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Última vez

  La habitación olía a humedad vieja y tela podrida. Las paredes estaban manchadas, el yeso descascarillado en parches irregulares, y en una esquina se acumulaban mantas sucias, latas aplastadas y periódicos amarillentos. Parecía el nido de alguien que había dejado de pertenecer al mundo hacía tiempo.

  La puerta se abrió con un chirrido áspero.

  Una figura encapuchada entró sin decir palabra. Arrastraba algo pesado. Lo dejó caer en el centro del suelo con un golpe seco: un saco grande, atado con cuerda gruesa… que se movía.

  El saco se retorció.

  La figura no reaccionó. Simplemente salió de la habitación y cerró la puerta. Se escuchó el primer clic metálico. Luego otro. Y otro más. Varias cerraduras asegurándose desde fuera.

  Silencio.

  El saco quedó inmóvil unos segundos.

  Entonces, desde dentro, algo rasgó la tela.

  Una hoja atravesó la arpillera con un sonido limpio. La tela se abrió en una línea torpe y una mano emergió, seguida de un brazo. Carlos salió del saco con movimientos tensos, incorporándose con dificultad.

  Se crujió el cuello hacia un lado.

  —Maldita sea… —murmuró con fastidio, frotándose el hombro—. Deberían aprender a transportar personas.

  Se puso de pie lentamente, estirando la espalda. Miró el saco abierto a sus pies y suspiró.

  —Siguen cometiendo el mismo error… —a?adió, sacando el peque?o cuchillo que había escondido bajo la lengua momentos antes—. Nunca revisan la boca.

  Lo limpió con la manga.

  —Los peones de Angélica son insistentes… pero previsibles.

  Comenzó a caminar por la habitación, examinando las ventanas tapiadas, la puerta reforzada, los rincones oscuros.

  —Aunque últimamente están demasiado pesados…

  Se detuvo un segundo.

  Doce meses.

  Doce meses huyendo como una rata.

  Doce meses durmiendo en sótanos, azoteas, moteles de mala muerte y edificios abandonados que olían exactamente como este. Doce meses sabiendo que cada vez que cerraba los ojos en este mundo, Sandra le estaba entregando su ubicación a Angélica en una bandeja. Doce meses en los que la única persona que alguna vez lo había querido de verdad se convirtió en su peor cazadora.

  Se pasó la mano por el pelo, ahora largo, sucio y enredado, y sonrió sin ninguna alegría.

  —Aunque las ratas también sobreviven.

  Pasos al otro lado de la puerta. Muchos. Pesados. Organizados.

  Carlos ladeó la cabeza, cansado.

  —Otra vez lo mismo… veamos si al menos aprenden algo.

  La puerta estalló hacia dentro.

  Entraron en formación perfecta. Cinco hombres. Blindaje pesado, rifles con linternas tácticas, movimientos ensayados.

  —Habitación despejada.

  —Flanco izquierdo limpio.

  —Sin objetivo visual.

  El saco rasgado yacía en el suelo como una piel muerta.

  Silencio.

  Uno de ellos avanzó dos pasos.

  El aire a su espalda se onduló.

  Carlos surgió de la sombra como si la pared misma lo hubiera vomitado. Le tapó la boca con una mano y le clavó el cuchillo bajo la mandíbula hasta la empu?adura. Un solo movimiento limpio, entrenado, sin emoción.

  El cuerpo se desplomó antes de que los demás giraran.

  Carlos ya tenía el rifle del muerto en las manos.

  Tres ráfagas cortas. Controladas. Letales.

  Los cuerpos cayeron como marionetas a las que cortan los hilos.

  El último intentó levantar sus manos en rendición.

  Carlos le metió dos balas en el visor antes de que pudiera decir nada.

  Silencio otra vez.

  Solo el zumbido en los oídos y el olor acre a pólvora.

  Carlos dejó caer el rifle y flexionó los dedos. Un espasmo violento le recorrió la espalda. La habilidad de sigilo se desvanecía como si le arrancaran la piel desde dentro. Doce meses perfeccionándola… y todavía le cobraba factura.

  —Tch… —gru?ó, apoyándose contra la pared.

  Miró los cinco cadáveres con ojos vacíos.

  Blindaje más avanzado. Armamento nuevo. Comunicadores de última generación.

  —Está subiendo la apuesta… —murmuró.

  Shion soltó una risa baja dentro de su cabeza.

  —Cada vez te cuestan menos.

  Carlos se agachó, recogió cargadores y munición sin prisa.

