El amanecer se anunció con una sinfonía de gotas al caer de las hojas y el aroma limpio de la tierra lavada por la lluvia nocturna. La aldea, envuelta en una neblina baja y plateada, despertaba lentamente. Suri, incapaz de contener su energía matutina, caminaba descalza y con cuidado entre los charcos, sintiendo el lodo frío entre sus dedos. Llevaba una peque?a cesta de fibras vegetales con algunas frutas maduras que brillaban con gotitas de rocío.
Se detuvo frente a la caba?a de Erik, y su sonrisa se desvaneció por un instante al notar el charco de agua que se formaba justo bajo una esquina de la entrada, donde las gotas seguían cayendo con testaruda persistencia.
—Ay, Erik… —susurró con una mezcla de ternura y exasperación—. Seguro ni se dio cuenta con todo el lío de ayer.
Se inclinó, curiosidad pudiendo más que la prudencia, y asomó la cabeza por la entrada. La cama estaba vacía, las mantas revueltas pero frías.
—?Ah ahora donde estarán ahora? —murmuró, poniendo una mano en las caderas con gesto de falsa indignación.
Pero entonces una sonrisa pícara iluminó su rostro. La memoria de la noche anterior, de la manera en que Mika y Erik se habían intercambiado miradas de complicidad durante la cena, le dio la respuesta.
Con pasos decididos pero silenciosos, se dirigió a la caba?a de Mika. Al llegar, se detuvo, se enderezó su vestido de lana y, con una formalidad que resultaba adorable en alguien de su estatura, llamó suavemente.
—?Erik? ?Mika? ?Puedo pasar? —Su voz era un hilo de sonido respetuoso, aprendiendo por experiencias pasadas de no entrar sin avisar.
El silencio fue su única respuesta. Tomó aire y lo intentó de nuevo, un poco más fuerte.
—Mika… ?Erik? Soy yo, Suri.
Desde el interior llegaron sonidos de movimiento: un suspiro profundo, el crujido de la cama y, por fin, la voz ronca y somnolienta de Mika.
—Suri… ?es necesario que vengas apenas haya salido el sol?
—?Traje frutas! —anunció la ni?a, como si esa fuera la respuesta a todas las preguntas.
Dentro de la caba?a, Erik entreabrió un ojo, una sonrisa cansada pero afectuosa se dibujó en su rostro al reconocer la voz.
—Parece que nuestra peque?a alarma personal ya está en funcionamiento, —murmuró, volviéndose hacia Mika.
Ella se tapó la cabeza con la manta, gru?endo.
—Que alguien le ense?e a esa ni?a, que debo dormir unos minutos mas, o estaré de gru?ona mas tarde…
Fue entonces cuando Suri, incapaz de contener su curiosidad, asomo su cabecita, con una sonrisa de triunfo.
—?Ajá! Sabía que estaban aquí —declaró—. El techo de tu caba?a goteaba, ?verdad? —preguntó, clavando sus ojos celestes en Erik.
él se incorporó, frotándose la nuca con una mano mientras una risa baja escapaba de su pecho.
—Nos dimos cuenta anoche… de la manera más fría y húmeda posible —confesó con resignación divertida.
Suri soltó una risita, llevándose una mano a la boca.
—Eso te pasa por no hacer caso cuando Jerut dice que hay que revisar los techos antes de la temporada de lluvias.
Mika, ya sentada aun adormilada y con el cabello revuelto formando una corona desordenada alrededor de su cabello y rostro, alzó una ceja con expresión burlona.
—Y tú, peque?a tormenta matutina, ?a qué horas te levantaste?
—Hace rato —respondió Suri con naturalidad, avanzando para dejar la cesta de frutas sobre un banco bajo—. Pensé que tal vez necesitarían ayuda. Y traje esto, para compensar si los desperté demasiado pronto —a?adió, con un orgullo evidente.
Erik extendió el brazo y tomó una fruta jugosa de la cesta, ofreciéndole una sonrisa genuina.
—Bueno, ya que estamos todos despiertos… —dijo, mordiendo la fruta—, al menos podemos desayunar bien. Luego tengo trabajo que hacer.
Suri se iluminó por completo.
—?Vas a arreglar el techo de tu caba?a?
—Sí —confirmó Erik, y su mirada se encontró con la de Mika, cargada de un humor travieso—. Y esta vez, prometo no distraerme con… asuntos más urgentes.
Mika lanzó su almohada en su dirección, que Erik esquivó con una risa, mientras Suri reía, feliz de ser testigo de esa complicidad matutina que, finalmente, no le provocaba ese dolor en el pecho, sino una cálida sensación de pertenecer.
El ambiente en la caba?a era cálido y doméstico. Mika soltó un bufido fingido, aunque una sonrisa jugueteaba en sus labios. Suri, convertida en un torbellino de eficiencia matutina, los observaba con diversión, comprendiendo perfectamente la dinámica entre ellos.
—Aquí tienen frutas dulces y frescas, recién recogidas.
Erik le sonrió, ayudándola a estabilizar la cesta.
—Gracias, hermanita —dijo, y su voz sonaba genuinamente—. No sabes lo bien que se siente tener algo fresco y dulce después de una noche escuchando goteras.
Mika, que se había sentado y estaba en medio de un desperezamiento catártico con los brazos estirados hacia el techo, luego al frente, emitió un gru?ido de acuerdo.
—Yo solo espero que el techo de mi caba?a sea más solidario que el tuyo —murmuró, dirigiendo una mirada suspicaz hacia las vigas superiores.
Suri rio suavemente, un sonido claro como el agua del arroyo. Su cabello rubio, ondulado y desordenado por la humedad matutina, se mecía sobre sus hombros.
—Deberían llevar sus ropas a lavar antes de que huelan a cueva —sugirió con la practicidad inocente de la infancia.
Mika siguió su mirada hacia el montón de ropa húmeda amontonada en un rincón y suspiró.
—No sería mala idea… —admitió con resignación.
—?Yo te ayudo, Mika! —se ofreció Suri de inmediato, y antes de que Mika pudiera protestar, ya estaba abriendo el baúl donde Mika guardaba sus prendas de pieles viejas que antes usaba.
—Eh, Suri, no hace falta… —intentó decir Mika, pero la ni?a ya sacaba con cuidado un conjunto de pieles suaves y algo gastadas.
—No te preocupes —replicó Suri con determinación—. Así puedes ponerte estas mientras lavamos las otras. —Sostenía en sus manos la falda y el top de pieles con la solemnidad de quien maneja un tesoro.
