La noche envolvía la aldea en su manto de quietud, después de que las chicas se hubieran marchado a sus caba?as y Suri se quedara dormida abrazada a su tablita de madera en su caba?a. Erik fue llamado al círculo de las mayores. El fuego central crepitaba suavemente, pintando de sombras danzantes los rostros sabios de Alisha, Jerut y Jaia. En el aire flotaba esa solemnidad especial que precedía a las conversaciones importantes.
Alisha comenzó con su voz serena que parecía fundirse con el murmullo del viento nocturno:
—Erik, Suri llegó a nosotras como un regalo del bosque prohibido. Ayla la encontró cerca del valle, —Hizo una pausa, sus ojos reflejando el fuego—. Estaba envuelta en telas de un material que ninguna de nosotras reconoció, tan suave como la nueva ropa que ayudaste a Lera a hacer o incluso mas, y más resistente que el cuero curtido.
Jerut a?adió, con su tono directo pero no exento de cari?o:
—Lo más extra?o era que no mostraba se?ales de abandono. Estaba limpia, alimentada, como si alguien la hubiera dejado allí cuidadosamente. Pero Ayla nos dijo que no había rastro de nadie más en la redonda.
Fue Jaia quien, con su mirada penetrante que siempre parecía ver más allá de lo evidente, llevó la conversación al presente:
—Y ahora vemos cómo su mente absorbe todo lo que le ense?as, Erik. Aprende en días lo que a otras les tomaría lunas enteras. Es como si su cerebro estuviera dise?ado para el conocimiento.
Erik asintió lentamente, sintiendo el peso de sus palabras. Tomó un sorbo de la infusión caliente que Alisha le había ofrecido antes de compartir:
—En mi mundo, llamábamos a eso diversidad genética. —Vio la curiosidad en sus rostros y explicó—: Es la herencia que llevamos en la sangre, que determina nuestro aspecto y a veces nuestras habilidades. Suri probablemente sus verdaderos padres eran muy inteligentes que valoraban el conocimiento y la memoria.
Las tres intercambiaron miradas significativas. Alisha murmuró:
—Siempre supimos que era especial, pero no comprendíamos la profundidad de su naturaleza diferente.
—Su cabello dorado como el sol del amanecer —musitó Jerut—, sus ojos del color del cielo despejado... son se?ales de un origen que trasciende nuestro entendimiento.
Erik observó las chispas que ascendían hacia el cielo estrellado antes de responder:
—Donde yo crecí, estas diferencias eran comunes. Pero aquí... aquí Suri es única. Y su capacidad de aprendizaje sugiere que su mente está adaptada para preservar y transmitir conocimiento.
Las tres mayores lo miraron con un asombro genuino.
—?Tanta diversidad? —preguntó Alisha, con voz suave—. Aquí jamás vimos tal cosa.
Erik sonrió apenas.
—Por eso, cuando vi a Suri, no me sorprendió tanto. Para ustedes puede ser extra?o… para mí, es como ver un pedacito de mi hogar en este lugar.
Jaia se inclinó hacia adelante, y el fuego iluminó las arrugas que contaban historias de décadas de sabiduría:
—El antiguo proverbio dice que cuando el mundo necesita un cambio, el universo envía un alma diferente. Primero llegó Suri, con su aspecto extraordinario y su mente brillante. Luego tú, Erik, con conocimientos de otro mundo. —Su voz adquirió un tono profético—. No creo que sea coincidencia que ahora estéis los dos aquí, en nuestra humilde aldea.
Erik sintió un escalofrío que no provenía del frío nocturno. Las palabras de Jaia resonaban con una verdad que había estado evitando contemplar.
Al despedirse y caminar de regreso a su caba?a, la aldea dormida parecía contener la respiración. Las estrellas titilaban con intensidad inusual, como si fueran los ojos de un destino que apenas comenzaba a revelarse. Al pasar frente a la caba?a donde Suri dormía, Erik se detuvo un momento, imaginando a la ni?a abrazada a su tablita con las letras recién aprendidas.
Una comprensión nueva se abría paso en su conciencia: quizás él no había llegado a este mundo por accidente. Y Suri, con su mente extraordinaria y su origen misterioso, era la clave de un futuro que ni siquiera las mayores podían vislumbrar por completo.
El viento nocturno susurró entre los árboles, llevándose consigo las últimas dudas de Erik mientras cruzaba el umbral de su caba?a. Afuera, en la oscuridad, el mundo esperaba en silencio el amanecer de una nueva era.
La caba?a estaba en penumbras, solo iluminada por el titilar tenue de una vela de resina que proyectaba sombras danzantes en las paredes de madera. Erik acababa de terminar su lavado nocturno, y el agua fresca aún perlaba su piel. Esa noche, por decisión conjunta de las chicas, estaría solo. Un acuerdo tácito entre ellas para mantener el equilibrio en esa peculiar familia que se había formado, ellas tendrían sus días para ellas al igual que Erik tendría sus noches para él.
Al dejarse caer sobre el colchón de lana, el silencio le golpeó con una intensidad casi física. No era el silencio vacío de quien está completamente solo, sino el silencio elocuente de quien extra?a presencias familiares. Donde normalmente habría calor compartido, ahora solo había espacio frío. Donde su oído estaba acostumbrado a respirar acompasada, ahora solo escuchaba el latido de su propio corazón.
Se giró boca arriba, clavando la mirada en las vigas del techo donde se acumulaban sombras movedizas. Y como siempre que tenía un momento de quietud, su mente volvió a Suri.
—"En el bosque prohibido...", —repitió mentalmente las palabras de las mayores. —"Una bebé, completamente sola, en el lugar más peligroso que conocen."
Su ce?o se frunció mientras trataba de reconstruir mentalmente la geografía que le habían descrito. El bosque prohibido no era un simple parche de vegetación espesa; era un territorio que abecés casi le costo la vida cuando apenas llego, lleno de raíces traicioneras, animales territoriales, frutas venenosas.
—"?Cómo sobrevivió una bebe tan frágil en un lugar así? ?Quién la dejó allí? ?O... quién la llevó?"
El nudo en su pecho se apretó. Las posibilidades se sucedían en su mente, cada una más inquietante que la anterior. ?Había sido abandonada por alguien que no podía cuidarla? ?O quizás había sido colocada allí deliberadamente, sabiendo que sería encontrada?
Se volvió de lado, enterrando la frente en el brazo flexionado. El aroma a lana limpia le llegó a la nariz, pero no logró calmarlo.
—"Ayla...", pensó, y el nombre resonó en su interior con un eco de misterio. La mujer que todas las chicas llamaban Mama con una mezcla de reverencia y cari?o. La única que había estado allí, que había sostenido a esa bebé de ojos celestes y cabello como hebras de luz. La única que conocía la verdad.
—"?Qué secretos te llevaste, se?ora Ayla?", musitó en voz tan baja que apenas alteró el silencio. "?Qué viste realmente aquel día? ?Por qué una sonrisa tan dulce escondía tanto silencio?"
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era el frío lo que lo provocaba, sino la certeza de que algunas respuestas yacían enterradas con esa mujer, y que quizás era mejor que así fuera.
Sacudiendo la cabeza como para alejar esos pensamientos, se levantó y se acercó a la mesa de trabajo. La luz dorada de la vela iluminó los trozos de madera que había estado guardando en secreto. Tomó su cuchillo, sintiendo el familiar peso del mango en su palma.
Mientras las virutas comenzaban a caer en espirales aromáticas, su mente encontró por fin cierta paz. Cada tallado era una letra, un nombre, una identidad que él ayudaba a preservar. Al pensar en cómo brillaban los ojos de las chicas al descubrir la escritura, y descubrir como serian sus nombres escritos, una sonrisa suave asomó en sus labios.
—"Quizás esto se parezca a lo que en mi mundo llamábamos cumplea?os", reflexionó, pasando los dedos por las ranuras recién talladas. "El día que celebraba que alguien había llegado al mundo."
Se detuvo, contemplando la pieza casi terminada. Suri, con su memoria prodigiosa, seguramente recordaría si existía algún día especial para cada una. Alguna fecha que pudiera servir como ancla para estos regalos que preparaba en secreto.
Al apagar finalmente la vela y tenderse en la oscuridad, Erik sintió que el silencio ya no pesaba tanto. Entre el misterio del pasado de Suri y la promesa de futuras sonrisas, había encontrado un equilibrio. Las preguntas sobre Ayla y los secretos que se llevó a la tumba podrían esperar. Por ahora, lo importante era tejer nuevos recuerdos, crear nuevas tradiciones.
Y con ese pensamiento, el sue?o lo envolvió suavemente, mientras en la mesa de trabajo los nombres tallados de las chicas en sus regalos esperaban en la oscuridad, como promesas de días más felices por venir.