  —A este paso… —dijo mientras revisaba un rifle— voy a tener que vaciar la ciudad entera antes de llegar a ella.

  No había rabia en su voz.

  Solo un cálculo frío, casi aburrido.

  Y eso era mucho peor.

  Salió a la calle con la mascarilla negra bien subida y la capucha baja. La bolsa con el rifle y los cargadores le pesaba en el hombro. Caminaba sin prisa, como quien va a comprar el pan.

  Se detuvo frente a una casa cualquiera. Una de tantas en la fila de viviendas modestas. Miró el número en la puerta un segundo.

  Era tan buena como cualquier otra.

  Pateó la puerta.

  La madera saltó hecha astillas.

  —?ANGéLICA!

  Un grito ahogado respondió desde dentro.

  No era el que esperaba.

  Un hombre tropezó hacia atrás, derribando una silla. Sus ojos se llenaron de terror puro al ver la figura encapuchada. Intentó correr hacia el salón.

  Carlos lo siguió. Sin correr. Sin prisa.

  El hombre llegó al salón y abrió un cajón con manos temblorosas. Sacó una pistola.

  Detrás de él, una mujer abrazaba con fuerza a una ni?a de unos seis a?os que no entendía nada. La peque?a solo miraba con los ojos muy abiertos.

  Carlos se detuvo en el umbral.

  Los observó en silencio.

  Frío. Vacío. Como si estuviera mirando muebles.

  —Si yo fuera tú —dijo con voz baja y estable—, no sacaría esa pistola.

  El hombre temblaba tanto que el arma se movía en sus manos.

  —No… no sé quién eres, pero—

  Carlos dio un paso.

  Un solo paso.

  Agarró la mu?eca del hombre y la dobló hacia atrás con un movimiento seco. El crujido del hueso rompiéndose resonó en la habitación como una rama partida.

  El hombre gritó.

  La pistola cayó al suelo.

  Carlos no soltó la mu?eca rota. La apretó más, obligándolo a arrodillarse.

  —Te lo advertí.

  La mujer sollozaba, cubriendo los ojos de la ni?a.

  —?Conoces a Angélica Bandfield? —preguntó Carlos, sin alzar la voz.

  El hombre lloraba de dolor, babeando.

  —?No! ?Por Dios, no sé quién es! ?Tenemos una hija, por favor…!

  Carlos lo miró un segundo más.

  Luego lo soltó.

  El olor a orina se extendió por el salón.

  Se dio media vuelta sin decir nada más.

  —Puerta equivocada.

  Salió de la casa dejando la puerta rota, los sollozos de la mujer y la mirada confundida de la ni?a clavada en su espalda.

  Shion habló por fin, casi con ternura:

  —Cada vez te cuesta menos.

  Carlos no respondió.

  Siguió caminando bajo la lluvia fina que empezaba a caer, como si nada hubiera pasado.

  La escena cambia.

  Un objeto se estrella contra la pared.

  El golpe resuena en la habitación amplia y bien iluminada. Una pantalla se astilla y cae al suelo. Papeles se desparraman. Un vaso se vuelca, derramando agua sobre la mesa.

  —??Cómo es posible?! —la voz de Angélica vibra de rabia contenida—. ?Cinco hombres entrenados!

  La puerta se abre con suavidad.

  —?Qué pasa?

  Angélica se gira.

  —Sandra.

  Sandra entra despacio, su expresión serena… demasiado serena para alguien que ya ha visto decenas de informes como este.

  —No han podido traerlo —dice Angélica, pasándose una mano por el cabello revuelto—. Se volvió a escapar.

  Silencio breve.

  —?Qué pasó esta vez? —pregunta Sandra, aunque una parte de ella ya lo sabe.

  Angélica suelta una risa seca, sin humor.

  —Esta vez no corrió. No improvisó. No negoció. Simplemente… los mató.

  Sandra no responde al instante.

  Sus dedos se tensan. Su mirada se fija en el suelo, como si viera los cuerpos ahí mismo. Cinco más. Cinco nombres que ya no importan.

  Traga saliva.

  —?Todos?

  —Todos.

  La palabra cae como plomo.

  Sandra cierra los ojos un segundo. Recuerda a Carlos dudando en el instituto, temblando la primera vez que sostuvo un arma. Recuerda al chico que le decía que odiaba la violencia, que prefería huir antes que herir.

  Cuando abre los ojos, su rostro está compuesto otra vez.

  Pero algo dentro se ha roto un poco más.

  —Está mejorando —murmura.

  Angélica la mira con frustración cruda.