Fue en ese momento, al mover las prendas, cuando algo ocurrió. Un objeto peque?o y metálico, hasta entonces escondido entre los pliegues de las pieles, cayó al suelo con un tintineo sordo y familiar.
El sonido, insignificante para cualquier otro, cortó el aire de la caba?a como un cuchillo.
Los tres se quedaron inmóviles.
Suri fue la primera en reaccionar ante el sonido y viendo el objeto que cayo muy cerca de Mika.
—?Y eso? —preguntó, su curiosidad picada—. ?Qué es?
Mika, se inclino y lo tomó mecánicamente. Sus dedos se cerraron alrededor del metal frío. Lo miró, parpadeó una vez, luego otra, como si su cerebro estuviera procesando lentamente la información. Su expresión de sue?o se esfumó, reemplazada por una de inquietud absoluta.
—Ah… eso… —murmuró, y su voz sonó extra?amente distante. Se mordió el labio inferior, un gesto raro de nerviosismo en ella.
Erik, que había estado observando la escena con una sonrisa tranquila, se inclinó hacia ella. Su mirada se posó en el objeto que Mika sostenía, y todo su cuerpo se tensó. La sonrisa se desvaneció de su rostro, borrada por una oleada de emoción tan intensa que fue palpable.
—No… no puede ser —susurró, y su voz era apenas un hilo de aire, cargado de una incredulidad profunda.
Extendió la mano con una lentitud casi reverencial.
Mika, confundida por su reacción, lo miró.
—?Lo… lo conoces?
Erik no respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron con sumo cuidado alrededor del colgante, como si temiera que fuera a desintegrarse. Al tocarlo, un escalofrío visible recorrió su espalda.
—Este… —tragó saliva, forzando las palabras— este colgante es mío.
—?Tuyo? —Mika parpadeó, la confusión dibujada en su rostro—. Pero… yo lo encontré hace mucho. Pensé que era…
—Lo busqué —lo interrumpió Erik, y esta vez su voz era más firme, cargada de la sombra de una antigua desesperación—. Lo busqué por semanas. Recorrí cada centímetro alrededor del claro donde caí. Creí… creí que lo había perdido para siempre.
Mika bajó la mirada al suelo, sus manos se retorcieron en su regazo. Un rubor de vergüenza ti?ó sus mejillas.
—Lo siento… —murmuró, su voz quebrada—. No fue mi intención quedármelo. Es que…
Esperó una reacción, un reproche, quizás un destello de enojo por haber guardado algo que claramente tenía un valor sentimental inmenso para él.
Pero cuando Erik alzó la vista para mirarla, no había ira en sus ojos. Solo una melancolía profunda y serena, como la luz de la luna sobre un lago quieto. La nostalgia por lo perdido y el asombro por lo recuperado se mezclaban en su expresión, creando una quietud emocional que era más elocuente que cualquier palabra. El silencio que llenó la caba?a no era incómodo, sino sagrado, cargado con el peso de un peque?o milagro.
El silencio en la caba?a se había vuelto pesado, cargado de emociones no dichas. La alegre atmósfera matutina se había desvanecido, reemplazada por una solemnidad que Suri, con su aguda sensibilidad, captó de inmediato.
—No te preocupes, Mika —dijo Erik finalmente, rompiendo el hielo con una voz que era un susurro cansado.
Suri, que había estado observando el intercambio con sus grandes ojos, frunció el ce?o. Su mirada se movió entre Erik y Mika, percibiendo la tristeza que flotaba en el aire como una neblina fina.
—Erik… —murmuró, su vocecita era un hilo de preocupación—. No vas a rega?ar a Mika, ?verdad?
él volvió su mirada hacia la ni?a y forzó una sonrisa que no logró alcanzar sus ojos.
—No, peque?a. No estoy enojado con ella.
Pero Suri no se convenció. Conocía cada matiz de las expresiones de Erik, y lo que veía ahora no era enojo, sino algo más profundo: una melancolía que parecía venir de muy lejos. Sabía que cuando él adoptaba esa mirada perdida, estaba recordando de su vida en su mundo anterior, ese lugar del que no hablaba mucho de ciertas cosas, pero que siempre llevaba consigo.
—Mika —dijo Erik después de un largo silencio que se extendió como un lago quieto—, ?podrías darme un momento?
—Claro… —respondió ella, su voz era apenas un suspiro.
Luego miró a Suri.
—Ve afuera, ?sí? Necesito vestirme y… poner mis ideas en orden.
Suri asintió lentamente, pero antes de girarse para salir, se acercó y abrazó el brazo de Erik con fuerza.
—No se peleen si —susurró, enterrando su rostro en su brazo—. No quiero verlos tristes.
Erik acarició su cabello con una ternura que contrastaba con la tensión en sus hombros.
—Prometido —murmuró contra su coronilla.
Cuando Suri salió de la caba?a, el silencio dentro se volvió palpable. Solo el goteo residual de la lluvia en el exterior marcaba el paso del tiempo.
Erik seguía sosteniendo el colgante, sus dedos recorriendo los bordes gastados con una reverencia que hablaba de su importancia. Comenzó a vestirse con movimientos mecánicos, cada gesto parecía requerir un esfuerzo consciente. Su mirada se perdía una y otra vez en algún punto lejano, más allá de las paredes de la caba?a.
Mika lo observaba en silencio, las palabras atascadas en su garganta. Quiso preguntar, quiso romper ese hechizo de nostalgia, pero algo en la postura de Erik—la espalda demasiado recta, la mandíbula levemente apretada—la detuvo. No era solo tristeza lo que veía en él; era una lucha interna, un forcejeo silencioso con fantasmas que ella no podía ver.
Finalmente, cuando se puso su polera, Erik respiró hondo, un sonido profundo que pareció venir desde sus mismos cimientos, y la miró.
Mika, que también había comenzado a vestirse, alzó la vista justo a tiempo para encontrarse con esos ojos—normalmente tan llenos de vida y calma—que ahora parecían dos pozos oscuros y vacíos.
Sin mediar palabra, Erik se acercó y la envolvió en un abrazo. No fue el abrazo juguetón de las ma?anas, ni el apasionado de las noches. Este era diferente: un abrazo de ancla, desesperado y silencioso, como si ella fuera lo único que lo mantenía conectado a la realidad. Mika apoyó la mejilla en la de él, sintiendo el latido acelerado de su corazón a través de la tela.
él depositó un beso suave en su mejilla, un contacto breve pero cargado de una emoción indescifrable.