El amanecer ba?aba la aldea en una luz dorada cuando Erik emergió de su caba?a. El aire fresco de la ma?ana llevaba el aroma de frutas recién cortadas y el murmullo familiar de las voces femeninas alrededor del desayuno.
Al acercarse, fue recibido con esa coreografía de afecto que se había vuelto cotidiana. Lera le ofreció sus labios con serenidad, Mika con picardía juguetona, Hada con ternura contenida, Arlea con timidez creciente, y Becca con esa mezcla de nerviosismo y determinación que la caracterizaba. Cada beso, breve pero significativo, era un recordatorio silencioso de los lazos que se habían tejido entre ellos.
Al sentarse junto a Suri, encontró a la ni?a absorta en su tablilla, donde las letras comenzaban a formar palabras cada vez más complejas. Los trazos eran aún torpes, pero revelaban una dedicación que conmovía a Erik.
Inclinándose como si fuera a recoger algo del suelo, Erik murmuró solo para los oídos de Suri:
—Peque?a, ?recuerdas tu día especial?.
Suri lo miró con los ojos brillantes, entendiendo al instante de qué hablaba—. Sí, claro que lo recuerdo. —contestó con naturalidad.
—Me pregunto si las demás chicas también tienen su propio día… —a?adió Erik, fingiendo distraerse con la comida, como si fuera solo una curiosidad pasajera.
Suri miró hacia donde las chicas conversaban:
—Todas comparten el mismo día, menos Becca. El de ella es diferente, porque es la mayor.
El intercambio fue interrumpido por la sombra familiar de Jerut, que se había acercado en silencio.
—?Secretos en la mesa del desayuno? —dijo la gemela con voz cantarina—. Eso merece una investigación.
Jerut le hizo una se?a a Erik para que la siguiera hacia los arbustos de flores, donde el aroma floral enmascararía sus voces. Pero lo que no esperaban era que Suri, silenciosa como un cervatillo, se deslizara detrás de ellos.
—Anda, grandote, cuéntame —dijo Jerut con sus ojos brillantes de curiosidad—. ?Qué tramas con la peque?a?
Erik dudó solo un instante antes de confesar:
—Estoy preparando regalos para cada una de ellas. Quería dárselos en su día especial, pero no sabía cuándo era.
Una chispa de alegría maliciosa iluminó el rostro de Jerut.
—?Así que es eso! —exclamó en voz baja, apretándole el brazo con emoción—. Qué hombre más dulce eres. —Su expresión se volvió conspiratoria—. Escucha, el día especial de las muchachas no falta mucho para que llegue. Te avisare cuando este por llegar, mientras sigue preparando los regalos.
—?Yo puedo ayudar! —salió de entre los arbustos la voz emocionada de Suri, haciendo que ambos se sobresaltaran.
Jerut puso las manos en las caderas.
—?Peque?a! ?Escuchando conversaciones ajenas?
Suri sonrió sin arrepentimiento.
—Solo estaba... practicando mi sigilo. Como Erik me ense?ó para esconderme de las cosas malas —dijo con inocencia calculada.
La idea de incluir a la ni?a en la conspiración hizo sonreír a Erik.
—?Crees que pueda guardar el secreto?
Jerut soltó una risita ahogada.
—?Esa ni?a que memoriza todo lo que ve? Claro que sí. Además —a?adió con picardía—, le encanta hacer sorpresas.
Erik asintió, mentalmente calculando el tiempo que tendría para terminar los tallados.
—Pero —Jerut bajó aún más la voz—, tenemos que hacer esto bien. Suri puede ser nuestra cómplice. Ella puede distraer a las demás mientras tú preparas todo.
Mientras regresaban al grupo, Jerut le susurró unas últimas instrucciones:
—Yo me encargaré de que nadie entre a tu caba?a cuando no estés o hagas otras cosas. Tú sigue con sus regalos cuando tengas tiempo libre. Y Suri... —hizo un gesto hacia la ni?a, que los observaba con curiosidad—, ella nos ayudará a mantenerlas distraídas.
Erik intercambió una mirada cómplice con Jerut. La sorpresa del día especial de las chicas estaba en marcha, y con Suri como cómplice, tenían la garantía de que sería perfecta.
El sol de la tarde doraba el rostro de Erik mientras se concentraba en afilar su herramienta de tallado bajo el alero de su caba?a. El sonido rítmico de la piedra contra el metal creaba una melodía tranquila que se mezclaba con los cantos de los pájaros del atardecer.
De pronto, una sombra se interpuso suavemente a su luz. Becca estaba allí, con una canasta de frutas que balanceaba levemente en su mano, como si necesitara una excusa para acercarse.
—Pensé que podrías necesitar esto —dijo dejándola a un lado.
Erik sonrió, reconociendo el gesto por lo que realmente era: un anhelo de cercanía.
—Gracias, Becca. Siempre tan atenta conmigo —respondió, dejando a un lado la herramienta para dedicarle toda su atención.
Ella se sentó a su lado, sus dedos jugueteando nerviosos con el extremo de su trenza.
—Bueno… alguien tiene que vigilar que no te olvides de comer. Mika siempre anda encima tuyo, pero ahora también me toca a mí, ?no crees?
Las palabras salieron en un torrente, como si hubieran estado esperando demasiado tiempo para ser pronunciadas. Inmediatamente después, Becca se llevó las manos al rostro, ruborizada por su propia audacia.
Erik no dijo nada. En lugar de eso, se inclinó lentamente y capturó sus labios en un beso que sabía a frutas frescas y a promesas susurradas. Becca se quedó inmóvil por un instante, como un pajarito asustado, pero luego sus manos encontraron su rostro y respondió al beso con una intensidad que sorprendió a ambos.
Cuando se separaron, jadeantes, Becca murmuró contra sus labios:
—Creo que... me gusta demasiado hacer esto contigo.
Erik acarició su mejilla con los nudillos, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Fue entonces cuando Becca, con un atrevimiento recién descubierto, se inclinó y mordisqueó suavemente el cuello de Erik.
—?Becca! —rio él, sorprendido y divertido.
Ella se separó solo lo necesario para mirarlo con ojos brillantes de picardía.
—?Qué? Solo estaba... practicando. Ya sabes, para no quedarme atrás de las demás —dijo con una coquetería que Erik no le conocía.
él la atrajo hacia un abrazo cálido, apoyando su frente contra la de ella.
—No necesitas ser como nadie más —susurró—. Eres perfecta exactamente como eres.
Esas palabras parecieron derretir los últimos vestigios de timidez en Becca. Se acurrucó contra su pecho como si hubiera encontrado por fin su lugar en el mundo.
—Entonces... —murmuró contra su pecho— ?puedo quedarme contigo esta noche? Solo para dormir abrazados. No estoy lista para... ya sabes… más, pero quiero saber cómo se siente despertar a tu lado.
Erik le besó la coronilla, inhalando el aroma a hierbas silvestres de su cabello.
—Te esperaré el tiempo que necesites, Becca. Siempre.
Cuando Becca se levantó para retirarse, el sol comenzaba a te?ir el cielo de tonos violáceos. Se arregló el cabello con gesto consciente, pero su mirada había perdido la inseguridad de antes.
—Entonces... esta noche dormiremos juntos —anunció, con una mezcla de timidez y determinación que Erik encontraba adorable—. Solo para dormir, ?eh? Nada más... —a?adió con una sonrisa pícara que le robó el aliento.
él se acerco para besarla nuevamente, esta vez con una ternura que hizo que a Becca se le encogiera el corazón.
—Me honra que confíes en mí —susurró contra sus labios.
Becca sonrió, acariciando su mejilla con una ternura que prometía futuras complicidades.
—Y no te duermas sin mí —le advirtió con fingida severidad.
—Nunca —prometió Erik, capturando su mano para besársela.
Mientras Becca se alejaba hacia sus tareas, Erik se quedó observando su figura con una sonrisa que no podía contener. Esa noche, sabía, no sería solo acerca de dormir juntos, sino sobre construir una confianza que florecía con la paciencia y el cari?o. Y por la forma en que Becca volteó a mirarlo una última vez antes de desaparecer entre las caba?as, Erik supo que estaban creando algo hermoso, algo que valía la pena esperar.
El sol comenzaba a despedirse, ti?endo los cultivos de tonos anaranjados y dorados. Arlea estaba arrodillada entre las hileras de plantas, sus manos expertas acariciando la tierra con la devoción de quien sabe que la vida brota entre sus dedos. Erik se acercó con pasos silenciosos, observando cómo los últimos rayos de luz jugueteaban con los rizos sueltos de su cabello.
—Hola, jardinera —susurró, arrodillándose a su lado sin alterar la paz del momento.
Arlea alzó la vista, y una sonrisa inmediata iluminó su rostro manchado de tierra.
—Erik... —su voz sonó como el crujir de las hojas al viento—. Solo estaba terminando de preparar estas plantas para que crezcan fuertes.