  —Está evolucionando. Cada vez es más eficiente. Más frío. Como si esa cosa dentro de su cabeza lo estuviera moldeando.

  Se deja caer en la silla, exhausta.

  —Empiezo a creer que es imposible capturarlo vivo.

  Sandra levanta la mirada de golpe.

  —No digas eso.

  Angélica la observa.

  —Estoy hablando tácticamente.

  Sandra da un paso adelante.

  —Si voy yo… quizás pueda hablar con él.

  Angélica la interrumpe al instante.

  —No.

  Seca. Firme.

  Sandra frunce el ce?o.

  —él me escucharía. Todavía hay algo de él ahí.

  —No —repite Angélica—. En el punto en el que está… podría matarte a ti también.

  El silencio se instala entre las dos, pesado como humo.

  Sandra no responde de inmediato.

  Porque una parte de ella sabe que eso no es imposible.

  Y esa es la parte que más le duele.

  —No lo conoces como yo —dice finalmente, pero su voz ya no suena tan segura.

  Angélica la mira con algo que no es solo estrategia.

  Es preocupación real.

  —Precisamente por eso no voy a dejar que te acerques.

  Sandra aparta la mirada.

  Por primera vez desde que empezó todo… duda de verdad.

  Stolen novel; please report.

  Y esa duda pesa más que cualquier informe de bajas.

  La lluvia golpea los ventanales.

  Durante unos segundos, ninguna de las dos habla.

  Angélica se inclina hacia la mesa y activa la pantalla secundaria que no se ha roto. La imagen tarda en estabilizarse: interferencias, luego una grabación térmica del operativo fallido.

  —Míralo —dice.

  Sandra no quiere.

  Pero mira.

  La puerta explotando. La formación perfecta. El avance táctico.

  Y luego—

  Un vacío.

  Un hombre cayendo sin que nadie vea de dónde vino el ataque. Sangre caliente brotando en el sensor térmico como una mancha que se expande.

  Otro disparando hacia la nada. Ráfagas desesperadas, iluminando siluetas que se derrumban.

  Y él.

  Apenas una silueta distorsionada entre los cambios térmicos. Preciso. Económico. Sin titubeos.

  Sandra aprieta los labios.

  —Reproduce el final.

  Angélica la observa un segundo antes de obedecer.

  El último agente intenta retroceder. Levanta las manos un instante. Un gesto instintivo. Rendición.

  La silueta se detiene frente a él.

  Una fracción de segundo.

  Luego el disparo.

  La imagen se congela ahí.

  Silencio.

  Sandra siente algo frío instalarse en el estómago.

  —Podría haberlo dejado inconsciente —dice en voz baja.

  Angélica no responde.

  No hace falta.

  La repetición corre otra vez, más lenta.

  No hubo duda. No hubo vacilación. Fue cálculo puro.

  Sandra da un paso atrás.

  Por primera vez, no encuentra excusa inmediata.

  —Está sobreviviendo —dice, pero suena débil incluso para ella.

  Angélica apaga la pantalla.

  —No. Está eligiendo.

  Esa frase pesa más que cualquier otra.

  Sandra niega levemente con la cabeza.

  —No es él. Está bajo presión constante. Lo estamos empujando. Esa… cosa dentro de su cabeza lo está cambiando.

  —Sandra —la voz de Angélica ya no tiene rabia, solo cansancio—, lleva doce meses así. La presión no crea algo que no estaba ahí. Solo lo revela.

  Eso golpea.

  Sandra traga saliva.

  Porque recuerda otra cosa.

  Recuerda la última vez que habló con él. La forma en que su voz ya sonaba distante. La forma en que no respondió cuando ella dijo su nombre.

  ?Y si no es que lo están perdiendo?

  ?Y si ya lo perdieron?

  —Quiero intentar hablar con él —dice finalmente, más despacio—. Sin equipos. Sin armas. Solo yo.

  Angélica la mira como si estuviera considerando algo peligroso.

  —Si te acercas, no será una negociación. Será una prueba.

  —Lo sé.

  —Y si falla…

  Sandra sostiene su mirada.

  No responde.

  Porque ambas saben qué significa.

  Angélica se levanta y camina hasta la ventana.

  La lluvia distorsiona las luces de la ciudad.

  —Si él te apunta —dice sin girarse—, no voy a dudar.

  Sandra cierra los ojos un segundo.

  —Lo sé.

  Y por primera vez desde que empezó todo…

  No está segura de que Carlos tampoco dudaría.

  La lluvia no cesa.

