje, los tomó de la mano a ambos hermanos y los arrastró entre la multitud que se disipaba.
—Rápido, tenemos que comprar ropa nueva antes de que cierren los locales —dijo, apurando el paso.
Tras recorrer varias calles, encontraron un puesto donde les vendieron ropa mucho más ligera y cómoda que los gruesos abrigos de invierno que habían estado usando. La sensación del aire nocturno sobre su piel les resultó refrescante.
—Vamos a buscar a unos viejos amigos —comentó Kio mientras descansaban un momento en los bancos de la plaza. Tenía una expresión serena, pero en sus ojos brillaba cierta emoción contenida—. Nos van a ayudar con muchas cosas. —
—?A dónde? —preguntó Zein.
—Justo ahí —respondió ella, se?alando al fondo de la avenida.
La iglesia se alzaba en el corazón de la ciudad, justo en línea con la puerta principal, como si toda la arquitectura girara en torno a ella. Su fachada de mármol blanco relucía bajo la luna, y a ambos lados se levantaban las siluetas imponentes del castillo y la academia, formando un triángulo perfecto.
Cuando cayó la noche por completo, llegaron frente a las enormes puertas del templo. Estaban cerradas. Kio frunció el ce?o, pensativa, y luego sonrió de forma traviesa.
—Bueno… supongo que no les importará una visita inesperada.
Antes de que Zein o Lyra pudieran detenerla, Kio empujó las puertas y entró sin dudarlo. El interior estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz que se filtraba a través de los vitrales. El eco de sus pasos resonaba en las paredes de piedra.
—?Meliora! —empezó a gritar Kio, su voz rebotando en las bóvedas del techo—. ?Meliora! ?Sigues aquí? —
—Kio… nos van a descubrir… —susurró Lyra, jalándola de la ropa con nerviosismo—. Baja la voz, por favor…—
Pero Kio ni la escuchó. Su voz continuó llenando la nave principal hasta que, finalmente, una figura femenina emergió de la oscuridad, sosteniendo una vela en la mano.
Era una mujer de figura voluptuosa, con una presencia que imponía incluso antes de hablar. Su largo cabello rojizo caía en una trenza suelta sobre su hombro derecho, y sus ojos, de un verde profundo, brillaban con un fulgor casi hipnótico bajo la tenue luz de la vela. Vestía un atuendo similar al de una monja, aunque muy distinto del habitual: el hábito tradicional había sido modificado con cortes elegantes y telas ce?idas, dejando al descubierto más piel de la que Kio recordaba, y en el centro de su pecho relucía una gran cruz dorada que capturaba la luz como si ardiera.
—?Quién anda ahí…? —preguntó la mujer con voz firme, hasta que sus ojos se encontraron con los de Kio. Por un instante, la vela tembló—. ?K… Kio? ?En verdad eres tú?
—Jamás creí verte con un atuendo tan distinto al que usabas cuando eras más joven —dijo Kio sonriendo con sinceridad, mientras su cola se movía con curiosidad de un lado a otro.
—Yo me resigné a no volver a verte —respondió Meliora, dejando la vela sobre un candelabro de piedra y acercándose lentamente—. Me alegra verte de nuevo. —
—A mí también —dijo Kio, extendiendo los brazos para abrazarla.
Pero el abrazo no fue lo que esperaba. En un movimiento inesperado, Meliora la sujetó con fuerza, inmovilizándola con sorprendente facilidad. Kio abrió los ojos, desconcertada, mientras la otra pasaba una mano por su cabeza entre sus orejas y la acariciaba con un aire burlón.
—Eeeh… espera —murmuró Kio, su cola erizándose de incomodidad mientras sus orejas se movían nerviosas—. ?Q-qué haces? —
Meliora no respondió. En lugar de eso, giró la cabeza y alzó la voz:
—?Vengan! ?Aquí la tengo!
De inmediato, varias monjas salieron de una habitación lateral, portando ropas y adornos ceremoniales. En cuestión de segundos formaron un círculo alrededor de Kio, ocultándola por completo. Se oían risas ahogadas, pasos rápidos y el sonido de telas arrastrándose.
Zein y Lyra retrocedieron de inmediato. Zein colocó un brazo delante de su hermana, preparado para cualquier cosa.
—No se preocupen, no les haremos da?o —dijo una de las monjas con un tono dulce que no inspiraba demasiada confianza.
??No nos harán da?o? Sí, claro… y mientras tanto Kio está ahí atrapada con esas locas?, pensó Zein, apretando los pu?os sin saber si intervenir.
Entre quejas, forcejeos y el sonido de cintas ajustándose, el bullicio cesó. Las monjas se apartaron finalmente, revelando a Kio.
El vestido era un conjunto de varias capas que parecían competir entre sí por llamar la atención. Los colores se entrelazaban en una mezcla de negro, blanco, dorado y peque?os toques de rojo. La prenda interior, ajustada y de un negro profundo con decoraciones blancas, resaltaba cada movimiento de Kio, mientras que la capa superior era blanca, suelta, adornada con filigranas doradas y peque?os bordes rojos que parecían brillar con la luz de las velas.
—?Jajajajaja! —Zein no pudo contener la risa, doblándose un poco hacia adelante—. ?Te ves ridícula!
Incluso Lyra, tratando de disimular, terminó tapándose la boca para no reír más fuerte. Aquello solo empeoró la situación. Kio se sonrojó al instante, las orejas tiesas y la cola moviéndose con un tic nervioso que delataba su irritación.
—Meliora… —dijo con una sonrisa forzada que apenas contenía su enojo—. ?Qué significa esto?
Meliora tragó saliva, sintiendo la presión del ambiente.
—B-bueno, su santidad… —comenzó, el tono temblando apenas—. Creímos que, si alguna vez regresaba, deberíamos prepararle algo que reflejara su… gracia.
—?Y esta fue su maravillosa idea? —replicó Kio alzando un poco la túnica y mirando el exceso de tela—. ?Me veo ridícula!
Meliora la observó unos segundos y, en un tono casi divertido, respondió:
—En lo personal, creo que se ve bastante bien.
Kio soltó un resoplido, le dio un golpecito en la cabeza con la cola y, en un movimiento tan rápido que ni Zein ni Lyra pudieron seguirlo, se deshizo de aquellas ropas ceremoniales para volver a su atuendo habitual. En un parpadeo, ya estaba como antes, como si nada hubiera pasado.
—Ma?ana hablaremos de eso —dijo cruzándose de brazos con una sonrisa ligera—. Pero por hoy, ?podrías darnos hospedaje a mí y a estos ni?os? —
Meliora bajó la mirada hacia Zein y Lyra, examinándolos con un dejo de desconfianza que se desvaneció tan pronto como apareció.
—Claro. Pueden quedarse en la habitación de huéspedes —respondió, guiándolos por los pasillos silenciosos de la iglesia.
Las luces de las velas proyectaban sombras alargadas sobre los muros de piedra mientras avanzaban. El aire olía a incienso y cera derretida, y sus pasos resonaban suaves sobre el suelo pulido. Finalmente, llegaron a una peque?a habitación cálida y ordenada, donde la luna se filtraba por una ventana alta.
Allí pasaron la noche, envueltos por el silencio y la sensación de que, al fin, podían descansar.