él tomó sus manos, sintiendo la textura de la tierra que se mezclaba con la suavidad de su piel.
—Sabes que te esperaré, ?verdad? —dijo, sus ojos serios pero llenos de calidez—. Cuando quieras dormir a mi lado, solo tendrás que decirlo. No hay calendarios ni prisas en mi corazón para ti.
Arlea bajó la mirada, pero una sonrisa pícara asomó en sus labios.
—Aún no sé cuándo será ese día... pero sé que llegará. Solo... —hizo una pausa, buscando sus palabras— ten paciencia con esta jardinera que a veces se pone nerviosa ante las tormentas.
Erik acarició su mejilla, dejando un leve rastro de tierra en su piel.
—Esta noche Becca vendrá a dormir conmigo —confesó suavemente—, pero mi caba?a siempre tendrá un espacio esperándote a ti. Cuando estés lista, te recibiré con los brazos abiertos y el corazón tranquilo.
Arlea se levantó entonces y se lanzó a sus brazos con una fuerza que sorprendió a ambos. Erik sintió la curva suave de su cuerpo contra el suyo, la calidez de sus pechos generosos presionándose contra su pecho, el latido acelerado de su corazón que parecía querer escapar de su cuerpo.
—Te prometo que no tardaré mucho —susurró contra su cuello, su aliento caliente en su piel—. Pero quiero que sea perfecto.
él enterró su rostro en su cabello, inhalando el aroma a tierra mojada y hierbas silvestres que siempre la acompa?aba.
—Cada día contigo ya es perfecto, Arlea —murmuró—. Este abrazo, tu sonrisa, la manera en que cuidas la vida... todo en ti me dice que valdrá la pena esperar.
Cuando se separaron, Arlea tenía lágrimas brillando en sus ojos, pero eran lágrimas de felicidad.
—Eres demasiado bueno conmigo —susurró, limpiándose una mancha de tierra de su nariz con el dorso de la mano.
—Solo quiero verte feliz —respondió Erik, capturando esa misma mano para besarla—. A tu propio ritmo, en tu propio tiempo.
Mientras Arlea recogía sus herramientas, Erik la observó alejarse hacia los cantaros de agua. Justo antes de desaparecer detrás del cobertizo, ella se volteó y le lanzó un gui?o que prometía futuras complicidades.
Erik se quedó allí, con el aroma de Arlea aún impregnado en su ropa y la promesa de sus palabras resonando en su corazón. Esa noche compartiría su cama con Becca, pero su alma guardaba ya un espacio especial para la jardinera de manos tierra y corazón de primavera, esperando el día en que finalmente floreciera en sus brazos.
Mientras tanto, en la aldea, Mika, Lera y Hada empezaban a notar que Becca y Arlea estaban más abiertas y confiadas, y entre ellas comentaban lo que cada una había compartido con Erik. Lera ya había pasado unas noches íntimas con él, como Mika, y esto hacía que ellas empezaran a sentirse más libres para expresarse, entre risas y complicidad, sin ningún secreto que ocultar.
La fogata crepitaba suavemente, pintando de destellos anaranjados los rostros sonrientes del grupo. Entre bromas y relatos del día, se respiraba una complicidad nueva, más libre, como si un velo de timidez se hubiera levantado entre las chicas. Mika, Lera y Hada intercambiaban miradas cómplices, observando cómo Becca y Arlea participaban con una confianza renovada.
Becca, con las mejillas sonrojadas por el calor del fuego y la emoción, dejó su cuenco de frutas y se puso de pie. Todos los ojos se volvieron hacia ella, expectantes.
—Erik… —comenzó, jugueteando nerviosamente con su trenza —. Creo que ya es hora de… ir a descansar juntos. Como hablamos.
Erik se levantó con una sonrisa que iluminó su rostro más que las llamas.
—Será un honor, Becca.
Mika no pudo contenerse y lanzó un comentario pícaro:
—?Que no todo sea dormir, eh! Recuerda lo que te conté sobre… bueno, ya sabes.
Lera a?adió con su sonrisa serena:
—La primera... noche es especial, pero no tengas miedo de disfrutarla.
Hada, siempre juguetona, hizo un ademán exagerado de abrazos:
—?Y no te duermas de espaldas! Que abrazados se siente mejor el calor.
Becca enterró su rostro en sus manos, pero entre sus dedos se veía una sonrisa amplia y emocionada.
—?Ustedes son terribles! —protestó, pero su voz sonaba más alegre que avergonzada.
Erik tomó su mano con suavidad y murmuró solo para ella:
—No les hagas caso. Esta noche será como tú quieras que sea.
Mientras se alejaban hacia la caba?a, las risas y buenos deseos los seguían:
—?Que duerman… poco! —gritó Mika entre carcajadas.
—?Usa esa técnica que te ense?é! —a?adió Lera con voz cantarina.
Al cruzar el umbral de la caba?a, Becca apoyó la espalda contra la pared, exhalando profundamente. Su corazón latía como un pájaro enjaulado.
—?Estás bien? —preguntó Erik, bajando suavemente la cortina de cuero que servía de puerta.
—Sí, es solo que… —tragó saliva— nunca me había sentido tan observada.
él se acercó y tomó sus manos, que temblaban levemente.
—Podemos empezar despacio. ?Quieres que encendamos una vela?
Becca asintió, y la tenue luz de resina iluminó el espacio íntimo. Siguiendo el consejo de las demás, propuso tímidamente:
—?Quieres que… nos lavemos juntos? Las otras dijeron que… es agradable.
Erik notó cómo sus propias manos sudaban ligeramente. Por más experiencias que hubiera tenido, cada primera vez con una de ellas era única y especial.
—Me encantaría —respondió, su voz un poco más grave de lo usual.
Comenzaron a desvestirse con movimientos delicados. Erik se quedó en ropa interior, notando cómo Becca lo miraba de reojo. Cuando ella se quitó su ropa, quedando igual que erik y revelando sus senos algo pálidos que brillaban a la luz de la vela. Su cabello caía en ondas sobre sus hombros y la espalda, se había soltado su trenza y aunque estaba algo nerviosa, sostuvo la mirada de Erik, ambos contuvieron la respiración.
—Becca —murmuró Erik—. Eres increíblemente hermosa.
Becca bajó la mirada hacia su propio cuerpo, luego hacia el de él, y una sonrisa tímida floreció en sus labios.
—Gracias, Tú también… .
En la zona de lavado, el ritual se desarrolló con una ternura que disipó los nervios iniciales. Erik mojó un pa?o y lo pasó por la espalda de Becca, sintiendo cómo ella se estremecía bajo su toque.
—Tu piel es tan suave —susurró, trazando círculos lentos sobre sus hombros.
Becca tomó otro pa?o y repitió el gesto en su pecho, sus dedos explorando tímidamente los contornos musculares.
—Es raro… —confesó en voz baja— pensé que estaría más nerviosa, pero contigo me siento… segura.
Al terminar, se miraron directamente casi desnudos y algo húmedos, y por primera vez no hubo vergüenza en sus miradas, solo admiración mutua.
En la cama, Becca se acurrucó contra el pecho de Erik, sintiendo la firmeza de sus brazos alrededor de su cuerpo.
—?Crees que… algún día estaré lista para más? —preguntó, su voz somnolienta.
Erik le besó la coronilla, inhalando su fragancia a hierbas y agua fresca.
—No importa cuándo. Lo que importa es que sea cuando tú lo sientas. Yo estaré aquí.
Becca sonrió, sintiendo cómo el sue?o la envolvía. Antes de rendirse al descanso, murmuró casi inaudible:
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—Las chicas tenían razón… esto es mucho mejor que dormir sola.
Afuera, bajo el manto estrellado, las demás chicas seguían alrededor del fuego, pero sus conversaciones ahora eran susurros respetuosos.
—Creo que esta noche Becca da un paso importante —comentó Lera con una sonrisa.
Mika asintió, jugueteando con una ramita en llamas.
—Erik es paciente con ella. Eso es bueno.
En la caba?a, abrazados como dos piezas que por fin encajan, Erik y Becca dormían profundamente. Sus respiraciones se sincronizaban, sus sue?os se entrelazaban, y en ese abrazo inocente pero lleno de promesas, ambos encontraban algo que ni el más sabio de los ancianos podría haberles ense?ado: la paz que solo viene de sentirse amado y aceptado exactamente como uno es, un abrazo que prometía ser el primero de muchos.
La ma?ana se anunciaba con suaves hilos dorados que se filtraban por las rendijas de la caba?a, iluminando el lecho donde Erik y Becca seguían entrelazados. Erik despertó primero, a una hora que ya era su costumbre, pero esta vez se permitió permanecer inmóvil, saboreando la rara dicha de tener a Becca durmiendo plácidamente en sus brazos.