—Gracias —susurró, y su voz tembló con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Mika se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos, confundida.
—?Por qué… me das las gracias?
Erik apartó con delicadeza un mechón de cabello del rostro de ella y esbozó una sonrisa triste.
—Por estar aquí… —respondió, como si esas dos palabras encerraran todo un universo de significado.
Ella abrió la boca para decir algo más, para pedirle que se quedara, que le contara qué tormenta se libraba en su interior, pero él se separó con suavidad antes de que pudiera articular palabra.
—Necesito estar un rato solo —dijo, y su tono era suave pero firme, como el cierre de una puerta—. Mis pensamientos están… revueltos. Necesito ponerlos en orden.
Mika lo observó, una mezcla de preocupación y ternura apretándole el pecho.
—Erik…
él no la dejó continuar. Se acerco y capturó sus labios en un beso que no era de despedida, sino de promesa. Era lento, cálido, y sabía a nostalgia y a esperanza.
—No es nada malo —murmuró contra sus labios—. Solo necesito… pensar y respirar.
Ella asintió, aunque una pesadez se instaló en su corazón.
—Está bien —susurró—. Pero no te alejes mucho. El cielo todavía amenaza con lluvia.
él asintió y, tras una última mirada cargada de un significado que Mika no podía descifrar, salió de la caba?a. Ella se quedó inmóvil, observando cómo su figura se alejaba entre el laberinto de caba?as y senderos, hasta que se perdió de vista.
Cuando por fin estuvo sola, Mika llevó una mano al pecho, apretando la tela de su top sobre el corazón.
—Ojalá pudiera alcanzar esas partes de ti que todavía se esconden en la sombra —susurró para sí misma, mientras el eco de sus pasos se perdía en el silencio de la ma?ana.
El cielo mantenía su manto gris, y el aire fresco cargado de humedad envolvía la aldea. Suri caminaba sin rumbo fijo, sus pies descalzos dejando huellas suaves en la tierra húmeda. Aunque intentaba distraerse recolectando piedras brillantes, su mente no podía dejar de reproducir la imagen de Erik: su mirada perdida, esa tristeza silenciosa que parecía pesar más que cualquier palabra.
Al doblar junto al almacén, se encontró con Becca, quien estaba clasificando raíces medicinales con su habitual meticulosidad.
—Suri —la saludó Becca con una sonrisa cálida, aunque sus ojos reflejaban preocupación—. Te estábamos buscando. ?Todo bien?
—Fui a la caba?a de Mika —respondió Suri, jugueteando con el dobladillo de su vestido—. Quería bueno... pero luego pasó algo.
Becca dejó a un lado las raíces, su atención completamente capturada por el tono apagado de la ni?a.
—?Sucedió algo malo?
—No malo, pero... —Suri buscó las palabras— entre la ropa de pieles de Mika cayó un objeto brillante, como el metal de la herrería. Cuando Erik lo vio... cambió. Se puso muy callado, como si estuviera muy lejos.
Becca se quedó inmóvil, sus dedos suspendidos sobre las raíces. Un recuerdo acudió a su mente con claridad.
—Un objeto metálico... —murmuró, conectando instantáneamente los puntos—. Entonces era eso lo que buscaba.
Suri arqueó las cejas, confundida.
—?A qué te refieres?
—Hace varios días atrás —explicó Becca, su voz tomando un tono reflexivo—, Erik me dijo que pasaba días o horas buscando algo cerca de donde ocurrió todo. Poco después de que te salvara del lagarto, Me dijo que era peque?o, brillante, y que debía habérsele caído durante la lucha. Lo buscó hasta que perdió la esperanza. Por lo que dices... debe ser el mismo objeto.
La revelación hizo que los ojos de Suri se abrieran como platos.
—?Y Mika lo tuvo todo este tiempo sin decírselo?
Becca suspiró, cruzando los brazos.
—Así parece. Tiene esa manía de guardar cosas que encuentra, sin pensar que puedan tener due?o. —Su mirada se dirigió hacia el sendero que conducía hacia el río—. Pero si era tan importante para Erik... ahora entiendo por qué se fue con ese aire cuando paso cerca de aquí.
Ambas giraron la vista simultáneamente hacia la orilla del río. Allí, sentado en una roca plana que emergía del agua, estaba Erik. Su espalda estaba ligeramente encorvada, y en sus manos sostenía el colgante, cuyos destellos metálicos parecían capturar toda la pálida luz que filtraban las nubes.
Becca respiró profundamente y posó una mano tranquilizadora en el hombro de Suri.
—Quédate aquí, peque?a —dijo con suavidad—. Voy a hablar con él.
Mientras Becca se acercaba a la orilla, sus pasos eran tan silenciosos que apenas alteraban la calma del lugar. Al llegar junto a la roca, habló con voz suave, mezclándose con el murmullo del río.
—Así que era esto lo que buscabas con tanta devoción —dijo, inclinándose ligeramente para observar el objeto.
Erik alzó la vista, y por un momento Becca vio en sus ojos la sombra de aquel hombre herido y desorientado que llegó a la aldea. Pero la expresión se suavizó al reconocerla.
—Sí —confirmó, su voz era un eco cansado—. Había perdido toda esperanza de volver a verlo.
Becca se sentó cuidadosamente a su lado en la roca húmeda, arreglando su pantalón.
—Suri me contó lo que pasó. Mika no tenía idea...
—Lo sé —la interrumpió Erik suavemente—. No es culpa de Mika. A veces el destino esconde las cosas donde menos esperamos encontrarlas, hasta que llega el momento adecuado.
Becca observó en silencio cómo sus dedos acariciaban el metal con una ternura que normalmente reservaba para las personas.
—?Puedo saber... qué representa para ti? —preguntó finalmente, con el respeto de quien intima que está tocando algo sagrado.
Erik guardó silencio por un largo momento, su mirada perdida en el fluir constante del río. Cuando por fin habló, su voz era tan baja que casi se perdía entre el sonido del agua.
— Perteneció a alguien que me salvó la vida cuando era apenas un ni?o, en el mundo del que vengo.
Becca se quedó completamente inmóvil, como si el mismo aire a su alrededor se hubiera solidificado. Había escuchado a Erik hablar de su pasado, de la guerra, de la pérdida de su familia. Pero siempre había habido omisiones deliberadas, grietas en su relato por donde asomaban sombras que él se negaba a nombrar. Y ahora comprendía que este peque?o objeto de metal estaba directamente conectado a esas zonas de silencio, las que más parecían dolerle.