  Sandra permanece en la habitación unos segundos más después de que Angélica deje de hablar. El sonido del agua contra los ventanales llena el silencio.

  —No vas a cambiar de opinión —dice finalmente.

  Angélica no se gira.

  —No.

  Sandra asiente levemente, aunque Angélica no puede verlo.

  —Entonces lo haré sin permiso.

  Eso sí hace que Angélica se dé la vuelta.

  No hay enfado en su rostro. Solo algo cercano al cansancio.

  —Sabía que dirías eso.

  Sandra se queda inmóvil.

  —?Entonces por qué discutimos?

  Angélica se apoya en el borde de la mesa.

  —Porque necesitaba decirlo en voz alta.

  La respuesta es extra?amente honesta.

  Durante un momento ninguna de las dos habla.

  Luego Angélica suspira y se pasa una mano por la frente.

  —Si vas a hacerlo, al menos hazlo bien.

  Sandra frunce el ce?o.

  —?Qué significa eso?

  —Significa que si aparece una unidad táctica detrás de ti, él va a saber que es una trampa antes incluso de verte.

  Sandra no responde.

  Angélica continúa:

  —Carlos lleva doce meses sobreviviendo a operaciones que derribarían a un escuadrón completo. No es porque tengamos mala suerte.

  Hace una pausa breve.

  —Es porque piensa como alguien que ya no confía en nadie.

  Las palabras flotan en el aire.

  Sandra las acepta en silencio.

  —Entonces iré sola —dice.

  —Sí.

  —Sin rastreadores.

  —Sí.

  —Sin apoyo.

  Angélica la mira directamente.

  —Eso es lo único que podría funcionar.

  Sandra duda por primera vez.

  —?Y si me equivoco?

  Angélica no tarda en responder.

  —Entonces no volverás.

  La frase cae con una naturalidad brutal.

  Sandra baja la mirada un segundo.

  Respira hondo.

  —Aun así tengo que intentarlo.

  Angélica la observa durante unos segundos largos.

  Luego asiente una sola vez.

  —Entonces hay algo que deberías saber.

  Sandra levanta la mirada.

  Angélica activa otra pantalla. No es un vídeo esta vez. Es un mapa lleno de puntos marcados por toda la ciudad.

  —Durante el último a?o —dice— hemos registrado treinta y siete refugios temporales que Carlos ha usado.

  Sandra se acerca lentamente.

  —Nunca repite dos veces el mismo sitio —continúa Angélica—. Nunca permanece más de dos noches seguidas. Nunca usa rutas previsibles.

  Se?ala un punto cerca del centro.

  —Excepto aquí.

  Sandra frunce el ce?o.

  —?Qué es?

  Angélica duda un instante.

  —Un patrón.

  Amplía el mapa.

  Las líneas trazan un círculo irregular por distintos barrios.

  Pero todos pasan cerca del mismo lugar.

  Sandra lo reconoce al instante.

  —El instituto…

  Angélica asiente.

  —Cada cierto tiempo vuelve a esa zona. No entra. No se queda. Solo pasa cerca.

  Sandra se queda mirando el mapa.

  Una mezcla de dolor y comprensión aparece en su rostro.

  —Sigue mirando atrás.

  —O se asegura de que nadie más lo haga —responde Angélica.

  Sandra permanece en silencio.

  Luego se endereza.

  —Entonces empezaré por ahí.

  Angélica la observa un momento más.

  —Sandra.

  —?Sí?

  —Si lo encuentras…

  Sandra espera.

  Angélica termina la frase con voz baja:

  —No intentes salvarlo si él no quiere ser salvado.

  Sandra no responde.

  Simplemente se gira y camina hacia la puerta.

  Cuando sale, la lluvia sigue cayendo sobre la ciudad.

  Y en algún lugar entre esas calles oscuras…

  Carlos también está mirando hacia el pasado.

  La lluvia no cesaba.

  Sandra salió del edificio sin mirar atrás. El agua le golpeaba la cara como agujas frías, pero no se molestó en abrir el paraguas que llevaba en la mano. Caminó con paso firme, aunque por dentro sentía que cada paso era una decisión que aún no había terminado de tomar.

  El instituto estaba a unos veinte minutos a pie. No tomó taxi ni autobús. Quería llegar con la mente despejada, sin la interrupción de motores ni conversaciones ajenas. Quería sentir cada calle, cada esquina, como si pudiera rastrear el rastro invisible que Carlos había dejado durante doce meses.