Su brazo derecho rodeaba su cintura, y el brazo izquierdo estaba debajo de sus senos, sintiendo el suave ritmo de su respiración. Becca dormía de lado, pegada contra él, y cada exhalación suya acariciaba su piel con un calor que le erizaba el vello de los brazos. Erik sonrió al notar cómo sus pechos, generosos y firmes, no tan generosos como los de Arlea, se hundían levemente contra su brazo con cada movimiento.
Mientras contemplaba el perfil sereno de Becca a la luz tenue, los primeros ruidos matutinos comenzaron a filtrarse desde fuera: el canto lejano de los pájaros, el murmullo del arroyo, los pasos suaves de alguien que recogía le?a. Pero fueron otros sonidos, más cercanos, los que captaron su atención: susurros ahogados y pisadas furtivas que se acercaban a la entrada de la caba?a.
Antes de que pudiera reaccionar, la cortina de cuero que servía de puerta se movió ligeramente, revelando dos pares de ojos curiosos que brillaban en la penumbra. Mika apareció primero, con su sonrisa pícara ya dibujada, seguida por Lera, quien intentaba sin éxito contener la risa.
—?Buenos días, so?adores! —susurró Mika en voz baja pero cargada de malicia—. ?Pasaron una noche reparadora o... demasiado entretenida?
Lera se mordió el labio, sus ojos recorriendo la escena con divertida complicidad.
—Parece que nuestro Erik encontró la almohada perfecta —comentó con dulzura pícara—. ?No te da calor, Becca, con ese abrazo tan... ajustado?
Becca comenzó a despertar, murmurando algo ininteligible mientras se frotaba los ojos. Al notar las presencias en la entrada, se incorporó bruscamente, llevándose instintivamente las manos a las caderas.
—?Mika! ?Lera! —exclamó, con una mezcla de sorpresa y vergüenza—. ?Qué hacen aquí a esta hora?
Mika entró sin ceremonia, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción.
—Solo veníamos a ver si nuestro valiente cazador había sobrevivido a la noche —dijo, gui?ándole un ojo a Erik.
Lera se acercó al borde de la cama, examinando a Becca con expresión burlonamente maternal.
—Y tú, querida, tienes esa mirada de quien durmió profundamente... aunque quizás no todo el tiempo —agregó, haciendo un gesto sugerente con las cejas.
Erik, que había permanecido callado durante el intercambio, no pudo evitar reírse ante la situación. Tomó la mano de Becca y la apretó suavemente.
—Creo que estamos siendo evaluados —murmuró para ella.
Becca, aunque todavía ruborizada, comenzó a relajarse. Una sonrisa tímida asomó en sus labios.
—Ustedes son insufribles —dijo, sacudiendo la cabeza—. ?No tienen cosas que hacer o hierbas que recolectar?
—Oh, pero esto es mucho más divertido —respondió Mika, acercándose para examinar la caba?a con exagerada curiosidad—. Además, teníamos que asegurarnos de que a Erik no le dejaras las mantas para que se tape. Eres una acaparadora conocida.
Lera asintió con solemnidad fingida.
—Es cierto. La vez que dormí contigo hace tiempo, me dejabas sin mantas toda la noche —confirmó, aunque sus ojos bailaban de diversión.
Becca lanzó una almohada en su dirección, que Lera esquivó con una risa cristalina.
—?Fuera de aquí! —protestó Becca, aunque sin verdadera fuerza en sus palabras.
Mika hizo una reverencia exagerada mientras retrocedía hacia la entrada.
—Como ordene, se?ora —dijo—. Pero esperamos todos los detalles en el desayuno. ?Todos!
Antes de desaparecer, Lera lanzó una mirada significativa hacia la ropa dispersa por el suelo.
—Y vístanse rápido —a?adió—. El agua para el ba?o ya está caliente, y Hada prometió guardarles las mejores frutas.
Cuando por fin se quedaron solos, Becca se dejó caer contra las almohadas con un suspiro entre exasperado y divertido.
—Nunca cambiarán —murmuró, volviéndose hacia Erik—. ?Crees que alguna vez nos dejarán tener un momento para nosotros?
él se inclinó para besarla suavemente en los labios.
—Lo dudo —respondió con una sonrisa—. Pero en el fondo, me gusta que se preocupen tanto por nosotros.
Cuando las intrusas se retiraron entre risas, Becca emergió completamente de las cobijas con un suspiro entre exasperado y divertido. Se sentó al borde de la cama, y su cabello largo y rebelde después de la noche, cayó en ondas desordenadas sobre sus hombros y espalda.
Erik la observó mientras ella comenzaba a separar mechones con movimientos expertos. Sus dedos ágiles tejían el cabello en un ritual que hipnotizaba: dividía en tres secciones, cruzaba la derecha sobre la central, luego la izquierda, una y otra vez, en un movimiento fluido que hablaba de a?os de práctica.
—Siempre me ha fascinado cómo haces eso —murmuró Erik, apoyándose en un codo para verla mejor.
Becca lanzó una mirada divertida sobre su hombro sin interrumpir su tarea.
—Es solo una trenza, Erik. Todas sabemos hacernos una.
—Pero no todas lo hacen con esa gracia —respondió él con sinceridad—. Tienes las manos de artista.
Mientras hablaban, Becca continuaba su trabajo. Al llegar al final, tomó una tira de cuero gastada que siempre guardaba bajo la almohada y ató la punta con un nudo perfecto. La trenza quedó firme y ordenada, cayendo sobre su hombro como una serpiente.
—Lista —anunció, sacudiendo ligeramente la cabeza para acomodarla—. Ahora sí puedo enfrentar el día.
Erik se acercó y tomó el extremo de la trenza entre sus dedos, acariciándolo con ternura.
—Es perfecta, como todo en ti —murmuró, besando suavemente la punta.
Becca se sonrojó, pero esta vez no bajó la mirada. En cambio, se volvió y le tomó el rostro entre sus manos.
—Eres tan dulce —susurró antes de darle un beso suave.
Mientras Erik comenzaba a vestirse con cierta timidez aún, Becca se movía con una naturalidad que lo conmovía. Se puso su sostén y su blusa y la ajustó sin la menor afectación, como si estar frente a él desnuda fuera lo más normal del mundo.
—Todavía te veo incómodo —observó ella, acercándose—. Después de todo este tiempo, ?sigues avergonzándote?
él se encogió de hombros con una sonrisa tímida.
—Algunos hábitos son difíciles de perder. Donde crecí, la modestia era... diferente.
Becca lo tomó de las manos, mirándolo directamente a los ojos.
—Aquí con nosotras puedes ser tú mismo, mas libre, Erik. Totalmente.
Se acerco y le dio un beso suave que sabía a sue?os compartidos y promesas de nuevas ma?anas. Cuando se separaron, Erik sintió que algo se asentaba en su interior, una paz que nunca había conocido en su mundo anterior.
—Ven —dijo Becca, tomando su mano—. El desayuno nos espera, y estoy segura de que las otras estarán ansiosas por... interrogarnos.
Erik rió, permitiendo que lo guiara fuera de la caba?a. El sol de la ma?ana los recibió con su abrazo cálido, y el murmullo de la aldea despertando sonó como una canción que por fin comenzaba a entender. Mientras caminaban hacia el área común, sintió la mano de Becca en la suya no como un gesto de posesión, sino como un recordatorio silencioso de que había encontrado un lugar donde pertenecer.
El aroma dulce de frutas maduras y raíces horneadas impregnaba el aire matutino cuando Erik y Becca aparecieron abrazados por las cinturas en el área común. La escena era pintoresca: bajo la sombra del gran árbol central, las mujeres se movían alrededor de la mesa de piedra y madera como abejas en una colmena feliz.
Apenas los vieron, una ola de sonrisas cómplices los recibió. Hada fue la primera en hablar, con esa chispa en los ojos que siempre anunciaba travesura:
—?Por fin! Ya empezábamos a pensar que se habían quedado enredados en las mantas —dijo, y su comentario provocó un coro de risas entre las presentes.
Mika, con su tono siempre sereno pero cargado de picardía, a?adió:
—Deben haber encontrado algo muy interesante para demorarse tanto. ?Acaso había que cazar algo más que sue?os?
Lera soltó una carcajada tan contagiosa que hasta Jerut, quien intentaba mantener su compostura de mayor, dejó escapar una risa ahogada que terminó en un ataque de tos.
Becca intentó defenderse, aunque sus mejillas delataban su vergüenza:
—?Solo dormimos, nada mas! No inventen cosas...
—?Claro, claro! —intervino Mika.
Las carcajadas estallaron con fuerza esta vez. Hada se sostenía el vientre, mientras Lera se secaba lágrimas de risa con el dorso de la mano.
En medio del jolgorio, Suri se acercó corriendo y se aferró al brazo de Erik con su habitual inocencia:
—Hermano, ?de verdad te gusto dormir junto a Becca? —preguntó con genuina curiosidad.