—Esa persona... —logró decir, su voz era un hilo de sonido que se mezclaba con el murmullo del río— debió ser increíblemente importante para ti.
Erik asintió con un movimiento lento y pesado, como si cada recuerdo tuviera un peso físico.
—Más de lo que las palabras pueden alcanzar —confesó, y su voz adquirió un tono áspero, cargado de una emoción contenida—. Si no hubiera sido por... ni siquiera habría tenido la oportunidad de llegar aquí, de contarles cualquier otra historia. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Me rescató de un infierno... uno que casi consigue apagar toda la luz dentro de mí.
Becca bajó la mirada. De pronto, su mente evocó con claridad las veces que había visto las marcas en su espalda baja durante sus curaciones: cicatrices antiguas, demasiado rectas y uniformes para ser obra de garras o colmillos. Un escalofrío repentino, frío y nauseabundo, le recorrió la espina dorsal. Comprendió, con una certeza que le heló la sangre, el origen de aquellas heridas.
—Ese lugar del que hablas... —susurró, casi para sí misma, la revelación era un sabor amargo en su boca— fue donde te hicieron... eso de tu espalda. ?Verdad?
Erik no respondió de inmediato. Su pu?o se cerró con fuerza alrededor del colgante. Su mirada se perdió en la lejanía, viendo algo que solo existía en el teatro de su memoria.
—Sí... —admitió por fin, y la palabra sonó a rendición—. Fue allí donde aprendí hasta qué profundidades de crueldad puede descender el ser humano... y también donde conocí un alma que todavía creía que podía quedar algo bueno.
Becca sintió que un nudo de lágrimas y rabia se le formaba en la garganta. No se atrevió a indagar más; algunas heridas necesitan permanecer vendadas. En su lugar, extendió la mano y la posó sobre la de él, que aún sostenía el colgante. Su tacto era cálido, un contraste vivo contra el frío del metal.
—Entonces... —murmuró, su voz temblorosa por la emoción— esa persona sigue aquí, de alguna manera. Contigo.
Erik asintió lentamente, y una sonrisa triste, cargada de un amor que trascendía el tiempo y el espacio, se dibujó en sus labios.
—Supongo que sí. Quizás por eso este mundo, en su extra?a sabiduría, me lo devolvió justo ahora.
Becca observó su rostro durante unos segundos que se sintieron eternos. Vio la tristeza antigua que anidaba en lo más profundo de sus ojos, una pena tan arraigada que ni la paz del valle ni el amor de ellas habían logrado erradicar.
Movida por un impulso que nació de lo más profundo de su compasión, se acerco y lo envolvió en un abrazo. No fue un gesto apasionado, sino uno de puro consuelo, cuidadoso de no violar la solemnidad del momento.
Erik, al principio sorprendido por el contacto, se relajó gradualmente y rodeó con los brazos a Becca, dejando que su frente descansara contra su hombro como un náufrago que por fin encuentra un remanso de paz.
—No tienes que llevar ese peso en soledad —susurró Becca, sus palabras eran un bálsamo en su oído—. Cuando estés listo para hablar, todas estaremos aquí para escucharte. No importa cuán doloroso sea... ya no estás solo, Erik. Nunca más.
él cerró los ojos, sintiendo cómo, por primera vez en mucho tiempo, el frío peso del aislamiento comenzaba a ceder, reemplazado por el calor de una promesa.
Becca se separó lo justo para poder mirarlo a los ojos. Con una ternura que le brotaba naturalmente, le acarició la mejilla.
—Ya no estás solo —repitió, y esta vez sus palabras sonaron a juramento—. Todas te amamos, cada una a su manera... y Suri también te ve como su héroe. No lo olvides nunca.
Antes de levantarse, se inclinó y depositó un beso en sus labios. No fue un beso de pasión, sino uno lento, profundo y reconfortante, como si quisiera infundirle parte de su propia serenidad. Luego, se puso de pie y, después de una última mirada llena de un afecto silencioso pero inquebrantable, comenzó a alejarse por el sendero, dejándolo junto al río con sus recuerdos y la renovada certeza de que, en este mundo al menos, su carga sería compartida.
Erik permaneció sentado en la roca, el colgante aún entre sus dedos. Los ecos de su conversación con Becca y el peso de los recuerdos lo mantenían sumido en una melancolía profunda. Fue entonces cuando unos pasitos cautelosos, casi imperceptibles sobre la hierba húmeda, lo sacaron de su ensimismamiento.
Era Suri. Se había quedado observando desde la distancia, tal como Becca le había pedido, pero su corazón de hermanita no pudo resistirse al verlo tan sumido en su dolor. Sus peque?as manos estaban entrelazadas con nerviosismo frente a su vestido, y sus ojos celestes, usualmente llenos de curiosidad y alegría, ahora estaban nublados por una preocupación que parecía demasiado grande para su edad.
—Erik… —llamó, su voz era un suspiro frágil que apenas se elevó por encima del murmullo del río.
él alzó la mirada y, al verla allí, una sonrisa genuina pero cansada asomó a sus labios. No hizo falta que dijera nada. Simplemente abrió los brazos en una invitación silenciosa.
Fue toda la invitación que Suri necesitó. Corrió hacia él, sus pies descalzos chapoteando ligeramente en el lodo de la orilla, y se lanzó contra su pecho, abrazándolo con una fuerza que sorprendía venir de un cuerpo tan peque?o. Enterró su rostro en su polera, como si intentara esconderlo de un mundo que lo había herido.
—No me gusta cuando te pones así de triste —murmuró, su voz amortiguada por la tela—. Yo también te quiero mucho, ?sabes?
Erik cerró los brazos a su alrededor, creando un refugio instantáneo para ambos. La calidez de su peque?o cuerpo era un bálsamo tangible contra el frío de sus recuerdos.
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—Lo sé, hermanita —susurró, depositando un beso suave en su cabellera desordenada—. Gracias… gracias por recordármelo.
Suri se separó lo justo para poder mirarlo a la cara. Sus deditos, aún fríos por el aire matutino, se elevaron y limpiaron con torpe ternura la humedad que había escapado de sus ojos sin que él se diera cuenta.
—Entonces no llores más, ?sí? —rogó, y en su sonrisa inocente había una chispa de la alegría que siempre lograba atravesar sus propias nubes oscuras.
Erik capturó su manita con la suya y la apretó con suavidad.
—Lo prometo —aseguró, y por primera vez desde que había encontrado el colgante, la promesa sonó a verdad.