  Al llegar al perímetro del instituto, se detuvo bajo el mismo árbol donde solían esperar a que terminara la última clase. El tronco estaba más grueso, las ramas más bajas, pero el banco de madera seguía allí, ahora cubierto de musgo y grafitis descoloridos.

  Se sentó.

  Sacó el móvil y abrió la galería.

  Fotos antiguas. Carlos sonriendo de medio lado en una selfie torpe que Sandra le había robado en el recreo. Carlos mirando por la ventana del aula con esa expresión distante que ahora entendía demasiado bien. Carlos y ella en la azotea, él con los ojos cerrados, diciendo algo sobre cómo el cielo azul le parecía “demasiado limpio”.

  Deslizó la pantalla hasta una foto que había tomado sin que él se diera cuenta: Carlos de espaldas, apoyado en la barandilla, mirando la ciudad. La luz del atardecer le pintaba el perfil de naranja. Parecía tan… normal.

  Sandra sintió un nudo en la garganta.

  —?Dónde estás ahora? —susurró.

  No esperaba respuesta.

  Pero entonces lo oyó.

  Un roce leve. Apenas perceptible. Como si alguien hubiera cambiado de peso sobre la grava del camino.

  Sandra levantó la vista despacio.

  Al otro lado de la verja, bajo la farola que nunca se apagaba del todo, había una figura encapuchada. Inmóvil. La mascarilla negra cubría la mitad inferior del rostro. La capucha goteaba agua.

  No se movió.

  Solo la miró.

  Sandra se puso de pie muy lentamente.

  El corazón le golpeaba contra las costillas.

  —Carlos… —dijo, apenas un hilo de voz.

  La figura no respondió.

  Pero tampoco se fue.

  Sandra dio un paso hacia la verja.

  La figura ladeó la cabeza ligeramente, como si escuchara algo que ella no podía oír. Sus ojos —esos ojos que Sandra conocía tan bien— parecieron enfocarse en un punto invisible, justo detrás de ella, o tal vez dentro de su propia cabeza. Era una pausa sutil, pero inquietante: como si estuviera debatiendo con alguien más, alguien que no estaba allí. Sandra recordó las veces que lo había visto susurrar solo, en los últimos días antes de que todo se rompiera. ?Shion? El nombre le vino a la mente como un escalofrío.

  —Soy yo —dijo Sandra, intentando sonar calmada.

  Otro paso.

  La figura tensó los hombros apenas, alerta, como si midiera la distancia exacta entre ellos, calculando si ese movimiento era una amenaza o una invitación. Sus ojos se entrecerraron un instante, y Sandra juró que vio un tic en su mandíbula, como si estuviera respondiendo a una voz interna que le advertía, le susurraba opciones: huir, atacar, esperar.

  —No vengo armada. No hay nadie más. Solo yo.

  La figura ladeó la cabeza de nuevo, esta vez con una inclinación casi imperceptible, como si estuviera consultando con esa presencia invisible. Sandra sintió un nudo en el estómago: ?estaba hablando con él? ?Con esa… cosa que lo había cambiado? Los ojos de la figura se desviaron un segundo hacia su mano derecha, la que ella acababa de mover sin darse cuenta, y Sandra se congeló, consciente de que él estaba rastreando cada gesto, cada respiración, como si anticipara una traición.

  Sandra levantó las manos, palmas abiertas, empapadas por la lluvia.

  —No quiero pelear. No quiero salvarte. Solo… quiero hablar.

  Silencio.

  La lluvia seguía cayendo entre ellos.

  La figura permaneció quieta un momento más, sus ojos fijos en ella, pero con esa expresión distante, como si estuviera escuchando un eco interno que le decía qué hacer. Sandra podía imaginarlo: una voz suave, manipuladora, advirtiéndole de sus pasos, de su postura, de la posibilidad de que estuviera mintiendo.

  Entonces, con una lentitud casi dolorosa, la figura levantó una mano.

  No para saludar.

  Para mostrarle algo.

  Entre sus dedos sostenía su viejo carnet de estudiante del instituto, plastificado y desgastado, con esa foto torpe donde salía con el pelo desordenado y una nota garabateada al reverso que Sandra le había escrito una vez: "No te duermas en clase, gato". Al lado, un dibujo rápido que él había hecho en el margen: un cielo imposible con nubes lentas y hierba azulada, sin explicación alguna.

  Lo rasgó por la mitad con un movimiento seco.

  Los pedazos cayeron al suelo, empapándose al instante en un charco.

  El sonido fue ahogado por la lluvia, pero para Sandra fue como un trueno.

  Sandra sintió que se le cortaba la respiración.