Erik acarició su cabeza con ternura:
—Sí, peque?a. Es muy agradable dormir acompa?ado.
La pureza de la pregunta de Suri calmó momentáneamente las risas, pero Mika no podía resistir la tentación:
—Oh, sí, es muy "agradable" —repitió con entonación sugerente, haciendo que las carcajadas renacieran con más fuerza.
Mientras tanto, Arlea observaba en silencio, comiendo despacio. Una leve sonrisa se dibujaba en su rostro, pero sus ojos tenían un brillo distinto: mezcla de alegría por Becca y una tímida ansiedad por pensar cuándo sería ella quien compartiría una noche así con Erik.
—Entonces, Becca —intervino Jerut, con un tono juguetón—, ?Qué tal fue dormir abrazada al único hombre de la aldea?
Becca, todavía roja, se limitó a sonreír con torpeza y murmuró:
—Fue... bonito. Muy bonito.
Mika, Hada y Lera la aplaudieron entre risas, mientras Erik solo podía reírse y negar con la cabeza, resignado a que sus “esposas” jamás dejarían de bromear.
El aire matutino llevaba aún los ecos de las risas juveniles cuando las mayores se quedaron observando la escena con miradas cargadas de nostalgia y afecto. Jerut, con esa chispa que nunca la abandonaba, se inclinó hacia sus hermanas con un susurro pícaro:
—Miren a nuestra Becca, colorada como amapola. Me trae recuerdos... yo también me ponía así cada ma?ana después de pasar la noche con mi amado. ?Dios, cómo extra?o despertar junto a un hombre calentito!
Alisha sonrió entre suave y melancólica, sus dedos acariciando el borde de su cuenco de madera.
—Mi querido siempre me abrazaba por detrás, tan protector... como si el mundo entero pudiera esperar. Me alegra que nuestras ni?as conozcan esa sensación.
Jaia cerró los ojos, y por un momento pareció transportarse décadas atrás.
—Dormir entre brazos amados no es solo compartir calor... es como si las almas se tejieran en sue?os. Mis noches con él, eran así. Ver a Erik con ellas... me llena el corazón.
Jerut soltó una risita baja y juguetona.
—Y no voy a negarlo... a veces me dan ganas de robarle una noche al muchacho. —Con miradas de sorpresa de sus hermanas —?Una mujer, aunque algo mayor también tiene sus necesidades!.
Las tres rieron con esa complicidad que solo dan los a?os compartidos, sus miradas posándose en Erik, quien en ese momento ayudaba a Suri a partir una fruta.
Alisha suspiró con ternura.
—Lo mejor es cómo las respeta y cuida. Mi amado era bueno, pero nunca tuvo esa paciencia.
Jaia asintió lentamente.
—Que encuentren en él lo que nosotras tuvimos... y quizás un poco más. Eso sería nuestro legado más hermoso.
Jerut, con media sonrisa, a?adió:
—Y mientras tanto, ?seguiré disfrutando de cómo se sonroja cuando le recuerdo que él es el único hombre para las chicas!
Sus risas ancianas se mezclaron armoniosamente con las voces juveniles, creando una sinfonía generacional.
Cuando el grupo se dispersó, Erik se acercó a las mayores con respeto visible en sus gestos.
—Se?ora Jaia, se?ora Alisha y se?ora Jerut —comenzó, algo inseguro— quería decirles que... para mí ustedes son como unas madres.
Alisha extendió su mano algo arrugada para tomar la de él.
—Hijo, nosotras también te vemos como nuestro. Sangre no compartimos, pero el corazón no conoce de esas diferencias.
Jaia asintió con su serenidad característica.
—Eres tanto el hijo que nos llegó, como el esposo que eligieron nuestras muchachas. En nuestro corazón no hay conflicto, solo bendición.
Erik respiró hondo, emocionado.
—Les prometo que las protegeré y cuidare a todas. Mientras me queden fuerzas.
Su mirada bajó repentinamente, y un rubor inesperado le subió por el cuello.
—Aunque... debo confesar que me dio mucha vergüenza cuando me ayudaban a ba?arme esos primeros días... estando tan... viéndolo todo.
Jerut no pudo contenerse y soltó la carcajada que llevaba conteniendo.
—?Ay, muchacho! No vimos y tocamos nada que estas viejas manos y ojos no hubieran conocido antes —dijo con picardía— aunque debo admitir que hacía ya muchos a?os que no veía un hombre tan... bueno bien formado. ?Casi me dan ganas de ser varios a?os más joven!
Alisha y Jaia intercambiaron miradas entre exasperadas y divertidas, sacudiendo sus cabezas algo canosas ante los comentarios de su hermana menor. Erik se puso color escarlata, lo que solo aumentó la diversión de Jerut.
Fue Jaia quien, con su sabiduría habitual, suavizó el momento abriendo los brazos.
—Lo que sentimos por ti, hijo, es tan real como estos brazos que te abrazan. Prometes cuidarnos, y nosotras prometemos guiarte mientras tengamos aliento.
Erik, conmovido, se acerco y las abrazó a las tres. Fue un abrazo cálido, maternal, lleno de ternura. Alisha cerró los ojos y suspiró como si volviera a tener a su propio hijo en brazos.
Y ahí, en medio de tanta emoción, Jerut volvió a soltar su chispa:
—Bueno, bueno… pero que no se te haga costumbre abrazar a tres mujeres a la vez, ?eh? Que ya tienes suficientes jovencitas detrás de ti.
Las carcajadas que siguieron resonaron en toda la zona, atrayendo miradas curiosas de las chicas que trabajaban a lo lejos. Erik, aunque sonrojado, se unió a la risa, comprendiendo que en este lugar había encontrado algo más precioso que cualquier tesoro: un hogar donde era amado como hijo, respetado como hombre y valorado como compa?ero. Y supo, en ese momento, que nunca volvería a estar solo.
La brisa matutina acariciaba suavemente los cultivos, llevando consigo el aroma de tierra húmeda y hierbas frescas. Bajo la luz dorada del sol que ascendía, Erik después de despedirse de las mayores se acercó al rincón donde Suri y Arlea estaban inmersas en su lección. La escena tenía una cualidad pictórica: Suri, con su cabello como hebras de luz, se?alaba entusiasta los símbolos en la tablilla, mientras Arlea, con el ce?o fruncido en concentración, seguía cada movimiento con la intensidad de quien sabe que está enfrentando un desafío mayor de lo esperado.
—Mira, Arlea —decía Suri con esa paciencia que parecía más allá de sus a?os—, esta es la "l" y esta es "u" juntas, hacen "lu", y luego "na"... "luna". ?Ves? No es magia, es como seguir las huellas de un animal en el bosque.
Arlea mordisqueaba el extremo de su mechón de cabello, un hábito nervioso que Erik comenzaba a reconocer.
—Lo entiendo cuando me explicas, peque?a maestra, pero cuando intento sola, todas estas marcas se convierten en un montón de trazos que me olvido o confundo.
Erik se sentó junto a ellas, su sombra alargándose sobre los surcos de tierra.
—La profesora está siendo muy estricta hoy —comentó con una sonrisa que iluminó su rostro.
—?Erik! —exclamó Suri, sus ojos celestes brillando con orgullo—. Le estoy mostrando cómo las palabras pueden unirse como cuentas en un collar.
Arlea lanzó una mirada de exasperación cari?osa.
—Un collar que se me cae constantemente de las manos —refunfu?ó, aunque una sonrisa asomaba en sus labios.
Suri, en cambio, brillaba con entusiasmo.
—Ya puedo leer "árbol", "río" y "luna" y muchas mas sin equivocarme —anunció con orgullo, se?alando cada palabra en la tablilla.
Erik sonrió, sintiendo esa punzada de asombro que siempre le provocaba la rapidez de aprendizaje de la ni?a.
—Hoy vamos a intentar algo más ambicioso —anunció, tomando un nuevo trozo de carbón—. No solo palabras sueltas, sino cómo se unen para contar historias.
Con movimientos pausados, comenzó a escribir una frase simple. Cada trazo era deliberado, cada letra formada con la elegancia de quien recuerda con cari?o sus propias lecciones infantiles.
"El agua canta entre las piedras"
Suri siguió las letras con el dedo, su voz titubeante pero decidida:
—"El... a-gua... can-ta... en-tre... las... pie-dras." —Hizo una pausa y su rostro se iluminó—. ?Suena como poesía!
—Así es —asintió Erik—. Las palabras no solo nombran, también pintan. Y tú —a?adió, mirando a Suri— eres una artista con ellas.
La ni?a se infló de orgullo, enderezando su espalda menuda.
Erik continuó, introduciendo sonidos que evocaban su tierra natal. Al explicar la "?", su voz se suavizó con nostalgia.
—En mi región, este sonido era como el suspiro del viento entre los pinos —dijo, escribiendo "ni?a" con especial cuidado—. Mi abuela decía que era el sonido más complicado de aprender cuando no la conoces de nuestro idioma.