Satisfecha, Suri se deslizó de su regazo. Su mirada se dirigió hacia el sendero por donde Becca había desaparecido, asumiendo con naturalidad el rol de peque?a guardiana de la paz familiar.
—Iré con ella —anunció con una seriedad adorable—. Te dejaremos estar solo un rato… pero solo un rato, ?eh?
Erik asintió, una sonrisa más auténtica iluminando finalmente su rostro mientras la observaba alejarse, saltando con cuidado sobre los charcos. En ese momento, sintió una mezcla abrumadora de orgullo y un amor tan profundo que casi lo doblaba. Era el amor de un hermano mayor, puro y protector, que se entrelazaba con el agradecimiento por tener un lazo así en su vida.
Cuando por fin quedó solo otra vez, miró el colgante que descansaba en su palma. Ya no solo era un recordatorio de un pasado doloroso, sino un símbolo de algo nuevo. Lo elevó y lo apretó contra su pecho, justo sobre el corazón, sintiendo no solo el eco de una promesa hecha hace mucho tiempo en otro mundo, sino el calor de las promesas presentes que lo anclaban a este: la de Becca, hecha con la sabiduría serena del amor maduro; la de Mika, con su fuego y lealtad inquebrantable; y sobre todo, la de Suri, simple, poderosa y pura como el agua de manantial. Un amor de hermanita que, sin saberlo, tenía el poder de sanar hasta las heridas más antiguas.
El viento soplaba con suavidad, acariciando las copas de los árboles y meciendo el cabello de Erik, que permanecía inmóvil en el borde del claro. Una ráfaga más fuerte trajo consigo el aroma a tierra mojada y hojas secas, y por un instante, él juró escuchar un eco lejano, una voz del pasado que susurraba entre las ramas, animándole a seguir adelante. El valle entero parecía contener la respiración junto a él, sumido en un silencio respetuoso.
Dentro de la caba?a de Mika, el tiempo transcurría con pesadez. Mika seguía sentada al borde de la cama, las mantas de la cama formaban un montón arrugado sobre sus piernas. Su mirada, perdida en las grietas del suelo de madera, no lograba enfocarse en nada concreto. El silencio dentro de aquellas cuatro paredes era denso, casi palpable, tan pesado como el torbellino de sus propios pensamientos.
Aún podía sentir el calor residual del cuerpo de Erik en el espacio vacío a su lado, el recuerdo del roce de sus brazos alrededor de su cintura, el ritmo pausado de su respiración mientras dormían entrelazados. Pero lo que más la inquietaba, clavado en su mente como una espina, era la expresión que él tenía al marcharse. Aquella mezcla de confusión y una tristeza tan profunda que no había podido —o querido— ocultar.
Sus dedos, moviéndose por inercia, jugueteaban con un hilo suelto en el dobladillo de su ropa cuando unos pasos cautelosos se acercaron a la puerta.
—?Mika? —la voz de Becca, siempre serena, traspasó la madera.
—Adelante —respondió Mika sin levantar la vista, su voz era apenas un hilo de sonido.
Becca entró con movimientos fluidos, y se apoyó contra el marco por un momento. Sus ojos, reflejaban una calma antigua, pero las sombras ligeras bajo ellos delataban una fatiga compartida.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo con una sonrisa peque?a y comprensiva—. Suri me contó lo que pasó. Estuve con Erik un rato, cerca del arroyo, pero preferí dejarlo solo con sus pensamientos.
Mika alzó por fin la mirada, una incomodidad punzante en el estómago.
—?Cómo está? —logró preguntar, su voz un susurro cargado de culpa.
—Pensativo… y triste —respondió Becca, acercándose para sentarse a su lado en el borde de la cama. El colchón de lana cedió ligeramente bajo el peso de ambas—. Pero no está solo en esto, Mika. Suri y yo estuvimos con él. Lo abrazamos y le recordamos que nos tiene a nosotras, a todas.
Mika bajó de nuevo la vista, apretando sus manos sobre sus rodillas.
—No sabía… No podía imaginar que ese objeto fuera tan importante para él. Cuando lo vi en ese lugar, solo parecía una chuchería más, algo que había encontrado. Pero cuando lo tomó entre sus manos… —hizo una pausa, buscando las palabras correctas— su rostro se transformó. Fue como si el mundo entero se detuviera solo para ese momento.
Becca asintió con lentitud, sus dedos acariciando la suave textura de la manta.
—Me lo contó, brevemente. Dijo que perteneció a alguien que le salvó la vida cuando era solo un ni?o. —Guardó silencio, dejando que el peso de esas palabras se asentara en la habitación—. Creo que ese objeto, ese colgante es una pieza, Mika. La pieza de un fragmento de su historia que siempre ha guardado y lo que le falta de su historia en su hogar, en su mundo.
Mika respiró hondo, el aire le pareció frío y pesado en los pulmones.
—A veces creo que no llego a entenderlo del todo —murmuró, la voz quebrada por la frustración—. Puedo sentir lo que siente cuando está conmigo, cuando me abraza o me habla. Pero hay partes de él, rincones enteros de su alma, que están tan lejos… que no sé si algún día podré alcanzarlos.
Becca la observó con una ternura que era casi tangible.
—No necesitas entenderlo todo, Mika. Solo acompa?arlo. él no busca respuestas ahora, ni soluciones. Necesita compa?ía. Presencia. Saber que, cuando decida bajar la guardia, y contarnos su historia faltante, estaremos ahí.
Mika la miró, y por primera vez desde que Erik se había ido, una sonrisa leve, agradecida, asomó a sus labios.
—Tú siempre sabes qué decir para calmar la tormenta…
Antes de que Becca pudiera responder, un suave golpe en el marco de la puerta interrumpió el momento.
—?Puedo pasar? —la voz de Lera era un arrullo familiar—. Vine a dejarte este otro par de ropas. Quiero lavar las que usas ahora, para que sequen antes del anochecer. —Pero en cuanto traspasó el umbral, con una cesta de mimbre apoyada en la cadera, su sonrisa habitual se desvaneció. Sus ojos, agudos como los de un pájaro, escanearon la habitación—. Ocurrió algo —afirmó, dejando la cesta en un banco cercano—. Se siente… espeso el aire aquí.
Becca intercambió una mirada con Mika antes de responder con su habitual calma.
Explicó la situación con sencillez, sin dramatismos, pero sin restar importancia.
Lera se quedó en silencio unos segundos, procesando la información. Luego, un suspiro escapó de sus labios.