  La figura la miró un segundo más, sus ojos alerta, rastreando si ella hacía algún movimiento brusco, como si esa voz en su mente le estuviera recordando que no bajara la guardia.

  Luego se dio media vuelta.

  Y empezó a caminar hacia la oscuridad de la calle.

  Sandra se quedó paralizada un segundo.

  Luego corrió hacia la verja.

  —?Espera!

  La figura no se detuvo.

  Pero tampoco aceleró.

  Solo siguió caminando, con esa tensión en los hombros que sugería que estaba atento a cada paso de ella detrás, como si esa conversación interna lo mantuviera en un equilibrio precario: listo para girarse, para correr, para atacar si ella se acercaba demasiado rápido.

  Y Sandra lo hizo.

  Sin dudar.

  Bajo la lluvia que no cesaba.

  Hacia dondequiera que él la estuviera llevando.

  Porque por primera vez en doce meses, Carlos no había huido.

  Había esperado.

  Y eso era más aterrador que cualquier cosa que hubiera hecho hasta ahora.

  La calle estaba casi vacía.

  Las farolas proyectaban círculos amarillos sobre el asfalto mojado, y cada paso de Carlos dejaba un leve chapoteo en los charcos. Caminaba sin mirar atrás, pero su ritmo era constante, medido. No corría.

  Sandra lo seguía a unos diez metros.

  No intentaba alcanzarlo.

  No quería romper ese equilibrio extra?o que se había creado entre ellos.

  Durante un minuto entero no habló.

  Solo caminaron bajo la lluvia.

  Entonces Carlos giró por una calle lateral estrecha, una de esas que casi nadie usa de noche. Cuando Sandra dobló la esquina tras él, lo vio detenido bajo el techo de un edificio abandonado.

  Esperándola.

  Sandra redujo el paso hasta detenerse a unos cuatro metros.

  Por primera vez pudo verlo bien.

  La mascarilla negra.

  La capucha pegada al cabello mojado.

  Los ojos… mucho más fríos de lo que recordaba.

  Pero seguían siendo los mismos.

  —Pensé que te habías ido —dijo Sandra finalmente.

  Carlos no respondió.

  Sus ojos recorrieron la calle detrás de ella, las ventanas, los tejados, los coches aparcados. Un barrido rápido, automático.

  Luego volvieron a ella.

  —Viniste sola —dijo.

  Su voz era más grave de lo que recordaba. Y más plana.

  Sandra asintió despacio.

  —Sí.

  Silencio.

  Carlos inclinó ligeramente la cabeza, como si escuchara algo que ella no podía oír.

  Sandra lo vio.

  Ese peque?o gesto.

  —?Está hablando contigo ahora? —preguntó.

  Por primera vez algo cambió en su expresión.

  No mucho.

  Pero lo suficiente.

  La expresión de Carlos se endureció un instante, un tic casi imperceptible en la comisura de los labios, como si una corriente eléctrica le hubiera recorrido el rostro. Sus ojos se clavaron en los de Sandra con una intensidad que la hizo retroceder medio paso sin darse cuenta.

  —No sabes de qué estás hablando —dijo, su voz baja, pero con un filo que no estaba ahí antes.

  Sandra tragó saliva, pero no apartó la mirada. La lluvia seguía cayendo a su alrededor, goteando desde el techo roto del edificio abandonado, formando peque?os ríos que se perdían en las grietas del asfalto.

  —Te he visto hacerlo —insistió ella, con voz temblorosa pero firme—. Antes. Cuando todo empezó a torcerse. Susurrabas solo. Te quedabas quieto, como si alguien te estuviera respondiendo dentro de tu cabeza. ?Es Shion? ?Es eso lo que te ha cambiado?

  Carlos no se movió. Sus hombros se tensaron ligeramente, y por un segundo su mirada se desenfocó, como si realmente estuviera escuchando algo —o a alguien— en ese preciso momento. Sandra juró que vio sus labios moverse apenas, un murmullo inaudible, como si estuviera respondiendo a una voz que solo él podía oír.

  Luego, el foco volvió a ella. Frío. Calculador.

  —Shion no es "eso" —dijo al fin, con un tono que sonaba casi defensivo, aunque su rostro no lo mostrara—. Shion es lo único que me queda.

  Sandra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia. Dio un paso adelante, ignorando el instinto que le gritaba que se detuviera.

  —?Lo único? ?Y yo? ?Y todo lo que éramos antes de esto? Carlos, por favor… mírate. Has matado gente. Has huido durante un a?o entero. ?Eso es lo que quieres? ?Ser una sombra que solo sobrevive?