Arlea intentó reproducirlo, pero el sonido se atascó en su garganta. Una, dos, tres veces. Al cuarto intento fallido, sus hombros se hundieron.
—Es inútil —susurró, dejando caer el carbón—. Mis manos entienden el lenguaje de las plantas, no el de estos símbolos.
Suri, sentada a su lado, intentaba ayudarla con paciencia, pero la velocidad con que ella misma aprendía solo hacía más evidente la lucha de Arlea.
—No te rindas —decía la ni?a—. Mira, la "a" es como una semilla que brota, la "e" como un tallo que crece...
Pero Arlea negó con la cabeza, y Erik vio cómo sus ojos se humedecían. Sin pensarlo dos veces, tomó sus manos entre las suyas, aquellas manos fuertes y callosas que tantas veces habían hecho florecer la vida en la tierra.
—Escúchame, Arlea —murmuró Erik, su voz tan suave como la brisa que mecía los cultivos—. ?Ves estas manos? Ellas saben leer la tierra mejor que cualquiera. Conocen el secreto de las semillas, el ritmo del cultuvo... —Su pulgar acarició los callos de sus palmas—. Esto es sabiduría, Arlea. La verdadera sabiduría.
Arlea bajó la mirada, pero Erik le levantó el rostro con delicadeza.
—Mi abuelo me decía que el conocimiento viene en muchos lenguajes —continuó—. El de las letras es solo uno. Tú hablas el idioma de la tierra, y es tan valioso como cualquier otro.
Sus palabras eran un bálsamo, pero fue su mirada, llena de genuina admiración, lo que comenzó a disipar la nube de duda en Arlea. Erik se inclinó y besó su frente con una ternura que hizo estremecer a la joven.
—Cada letra que aprendes es una victoria —susurró contra su piel—. Y yo estaré aquí para celebrar cada una de ellas.
El beso en los labios que siguió fue lento, profundo, un lenguaje sin palabras que decía todo lo que Arlea necesitaba escuchar. Sus manos encontraron el rostro de Erik, y por un momento, el mundo se redujo a ese contacto, a esa comprensión mutua.
Fue entonces cuando Suri, que había estado observando en silencio, sintió un dolor agudo en el pecho. No era el cari?o fraternal que Erik siempre le daba a ella, sino algo más intenso, más... adulto. Un fuego desconocido le ardía en el vientre mientras veía cómo las manos de Erik acariciaban la espalda de Arlea, cómo sus cuerpos se buscaban en ese abrazo.
—Tengo que... ir a ayudar a Lera —mintió la ni?a, levantándose bruscamente.
Pero antes de irse, se acercó a Erik y le dio un beso rápido en la mejilla, un gesto que pretendía ser casual pero que tenía la urgencia de quien reclama atención.
—Nos vemos luego, hermano —dijo, y su voz sonó más cortante de lo que pretendía.
Cuando Suri se alejó, Arlea suspiró contra el hombro de Erik.
—Tu peque?a sombra no está contenta con nosotros.
Erik miró hacia donde Suri había desaparecido entre los cultivos, su expresión una mezcla de afecto y preocupación.
—Está creciendo —murmuró—. Y a veces, crecer duele. Todavía la veo como aquella ni?a que salve, pero ella... —hizo una pausa, buscando las palabras— ella comienza a verse de otra manera.
Arlea asintió comprensiva.
—Quiere ser vista como mujer, no como una ni?a. Es un camino difícil.
Erik volvió su atención a Arlea, acariciándole el cabello.
—Como el tuyo al aprender estas letras —dijo con una sonrisa—. Todos tenemos nuestros desafíos. Lo importante es no rendirse.
Tomó la tablilla y el carbón, y guió la mano de Arlea para formar una nueva palabra: "perseverancia".
—Esta palabra —explicó— significa seguir intentando cuando todo parece difícil. Y es tan hermosa como tú.
Arlea sonrió, esta vez con genuina esperanza, y apoyó su cabeza en el hombro de Erik mientras el sol continuaba su ascenso, iluminando no solo los cultivos, sino también el complicado jardín de los corazones humanos, donde cada alma buscaba su lugar bajo el mismo cielo.
El sol de media ma?ana ba?aba los cultivos con su luz dorada, haciendo brillar las gotas de rocío que aún perlaban las hojas. Después de la repentina huida de Suri, Erik y Arlea empezaron a trabajar en sincronía perfecta entre los surcos, moviéndose con la armonía de quienes han aprendido a leer el lenguaje silencioso de la tierra.
Arlea, con sus rodillas hundidas en la tierra fértil, extraía raíces con movimientos expertos mientras murmuraba las palabras que Erik había trazado en la tierra húmeda:
—"Sie...mbra"... "cre...ci...mien...to"... —Cada sílaba salía titubeante de sus labios, como brotes rompiendo la corteza terrestre.
Erik observaba su progreso con orgullo visible.
—Casi perfecto —susurró, acercándose para dejar un beso suave en su frente sudorosa—. Tu perseverancia es tan admirable como tu jardín.
Arlea sonrió, el rubor de sus mejillas confundiéndose con el calor del trabajo.
Fue en ese momento que Hada hizo su aparición, deslizándose entre los cultivos con esa gracia que la caracterizaba. Llevando un top corto suave y fijo, como un sostén deportivo que resaltaba la forma de sus pechos, dándole mas volumen y unos pantalones hasta las rodillas, livianos que ondeaba con la brisa matutina.
—Vaya, vaya —canturreó, inclinándose entre ellos—. ?Aquí es donde se esconden los amantes de la tierra?
Sin esperar respuesta, se inclinó y capturó los labios de Erik en un beso que era a la vez saludo y declaración. Arlea lanzó una mirada entre exasperada y divertida.
—Si vas a interrumpir nuestro trabajo, al menos hazte útil —dijo, se?alando las herramientas sobrantes con gesto pretendidamente severo.
Hada rió, un sonido claro como agua de manantial.
—Qué seria y exigente te vuelves —respondió, pero obedientemente tomó una azada y comenzó a trabajar.
Los siguientes minutos se desarrollaron en una coreografía encantadora: tres pares de manos trabajando la tierra, tres voces repitiendo palabras nuevas, y un hombre dividiendo su atención entre dos mujeres que, aunque diferentes en carácter, compartían el mismo afecto por él.
Erik encontraba momentos para acariciar el brazo de Arlea cuando ella lograba pronunciar una palabra difícil, y respondía con besos juguetones a las miradas pícaras que Hada le lanzaba entre surco y surco. En un momento particularmente cómplice, Hada "accidentalmente" rozó su cadera contra la de Erik mientras alcanzaba una herramienta, provocando que Arlea soltara una risa entre dientes.
—No sé qué es peor —comentó Arlea—, tu forma de llamar su atención o mi forma de leer la "r".
—Ambas son adorables —respondió Erik, besando rápidamente a cada una en la mejilla.
Cuando el sol anunció el mediodía cercano, los tres estaban satisfechos con el trabajo realizado. Arlea comenzó a guardar las herramientas con su meticulosidad habitual, mientras Erik y Hada recogían las últimas malas hierbas.
Hada se acercó entonces a Erik, deslizando sus dedos entre los de él.
—?Nos vamos? —preguntó en un tono que prometía más que un simple paseo.
Erik asintió, y al despedirse de Arlea, esta les lanzó una mirada pretendidamente severa.
—Recuerden que aún hay que traer agua para los brotes nuevos —dijo, aunque una sonrisa se asomaba en sus labios—. No se entretengan... demasiado.
Hada, sin soltar la mano de Erik, respondió con una risa ligera.
—No te preocupes, Arlea. Solo le presto atención un ratito... quizás mas.
Mientras se alejaban por el sendero sombreado, Hada se aferró al brazo de Erik, acercándose mas.
—Sabes —susurró, su voz tomando ese tono íntimo que siempre aceleraba el pulso de Erik—, me encanta trabajar contigo, pero estos momentos a solas... son mis favoritos.
Erik no respondió con palabras, sino deteniéndose para rodearla con sus brazos y besarla con una ternura que decía todo lo que ninguna palabra podría expresar. El camino de regreso a la aldea con las demás podría espera.
La luz se filtraba a través de las rendijas de la caba?a de Erik, iluminando el lecho donde Hada y Erik yacían entrelazados sobre la cama. El aire olía a madera fresca y algo húmeda y a la dulce fragancia de las flores que Hada siempre usaba para lavarse el cabello.
Hada se incorporó sobre los codos, su cabello cayendo como una cortina sedosa alrededor de sus rostros. Con una sonrisa pícara que Erik conocía bien, deslizó sus manos por su pecho, deteniéndose en la cicatriz como si estuviera leyendo una historia escrita en su piel.