—Ay, Mika, lo hiciste de nuevo —dijo finalmente, llevándose una mano a la frente con gesto de resignación cari?osa—. Ya parecía que habías domado esa costumbre de tomar las cosas y olvidarlas con el tiempo, y justo ahora sales con esta.
Mika suspiró, el peso de la culpa reapareciendo.
—Lo sé, y lo siento. Es algo que me supera, Lera. Es como si mis manos actuaran antes de que mi cabeza pueda pensar. Tal vez… tal vez lo mejor sea darle espacio. Quise correr tras él, pero creo que lo que necesita ahora es un momento para sí mismo.
Lera se acercó y le puso una mano firme en el hombro, un gesto de sólido apoyo.
—No te culpes. No fue tu intención. A veces los hombres también necesitan su espacio, igual que nosotras necesitamos llorar o hablar cuando recordamos a quienes se fueron. Es su manera de sanar.
Becca asintió, su mirada yendo de una a otra.
—Lo importante es que, cuando vuelva y esté listo para contarnos el resto, sepa que lo estaremos esperando. Sin juicios, sin preguntas difíciles… solo escuchando. Eso es lo que ofrece una familia.
Lera esbozó una sonrisa un poco pícara, intentando aligerar el ambiente.
—Entonces será mejor que preparemos algo caliente para cuando decida hablar. Ya sabes cómo termina esto: con todas nosotras reunidas alrededor del fuego, compartiendo pan y historias.
Mika asintió, y por primera vez, una auténtica sensación de calma comenzó a apaciguar su agitación interior.
—Sí… el fuego —murmuró, casi para sí misma—. Siempre termina siendo el lugar donde todo, por roto que esté, vuelve a unirse.
Las tres guardaron silencio, un silencio ahora cómodo y unificado. Desde fuera, el murmullo del viento se colaba por las rendijas de la ventana, trayendo consigo el sonido del mundo que continuaba su curso.
En ese instante de quietud compartida, comprendieron una verdad más profunda: no solo era Erik quien se preparaba para, por fin, dejar que el pasado saliera a la luz. Todas ellas, como un solo cuerpo, también se preparaban para recibir y sostener una parte de él que, hasta ese día inesperado, había permanecido oculta en la más profunda de las sombras.
El sendero serpenteaba entre las caba?as, la tierra oscura y húmeda por la llovizna nocturna absorbía los pasos de Erik, amortiguándolos hasta convertirlos en un casi silencio. Su mente, sin embargo, resonaba con el estruendo de los recuerdos. En su cabeza como una hoja arrastrada por un remolino, reviviendo emociones enterradas desde la infancia: el miedo, la pérdida y un agradecimiento profundo que el tiempo no había logrado erosionar.
Fue en ese estado de ensimismamiento cuando una figura se materializó en el camino frente a él. Era Arlea, moviéndose con la gracia silenciosa que la caracterizaba. Al verlo absorto, con la mirada perdida en un horizonte invisible, se detuvo a una distancia respetuosa, estudiándolo con ojos preocupados.
—Erik… ?Qué te pasa? —preguntó, y su voz fue tan suave como la brisa que mecía las hojas de los arboles cercanos.
él parpadeó, regresando a la realidad del sendero. La miró de reojo, intentando componer una máscara de tranquilidad mientras sus dedos buscaban el bolsillo de su pantalón para guardar el colgante de forma discreta. Pero la tensión en su mandíbula y la sombra en sus ojos traicionaban cualquier intento de disimulo.
—Nada, solo estoy caminando y pensando… —respondió, aunque el tono de su voz, cargado de una lejanía dolorosa, decía todo lo contrario.
Arlea no necesitaba más. Con la intuición afilada de quien conoce el alma del otro, dio un paso al frente y apoyó sus manos con delicadeza sobre sus antebrazos. Su tacto era firme pero reconfortante.
—No te escondas de mí —susurró, acercándose ligeramente para buscar su mirada—. Sabes que puedes contarme cualquier verdad, por dura que sea.
Erik se sintió desnudo bajo su mirada. Contempló su rostro, esos ojos que parecían ver a través de todas sus capas, e intentó encontrar las palabras que pudieran explicar lo inexplicable. Pero sabía, con una certeza que le oprimía el pecho, que aún no era el momento. Tenía que desentra?ar él mismo el nudo de emociones antes de exponerlo ante todas.
—Arlea… —murmuró, y esta vez no hubo disimulo en su voz, solo la fatiga de cargar con un peso antiguo— hay cosas que debo ordenar en mi mente antes de poder contarlas. Es un desorden que solo me pertenece a mí, por ahora.
A pesar del rechazo tácito, Arlea no se retiró. En un gesto de pura compasión, cerró la distancia entre ellos y lo envolvió en un abrazo, acercando su mejilla a la de él hasta que su aliento cálido le rozó la oreja. Erik, vencido por el gesto, correspondió el abrazo con una ternura que le nació de lo más hondo. La rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza contenida, sabiendo que en ese contacto había un consuelo que no podía rechazar.
Cuando ella se separó lo justo para mirarlo a los ojos, Erik se sintió impulsado por un afecto tan grande que, casi sin pensarlo, se acerco y depositó un beso suave y prolongado en sus labios. Un beso que era a la vez promesa y disculpa.
—No puedo, ni quiero, guardarles secretos eternamente, Arlea —declaró, con una firmeza que brotaba del amor—. Te prometo que, cuando sea el momento adecuado, les contaré todo a todas. Pero ahora… ahora necesito poner mis pensamientos en orden.
Arlea asintió lentamente. No hubo reproche en sus ojos, solo una comprensión profunda de la gravedad que envolvía sus palabras.
—Está bien, Erik… confío en ti. Solo… —su voz se quebró un instante— no te alejes demasiado. Recuerda que este lugar ahora es tu hogar.
él le respondió con una sonrisa tranquila, la primera genuina desde que había salido de la caba?a de Mika, y continuó su camino, dejándola atrás con el corazón un poco más liviano, pero aún cargado.
Sus pasos, casi autónomos, lo guiaron sin rumbo fijo hasta llegar a los pastos abiertos donde Hada cuidaba de los animales. El aire aquí era diferente, lleno de vida y sonidos mundanos que contrastaban con el tumulto interior de Erik. Las llamativas "ovejas" de pelaje abundante pastaban tranquilamente, aun de verlas por meses le parecían tan raras por lo diferente a las de la Tierra, y las ágiles criaturas similares a cabras saltaban entre las rocas. El murmullo constante del río cercano era una canción de cuna para el lugar.
Al divisarlo, Hada emergió de entre los corrales con la energía radiante que siempre la caracterizaba.