  Carlos soltó una risa breve, seca, sin humor. Fue un sonido que no le pertenecía, como si viniera de otro lugar dentro de él. Inclinó la cabeza de nuevo, esa pausa inquietante, como si consultara con esa presencia invisible antes de responder.

  —Sobrevivir es lo único que importa ahora —dijo—. Tú lo sabes mejor que nadie. Fuiste tú la que me vendió. La que eligió a Angélica sobre mí.

  Las palabras cayeron como un golpe. Sandra abrió la boca para negar, para explicar, pero el nudo en su garganta se lo impidió al principio.

  —No fue así —logró decir finalmente, con la voz rota—. Intenté ayudarte. Intenté que pararas antes de que cruzaras esa línea. Pero tú… disparaste. Amenazaste a todos. ?Qué se suponía que tenía que hacer?

  Carlos la miró en silencio durante un largo segundo. Sus ojos se entrecerraron, y Sandra vio de nuevo ese tic: un leve movimiento en la mandíbula, como si estuviera mordiendo una respuesta interna, debatiendo con Shion sobre qué decir —o qué hacer— a continuación.

  —No lo entiendes —murmuró al fin—. Nunca lo entendiste. Shion me mostró lo que tú nunca viste: que el mundo no es justo. Que la gente como Angélica no para hasta que los rompes. Y tú… elegiste su lado.

  Sandra negó con la cabeza, las lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro.

  —No elegí su lado. Elegí parar la locura. Pero ahora… míranos. Doce meses después, y sigues huyendo. Sigues matando. ?Cuánto más vas a dejar que esa voz te controle?

  Por primera vez, algo real cruzó el rostro de Carlos: una grieta en la máscara fría. Sus ojos se desviaron un instante hacia la oscuridad de la calle, como si buscara una confirmación invisible. Luego volvió a ella, y su voz salió más baja, casi un susurro.

  —Shion no me controla. Me salva. Sin él… ya estaría muerto. O peor: seguiría siendo el idiota que confiaba en gente como tú.

  Sandra dio otro paso adelante, ignorando el peligro.

  —Entonces déjame ayudarte. Déjame demostrarte que no estás solo. Por favor, Carlos. Recuerda quién eras.

  él no se movió, pero su mano derecha se crispó ligeramente, como si estuviera listo para sacar algo del bolsillo —la pistola, quizás—. Sandra se congeló, consciente de que un movimiento en falso podría romper todo.

  Carlos inclinó la cabeza una vez más, esa pausa que ahora le parecía eterna, como si Shion estuviera susurrando las opciones finales: confiar, matar, huir.

  Finalmente, habló.

  —Pruébalo —dijo, con voz neutra—. Dime algo que solo tú y yo sepamos. Algo que Shion no pueda saber.

  Sandra parpadeó bajo la lluvia, el corazón latiéndole con fuerza. Era una prueba. Una oportunidad. O una trampa.

  Respiró hondo y pensó en el pasado que compartían, en ese mundo antes de que todo se rompiera.

  Sandra abrió la boca.

  Una docena de recuerdos le cruzaron la mente al mismo tiempo.

  El aula vacía después de clases.

  El banco bajo el árbol.

  Las conversaciones en la azotea del instituto mientras el cielo se volvía naranja.

  Pero antes de que pudiera decir una palabra—

  Carlos se quedó completamente inmóvil.

  No fue una pausa normal.

  Fue como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de él.

  Sus ojos dejaron de mirarla.

  Se desplazaron lentamente hacia su izquierda.

  Luego hacia el tejado del edificio de enfrente.

  Luego hacia la ventana rota del tercer piso.

  Sandra frunció el ce?o.

  —Carlos…

  él levantó una mano.

  Silencio.

  No la miraba.

  Estaba escuchando.

  No a Shion.

  A otra cosa.

  El sonido era tan débil que Sandra ni siquiera lo había notado: un clic metálico breve.

  Un desplazamiento mínimo de grava en la azotea.

  Pero para Carlos fue suficiente.

  Su postura cambió.

  La tensión volvió a su cuerpo como un resorte comprimido.

  Cuando habló, su voz ya no era la misma.

  —?Cuánto tiempo llevas siguiéndome?

  Sandra parpadeó.

  —?Qué?

  Carlos finalmente volvió a mirarla.

  Pero ahora sus ojos estaban completamente fríos.

  Peor que antes.

  Calculando.

  —Tres tejados —murmuró—. Una ventana al norte.