—?Recuerdas la vez que intentamos esto? —susurró, sus dedos bajando hasta entrar por debajo de su pantalón, tocando y frotando con suavidad—. Nos interrumpieron esa vez... pero hoy no hay nadie que nos moleste hasta la hora de comer, Suri salió con las mayores y con Becca a buscar plantas y raíces medicinales, Lera esta metida en sus experimentos secretos, Arlea estará ocupada y alistando la comida y Mika salió a revisar las trampas que armaron ayer.
Erik sintiendo la suavidad de la mano de Hada que jugaba con algo de picardía la zona, que lo hiso emitir unos leves gemidos y erizar todo el cuerpo, hizo sonrojar a Hada al verlo actuar así. acercándose para besarlo en los labios primeramente con ternura y suavidad, luego con intensidad creciente hasta que empezaron a desvestirse con calma y entusiasmo por parte de ambos, se pusieron ambos de pie para continuar con el resto de las prendas mas grandes.
Al quitarse la ropa, como si cada prenda que caía revelara una nueva capa de intimidad. Cuando por fin estuvieron completamente desnudos, Hada permitió que su mirada se detuviera en el cuerpo de Erik con admiración sin reservas.
—Eres tan fuerte —murmuró, sus palmas planas contra su pecho—. Pero conmigo siempre eres tan gentil...
Erik, por su parte, la contempló como si estuviera viendo las estrellas por primera vez. Sus manos temblaron ligeramente al acariciar la curva de sus caderas con una mano y con la otra masajeaba uno de sus senos con delicadeza.
—Y tú eres toda suavidad y gracia —respondió, su voz ronca.
Al recostarse, Hada se arqueó instintivamente cuando los labios de Erik encontraron su cuello, luego la línea de su clavícula, descendiendo con una paciencia que la hizo gemir. Cuando su boca se cerró alrededor de un pezón, Hada gimió profundamente, sus dedos enterrándose en su cabello.
—Erik... por favor... —suplicó, su cuerpo respondiendo a cada caricia con oleadas de placer.
él la guio con manos expertas pero llenas de reverencia, aprendiendo cada curva, cada susurro de su piel. Cuando finalmente se posó entre sus muslos, la miró a los ojos buscando permiso una última vez.
—?Estás segura? —preguntó, su respiración agitada.
Hada respondió inclinándose para besarlo con una pasión que sorprendió a ambos. En ese beso había días de miradas cargadas de deseo, de sonrisas cómplices, de noches so?ando con este momento.
La unión fue tan gradual que Hada apenas sintió el dolor inicial, solo una plenitud que la hizo contener la respiración. Sus ojos se encontraron, y en la mirada de Erik vio tal adoración que las lágrimas acudieron a sus ojos sin que pudiera detenerlas.
—Estás bien —murmuró él, deteniéndose por completo con calma—. Quieres que me detenga.
—Solo... más de ti —respondió ella, abrazándolo con fuerza—. Quiero sentirte por completo.
A partir de ahí, el ritmo se estableció como una danza perfecta. Lento al principio, luego de unos minutos con más confianza cuando sus cuerpos encontraron su lenguaje compartido. Hada descubrió que su voz podía producir sonidos que nunca antes había escuchado, gemidos que surgían desde lo más profundo de su ser.
—Erik... —jadeó, sus u?as marcando suaves surcos en su espalda—. Es... increíble...
él respondió con un beso que sabía a lágrimas y promesas, sus caderas moviéndose con una cadencia que hacía que el mundo exterior dejara de existir. Hada, giró sus caderas para encontrar un ángulo más cómodo, haciendo que Erik gimiera entre dientes.
—Cielos, Hada... —susurró, sorprendido por su audacia.
Ella sonrió, disfrutando de este nuevo poder sobre él. Sus manos exploraron su espalda, sus nalgas, atrayéndolo más cerca con cada embestida. El sonido de sus cuerpos uniéndose se mezclaba con sus jadeos y susurros, creando una sinfonía íntima.
Cuando el orgasmo se acercó, Hada lo sintió como una marea creciente en su vientre. Sus músculos se tensionaron, sus piernas se cerraron alrededor de su cintura.
—Erik, yo... voy a... —no pudo terminar la frase, porque la ola la alcanzó con una intensidad que la hizo gritar de placer, un grito puro y liberador que resonó en la caba?a.
Erik, estimulado por su clímax, encontró su propio clímax con un gemido ronco, enterrándose profundamente en ella mientras su cuerpo se estremecía con espasmos de placer.
Después, mientras yacían jadeantes y entrelazados sobre el colchón de la cama, Hada escondió el rostro en su cuello.
—Erik… eso fue hermoso —susurró—. Ahora entiendo por qué Lera y Mika siempre tienen esa sonrisa secreta, me dijeron que es algo hermoso… y tenían razón, lo es —confesó con una risa temblorosa.
él acarició su espalda algo húmeda de sudor, besando su frente con ternura.
—Eres maravillosa, Hada.
Ella se aferró un poco más a él, cerrando los ojos, como si quisiera que esa primera vez quedara grabada para siempre en su corazón.
Hada seguía recostada en el pecho de Erik, con el corazón aún acelerado. Sus dedos jugaban con suavidad sobre su piel, dibujando formas al azar.
—Erik… —dijo con voz baja, casi tímida—. No pensé que se sentiría así… fue tan maravilloso, tan bello… como si me hubieras abierto algo nuevo.
él la miró con ternura, acariciando su cabello revuelto.
—Fue especial, Hada. Cada una de ustedes tiene su manera de llegar a mí… pero lo que vivimos recién, es tuyo y mío.
Ella levantó la mirada, con un rubor dulce en sus mejillas.
—?Sabes? Siempre tuve miedo de no estar lista, de que no pudiera ser tan cercana como Mika o Lera contigo… pero ahora siento que… sí pertenezco a tu lado.
Erik la abrazó fuerte, besando sus labios con calma.
—Nunca tuviste que demostrar nada Hada. Te amo como eres, y cuando estés conmigo, siempre será especial.
Hada sonrió con lágrimas peque?as en los ojos, y lo besó otra vez, más confiada.
—Gracias, Erik… por esperarme, por cuidarme, y por darme algo tan hermoso.
Se quedaron así unos minutos más, abrazados en silencio, disfrutando de esa calma después de la tormenta de sensaciones. Hada alzó la mirada, sus ojos brillando con lágrimas de felicidad, supo que esta primera vez no era un final, sino el comienzo hermoso de sus vidas juntos.
De pronto, en la puerta apareció la traviesa de Mika, había vuelto de revisar las trampas, apoyada contra el marco con los brazos cruzados y una sonrisa que mezclaba picardía y complicidad. Sus ojos bailaban divertidos mientras observaba la escena íntima.
—?Ajá! —exclamó con voz cantarina—. Por fin la peque?a Hada se unió al club. ?Verdad que nuestro Erik es increíble?
Hada emitió un peque?o grito ahogado, su rostro encendido de un rubor que le llegaba hasta el cuello.
—?Mika! ?No sabes llamar antes de entrar?
Mika se rio, avanzando con pasos silenciosos hasta el borde de la cama.
—?Y perderme la cara de felicidad recién estrenada que tienes? ?Ni loca! —Su mirada se posó en Erik, quien intentaba mantener la compostura—. Y tú, grandulón, cada vez más rápido conquistando a mis hermanas.
Erik lanzó una mirada entre exasperada y divertida.
—Mika, ?no podías darnos cinco minutos?
—?Pero si ya llevaban muchos minutos! —replicó ella con fingida indignación—. Además, vine a darle la bienvenida oficial a Hada al grupo de las que sabemos lo que es dormir de verdad contigo Erik.
Hada enterró su rostro en la almohada, murmurando:
—Me muero de vergüenza...
Mika se sentó en el borde de la cama y acarició el cabello de Hada con sorprendente ternura.
—No te avergüences, Hada. Las que ya pasamos por esto sabemos que la primera vez es especial... —Su voz bajó a un susurro cómplice, acercándose a su oído—. Pero espera a las siguientes, cuando ya no duele nada y solo queda el puro placer. ?Ahí es cuando realmente no querrás salir de esta caba?a!
Hada asomó los ojos por encima de la almohada, curiosidad pudiendo más que su vergüenza.
—?En serio Mika se pone... mejor?
Mika soltó una carcajada.
—?Mejor? ?Es como comparar una brisa suave con un huracán! —Su mirada se volvió traviesa—. ?Y ya descubriste lo que le gusta que le hagan con las manos? A él le vuelve loco.
Erik tosió incómodo.
—Mika, creo que es suficiente...
—?Qué? —protestó ella con inocencia falsa—. Solo estoy dando consejos entre hermanas. —Se inclinó hacia Hada—. Y espera a que pruebes diferentes posiciones... ?hay una donde una es especialmente...!
—?Mika! —la interrumpieron Erik y Hada al unísono, ambos con las caras encendidas.