—?Erik! —exclamó, y su voz fue como un rayo de sol atravesando la bruma de sus pensamientos.
Corrió hacia él y, sin ceremonia, lo envolvió en un abrazo exuberante, sellando su saludo con un par de besos rápidos y cari?osos en los labios. La naturalidad de su afecto tomó a Erik por sorpresa, pero no por ello dejó de corresponder, abrazándola con fuerza y respondiendo a sus besos con un afecto genuino. Por un momento, descansó su barbilla sobre su hombro, cerró los ojos y se permitió absorber la sencilla calidez que ella emanaba.
—Hada… —murmuró, y su tono, aunque más relajado, aún conservaba un dejo de la tormenta que se agitaba en su interior—. Me alegra verte.
Ella, sin embargo, no era solo energía y alegría. Percibió la sombra en sus ojos, la ligera tensión en sus hombros.
—?Qué te pasa, Erik? —preguntó, su voz ahora más baja, más íntima—. Pareces distraído… como si parte de ti no estuviera aquí.
Erik bajó la mirada hacia las manos de Hada, ennegrecidas por la tierra del corral. ?Cómo explicar la complejidad de un dolor antiguo sin ensombrecer su luz?
—Son solo… pensamientos —logró decir, alzando la vista y esforzándose por dibujar una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Nada de qué preocuparse.
Hada no insistió. En su sabiduría práctica, entendió que algunas batallas deben librarse en solitario. En lugar de presionar, se acerco y le dio un último beso, pero esta vez fue diferente: más lento, más tierno, un beso que no era solo saludo, sino un mensaje silencioso de amor y apoyo. Erik respondió con la misma profundidad, sintiendo cómo ese simple contacto le transmitía fuerza.
—Gracias, Hada —susurró al separarse, con una voz cargada de una emoción que ya no podía ocultar del todo.
Ella asintió, su sonrisa seguía siendo un faro de alegría, pero ahora te?ida de una comprensión silenciosa.
—Ve —dijo suavemente—. Pero recuerda volver.
él le devolvió la sonrisa, esta vez más auténtica, y reanudó su camino. Mientras se alejaba, el peso en su pecho no había desaparecido, pero ahora estaba contrarrestado por la calidez de los abrazos y los besos de Arlea y Hada. Eran recordatorios tangibles de los lazos que lo sostenían, de la red de amor que él mismo había ayudado a tejer. Y con cada paso, la certeza se fortalecía en su interior: pronto, muy pronto, llegaría el momento de abrir su corazón y compartir con todas ellas el fragmento de su historia que había permanecido, por demasiado tiempo, sepultado en la sombra.
El sol de la ma?ana luchaba por abrirse paso entre las nubes grises que, cargadas aún de humedad, amenazaban con más lluvias para la tarde o noche. El aire conservaba ese aroma fresco y limpio a tierra mojada que sigue a una llovizna persistente. Decidido a no permitir que su mente siguiera enredándose en los recuerdos, Erik había reunido un pu?ado de herramientas, varias ramas flexibles y cueros viejos, y había trepado al techo de su caba?a para reparar las goteras que se habían hecho evidentes durante la noche.
—Si no lo arreglo ahora, Mika me va a hacer dormir con las goteras de compa?ía… —murmuró para sí, con una sonrisa leve pero genuina, recordando las palabras de ella, a medio camino entre la broma y la advertencia.
Cada martillazo, cada rama colocada con precisión y cada ajuste de los cueros servía como una especie de catarsis. El ritmo monótono y físico del trabajo le ayudaba a poner sus pensamientos en orden, a domar los recuerdos que lo acosaban. De vez en cuando, se quedaba inmóvil unos segundos, la mano yéndose inconscientemente al bolsillo donde guardaba el colgante, y suspiraba con una melancolía profunda.
Desde la espesura, al otro lado del sendero, un peque?o grupo lo observaba con discreción. Suri, Becca y Lera se habían sentado en un tronco caído, observando en silencio cómo se movía con destreza sobre el techo. No querían molestarlo, solo asegurarse de que estaba bien. Poco después, Hada, que había terminado de alimentar a los animales, se unió a ellas. Se acomodó en cuclillas, apoyando los codos sobre sus rodillas, y siguió con interés cómo sus manos expertas trenzaban las ramas y ajustaba los amarres.
—Se ve tan… tranquilo cuando trabaja —comentó Becca en un susurro.
—O más bien, está intentando parecerlo —apuntó Lera, frunciendo ligeramente el ce?o.
—No deberíamos molestarlo —a?adió Suri, casi en un soplo—. Solo quiere pensar un poco. El trabajo parece ayudarlo.
Las mayores, al percatarse del curioso grupo reunido entre la arboleda, no tardaron en acercarse. Jerut fue la primera, con una sonrisa amplia y pícara cruzando los brazos sobre su pecho.
—?Qué pasa aquí, eh? —preguntó con voz burlona— ?Una reunión de observadoras secretas?
—Solo lo miran trabajar, Jerut —respondió Alisha, que llegaba detrás con una cesta de raíces secas para almacenar.
Jaia, más serena, se limitó a observar la escena desde atrás, con sus ojos sabios entrecerrados.
—A veces el silencio y el trabajo es el modo en que el alma de un hombre busca entenderse —dijo con su voz calmada—. Déjenlo tener su momento. Es un hombre que necesita reconstruir su paz tanto como su techo.
Mientras tanto, Erik seguía concentrado en su tarea, colocando capas de hojas anchas y musgo bajo las ramas para asegurar la impermeabilidad. El sudor le perlaba la frente y le oscurecía la espalda de la camisa. Estaba tan absorto que no notó la multitud de ojos pendientes de él… hasta que una voz familiar lo llamó suavemente desde el suelo.
—Erik.
Giró la cabeza y vio a Arlea acercándose con una peque?a cesta de fibras vegetales colgando del brazo. Sus pasos eran firmes sobre la tierra húmeda, y su expresión era una mezcla de preocupación y ternura.
—No has desayunado, y ya casi es la hora del almuerzo —le dijo, alzando la cesta—. Te traje algunas frutas, por si quieres comer algo mientras tanto.
La sonrisa de Erik al verla fue inmediata y cálida. Bajó del techo con agilidad, limpiándose el polvo y la savia de las manos en los laterales del pantalón antes de aceptar el obsequio.
—Gracias, Arlea. Eres un ángel —dijo, cogiendo una fruta de piel brillante y mordiéndola con gratitud—. La verdad es que no me había dado cuenta de la hora.