  Y alguien en la calle trasera.

  Sandra sintió que el estómago se le caía al suelo.

  —No… yo no…

  Carlos dio un paso atrás.

  Lento.

  Su mano derecha ya no estaba relajada.

  Estaba cerca de su abrigo.

  —Les dijiste que vinieran —dijo.

  No era una pregunta.

  Sandra negó con la cabeza rápidamente.

  —?No! ?Carlos, te juro que vine sola!

  Un destello cruzó su mirada.

  Duda.

  Un segundo.

  Solo uno.

  Entonces—

  Un peque?o reflejo rojo apareció sobre el pecho de Carlos.

  Un punto láser.

  Sandra lo vio.

  Carlos también.

  Su expresión cambió en un instante.

  La última grieta de humanidad desapareció.

  —Error —murmuró.

  Sandra abrió los ojos.

  —?Carlos, espera, yo no—!

  Demasiado tarde.

  Carlos se movió.

  No corrió.

  Explotó.

  En una fracción de segundo la agarró del brazo y la arrastró violentamente contra la pared del edificio justo cuando—

  CRACK

  Un disparo atravesó el aire donde había estado su cabeza.

  El impacto hizo saltar trozos de hormigón.

  Sandra gritó.

  Carlos la soltó de inmediato, retrocediendo dos pasos mientras su mano sacaba la pistola con un movimiento automático.

  Su mirada ya no estaba en ella.

  Estaba en los tejados.

  En las sombras.

  En los ángulos de tiro.

  —Sabía que no vendrías sola —dijo con voz baja.

  Sandra estaba temblando.

  —?No lo sabía! ?Te lo juro!

  Otro láser apareció.

  Luego otro.

  Tres.

  Carlos sonrió.

  Pero no era una sonrisa humana.

  —Shion tenía razón.

  Su mirada volvió a Sandra por un instante.

  Fría.

  Herida.

  Definitiva.

  —Nunca aprendes.

  Entonces se giró hacia la oscuridad y levantó el arma.

  El primer disparo de Carlos rompió la noche antes de que los francotiradores pudieran hacerlo.

  La bala impactó en el tejado del edificio de enfrente. Un grito ahogado se oyó desde arriba. Un cuerpo cayó, rodando por el borde y estrellándose contra el asfalto con un golpe húmedo.

  Sandra se quedó congelada contra la pared, el brazo aún dolorido por el agarre de Carlos.

  él ya no la miraba.

  Se movía como una máquina.

  Segundo disparo.

  Un francotirador en la ventana del tercer piso se desplomó hacia atrás, desapareciendo en la oscuridad.

  Tercer disparo.

  El láser rojo que apuntaba al pecho de Carlos se apagó de golpe. Un cuerpo cayó desde el tejado de un edificio adyacente.

  Sandra sintió náuseas.

  —Carlos… para…

  él no la escuchó.

  O no quiso escucharla.

  Se giró hacia la calle trasera.

  Un cuarto láser apareció en la frente de Sandra.

  Carlos lo vio.

  En un movimiento que Sandra no pudo seguir, la empujó al suelo y disparó hacia la esquina de la calle.

  El láser se apagó.

  Un grito lejano.

  Silencio.

  Solo la lluvia.

  Y la respiración pesada de Carlos.

  Se quedó de pie un segundo, el arma aún humeante, los ojos recorriendo la calle en busca de más amenazas.

  Luego bajó el arma.

  Miró a Sandra, que seguía en el suelo, empapada, temblando.

  Sus ojos se encontraron.

  Por un segundo —solo uno— algo parecido a dolor cruzó su rostro.

  Luego desapareció.

  —Vete —dijo.

  Sandra se levantó despacio, con las piernas débiles.

  —No…

  —Vete —repitió él, esta vez con más fuerza—. La próxima vez no te empujaré.

  Sandra dio un paso hacia él.

  —Carlos, por favor…

  él levantó el arma.

  No hacia ella.

  Hacia el cielo.

  Un disparo al aire.

  La detonación resonó en la calle vacía.

  Sandra se detuvo.

  Carlos la miró una última vez.

  Luego se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad.

  Sandra se quedó sola bajo la lluvia.

  Temblando.

  Llorando.

  Y por primera vez en doce meses, entendió que quizás Angélica tenía razón.

  Quizás ya no había nada que salvar.

  La lluvia no cesaba.

  Y en algún lugar de la ciudad, Carlos seguía caminando.

  Hacia Angélica.

  Hacia el final.

  Hacia lo que fuera que quedara después de todo esto.

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