La joven se rio, levantándose con gracia.
—Está bien, está bien, los dejo. Pero no tarden mucho —dijo camino a la puerta—. Arlea hizo ese guiso de raíces que tanto les gusta, y si no llegan pronto, se lo comerá todo Jerut.
Al salir, dejó un último comentario:
—?Y Hada! Cuando quieras que te cuente más secretos, ya sabes dónde encontrarme.
Cuando por fin estuvieron solos, Hada se recostó contra el pecho de Erik, su cuerpo aún vibrando de risa y vergüenza.
—Es imposible estar enojada con ella —murmuró—. Aunque me muero de vergüenza... tiene razón sobre una cosa.
—?Sí? —preguntó Erik, acariciándole la espalda con movimientos circulares.
—Que esto solo va a mejorar —susurró Hada, alzando la vista con una mezcla de timidez y anticipación—. Y la verdad... me emociona descubrir todo lo que viene.
Erik la besó suavemente, saboreando el momento de intimidad que Mika había interrumpido.
—Tomaremos nuestro tiempo para descubrirlo juntos —prometió—. Sin prisas.
El sol del medio día pintaba franjas doradas a través de las rendijas de la caba?a, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire como testigos silenciosos del momento íntimo. Erik y Hada yacían entrelazados, sus respiraciones gradualmente volviendo a la normalidad, piel contra piel, sudor secándose en sus cuerpos.
Hada fue la primera en moverse, incorporándose sobre un codo con una sonrisa tímida pero radiante.
—Deberíamos lavarnos, e ir a comer. —susurró, su dedo trazando círculos en el pecho de Erik—. Las demás deben estar ya por volver y Arlea y Mika nos estarán esperando.
Erik asintió, besando suavemente la punta de su nariz antes de levantarse. Extendió su mano para ayudarla a ponerse de pie, y juntos caminaron desnudos hacia el rincón de lavado donde varios cuencos de agua fresca y pa?os limpios esperaban.
El primer contacto con el agua hizo que Hada emitiera un leve jadeo.
—?Está fría!
Erik sonrió, tomando un pa?o y sumergiéndolo en el agua.
—Te acostumbrarás —dijo, comenzando a lavar suavemente su espalda—. Además, el contraste es agradable después del calor que acabamos de compartir.
Hada cerró los ojos, disfrutando la sensación de las manos de Erik recorriendo su piel. Cuando el pa?o llegó a sus senos, contuvo la respiración, sintiendo cómo sus pezones se endurecían al contacto con el tejido húmedo.
—Erik... —murmuró, su voz un hilo de sonido.
él se acerco y besó su hombro.
—Solo te estoy lavando, amor —dijo con una sonrisa que delataba su picardía—. A menos que quieras que sea... algo más.
Hada se rió, un sonido claro y musical que llenó la caba?a.
—Creo que si seguimos, Mika vendrá a buscarnos personalmente y nos llevara así como estamos a la mesa —respondió, tomando otro pa?o para devolverle el favor.
Sus manos, más peque?as pero igual de cuidadosas, recorrieron el torso de Erik, lavando el sudor de su piel. Cuando llegó a su abdomen, sus dedos temblaron ligeramente, recordando la intimidad que acababan de compartir.
Al enjuagarse, el agua corría por sus cuerpos formando peque?os arroyos a la luz del medio día. Hada se miró en el espejo de agua que contenía uno de los cuencos, y por primera vez no vio a una ni?a, sino a una mujer completa, amada y deseada.
—Me siento... diferente —murmuró, observando su reflejo—. Como si alguna parte de mí que estaba dormida hubiera despertado.
Erik se acercó por detrás y la abrazó, sus brazos fuertes rodeando su cintura.
—Eres la misma Hada que siempre has sido —susurró en su oído—. Solo que ahora conoces una parte más de ti misma.
Al vestirse, se ayudaron mutuamente con una ternura que hablaba de la nueva intimidad que compartían. Hada le colocaba su polera a Erik con gestos cari?osos, mientras él le aseguraba sus pantalones con dedos cuidadosos.
Antes de salir, se tomaron un momento frente a la puerta, mirándose a los ojos.
—?Lista? —preguntó Erik.
Hada respiró hondo y asintió, una sonrisa confiada en sus labios.
—Más lista que nunca.
Al salir, el sol del medio día los recibió como una bendición. En la distancia, podían ver la mesa donde las demás ya estaban reunidas, la vapor del guiso de Arlea elevándose hacia el cielo. Las risas y conversaciones llegaban hasta ellos, pero en ese momento, todo parecía estar en segundo plano comparado al nuevo lazo que acababa de formarse entre ellos.
Hada apretó la mano de Erik antes de soltarla para unirse a las demás, pero no sin antes intercambiar una última mirada llena de promesas silenciosas. Promesas de más días como este, de más descubrimientos, de un amor que recién comenzaba a florecer.
La llegada de Erik y Hada al área del comedor fue como si una suave brisa de complicidad los precediera. Todas las cabezas se volvieron hacia ellos, pero fue Lera, con su mirada siempre perceptiva, quien captó de inmediato la transformación en el rostro de Hada: ese brillo especial en los ojos, la sonrisa tranquila que parecía nacer desde lo más profundo de su ser, la manera en que su cuerpo se movía con una nueva confianza.
Lera se inclinó hacia adelante, su sonrisa cargada de picardía y genuina alegría.
—Bueno, bueno... —dijo en un tono que solo las más cercanas podían escuchar—. Alguien tiene esa mirada de "acabo-de-descubrir-el-secreto-más-dulce-del-mundo". Cuéntanos, Hada, ?Cómo fue tu primera vez?
Hada se tornó de un color escarlata vibrante, buscando refugio detrás de Erik, quien respondió colocando una mano protectora sobre su hombro.
Lera no pudo contenerse y soltó una carcajada.
—?Esa cara! ?La reconozco en cualquier parte! —exclamó—. Es la misma que tuve yo después de mi primera vez con Erik. ?Verdad, Mika?
Mika asintió, su expresión cambiando de juguetona a tiernamente comprensiva.
—Es un momento que nunca se olvida —dijo suavemente—. Me alegro profundamente por ti, Hada. Es como... como si una parte de tu alma que no sabías que estaba dormida, de repente despertara.
Hada, aunque aún mortificada, no pudo evitar que una sonrisa genuina asomara entre su vergüenza.
—Fue... más hermoso de lo que imaginé —confesó en un susurro que sin embargo llegó a todos los oídos presentes.
Las sonrisas que se intercambiaron entonces estaban llenas de una complicidad femenina que trascendía cualquier celo o rivalidad. Era la alegría de ver a una hermana cruzar un umbral importante.
La escena se interrumpió con la llegada de Becca y Suri. Becca captó la situación de inmediato, y una sonrisa cálida iluminó su rostro al ver la expresión radiante de Hada.
—Hada... —susurró, acercándose para tomarle las manos—. Se te ve tan... completa. Me alegro tanto por ti.
Pero fue Suri quien reaccionó de manera más visible. Sus ojos se estrecharon al captar la energía diferente entre Erik y Hada. Con movimientos decididos, se abrió camino hasta Erik y se sentó bruscamente a su lado, pegando su cuerpo contra el suyo en un gesto que era imposible de interpretar como algo diferente a posesión.
—Hermano —dijo, mirando directamente a Hada—, ?vas a ayudarme con mi tablilla después de comer? Prometiste ense?arme nuevas palabras hoy.
El mensaje era claro, y no pasó desapercibido para nadie. Mika contuvo una risa, Lera alzó una ceja con divertida resignación, y Becca lanzó una mirada comprensiva hacia la ni?a.
Erik, sintiendo la tensión, rodeó con su brazo a Suri y la atrajo suavemente contra su costado.
—Claro que sí, peque?a —respondió, besando su coronilla—. Pero primero disfrutemos de esta deliciosa comida que Arlea preparó para todos.
Su mirada se encontró con la de Hada sobre la cabeza de Suri, y en ese intercambio silencioso hubo una promesa de continuar lo que habían comenzado, y un entendimiento de que cada mujer en su vida ocupaba un lugar único e irremplazable.
Mika, nunca una para dejar pasar la oportunidad de a?adir le?a al fuego, comentó con voz cantarina:
—Parece que nuestro Erik tendrá que aprender a dividir su tiempo... y sus caricias... entre todas sus admiradoras.
Las risas que siguieron ahogaron el leve gru?ido de Suri, y aunque los celos de la ni?a no desaparecieron por completo, el ambiente de aceptación y amor que reinaba en la mesa gradualmente suavizó sus aristas. Erik, por su parte, supo que el verdadero desafío no era cazar ciervonejos o aprender nuevas habilidades de supervivencia, sino navegar los complicados mares del corazón femenino —un territorio tanto más peligroso como gratificante que cualquier otro que hubiera conocido.