—Eso pensé —respondió ella, con una sonrisa que le iluminaba los ojos—. Se te nota cuando estás pensando demasiado, olvidas hasta de comer.
Erik bajó la mirada al suelo por un instante, un leve rubor de vergüenza cubriendo sus mejillas, y tomó otro bocado jugoso.
—Supongo que sí. Solo quería mantenerme ocupado… —admitió con sinceridad—. Mika tiene razón; si no hacía algo, el techo se me iba a caer encima antes de la próxima lluvia.
Arlea soltó una risa suave y cristalina que, por un momento, disipó la pesadez que anidaba en el corazón de Erik.
—Bueno, al menos ya no dormirás con goteras —bromeó ella, mirando el techo medio reparado con aprobación.
Desde su escondite, las demás observaban la escena con una mezcla de ternura y divertida complicidad. Jerut suspiró de manera exagerada.
—Y ahí lo tienen —dijo en un tono lo suficientemente bajo para no ser oída—. Trabaja, se ve guapo, y encima le llevan frutas. Qué suerte la de este hombre.
Las chicas contuvieron unas risitas, y hasta la propia Alisha no pudo evitar una sonrisa.
Erik, ajeno por completo a su audiencia, agradeció una vez más a Arlea y, con un gesto lleno de cari?o, le acarició la mejilla con los nudillos.
—Gracias por cuidarme —dijo en voz baja, acercándose para darle un beso tierno y prolongado en los labios.
—No es nada, Erik… —respondió ella, con la mejilla ligeramente sonrojada—. Solo no te encierres tanto en tus pensamientos. Recuerda que no estás solo, ?de acuerdo?
él asintió en silencio, con una sonrisa tenue pero cargada de significado. Cuando ella se alejó, dirigiéndose hacia la cocina comunal para ayudar con los preparativos del almuerzo, Erik se quedó un momento más mirando el techo a medio reparar y luego alzó la vista hacia el cielo. Entre las nubes grises se abrían claros, dejando pasar haces de luz dorada que iluminaban el valle.
—No estoy solo… —repitió para sí en un suspiro casi inaudible, como si acabara de recordar una verdad esencial.
Con un nuevo temple, tomó la última rama y volvió a trepar al techo, listo para continuar su trabajo, llevando consigo no solo el sabor dulce de la fruta, sino también la calidez del cuidado que siempre lo rodeaba.
El sol del mediodía apenas lograba filtrarse entre la capa de nubes que persistía sobre el valle, creando una luz difusa que ba?aba todo en tonos plateados. El aire olía a frutas frescas recién cortadas, a hojas mojadas y a tierra viva después de la lluvia. Las chicas se habían reunido alrededor de la mesa comunal para compartir el almuerzo; el ambiente era tranquilo, aunque algo contenido, como si una fina capa de hielo cubriera la normalidad de siempre.
Erik llegó poco después, con las manos aún marcadas por la tierra y la savia seca de su trabajo en el techo. Varias sonrieron al verlo acercarse, y Suri fue la primera en correr hacia él, sosteniendo una fruta de pulpa anaranjada.
—?Erik, ven! Hada trajo más de esas frutas dulces que te gustan —dijo la ni?a con entusiasmo, tirando suavemente de su brazo.
él sonrió, agradecido por la calidez que siempre encontraba allí. Pero, al mirar a su alrededor, notó una ausencia inmediata.
—?Y Mika? —preguntó con tono suave, sentándose junto a Suri y dejando la cesta vacía que Arlea le había dado mas temprano a un lado—. No la veo desde la ma?ana.
Las miradas entre las chicas se cruzaron con cierta incomodidad. Fue Becca quien habló primero, bajando un poco la voz:
—Está en su caba?a… o eso creemos. Dijo que no se sentía muy bien.
—?Le pasó algo? —preguntó Erik, con un deje de preocupación en el rostro.
Hada suspiró, mirando hacia el suelo como si estudiara las vetas de la mesa de madera.
—No está enferma, Erik. Está… triste. —Alzó la mirada hacia él, como buscando las palabras correctas—. Por lo de tu objeto, el que ella encontró hace meses.
Erik la observó un instante, sin comprender del todo.
—?El colgante? —preguntó, sintiendo el peso del metal en su bolsillo.
Alisha intervino entonces, con su tono calmado y maternal:
—Sí. Mika solía hacer eso cuando era peque?a —explicó, mientras partía una fruta—. Si algo le llamaba la atención, lo tomaba y lo guardaba. No por malicia, sino porque… sentía que debía cuidarlo, o simplemente le gustaba tenerlo cerca. Como un pájaro que colecciona cosas brillantes.
Jerut a?adió con una leve risa nostálgica:
—Era su "costumbre de recolectora", como decíamos. Encontraba cosas brillantes, con formas raras, plumas de colores... y las escondía en rincones de su caba?a. Pero siempre lo hacía con inocencia, nunca con mala intención.
Becca asintió, jugueteando con su fruta.
—Y hace a?os que no lo hacía. Creímos que se le había pasado esa manía.
Erik escuchaba en silencio, procesando la información. Bajó la mirada, recordando la expresión de Mika esa ma?ana, la mezcla de miedo y tristeza en sus ojos cuando vio su reacción al encontrar el colgante.
—En mi mundo —empezó a decir lentamente, buscando las palabras adecuadas— hay algo parecido a eso… se llama guardador de tesoros. —Las chicas lo miraron con curiosidad, sin entender la palabra—. Es una condición… donde las personas toman objetos que les llaman la atención o tienen un valor sentimental para ellos, pero no con intención de robar. Es como… una necesidad compulsiva de tomar cosas, aunque no las necesiten. A veces ni siquiera se dan cuenta de que lo hicieron, hasta mucho después.
Las mujeres lo miraron con un silencio respetuoso. Becca fue la primera en hablar.
—Entonces… ?crees que Mika tiene eso?
Erik negó suavemente con la cabeza.
—No lo sé. Tal vez algo similar. Pero si es así… no es culpa suya. Solo… una costumbre que nunca se fue del todo, una manera en que su mente trata de lidiar con algo más profundo.
El silencio se extendió por unos segundos, solo roto por el canto de un pájaro en la distancia. Luego, Arlea le ofreció un trozo de fruta, pero él no lo tomó.
—Creo que debería ir a hablar con ella —dijo al fin, levantándose.
Suri bajó la mirada, un poco triste.
—No te enojes con ella si… —susurró, sin completar la frase.
Erik sonrió con ternura, inclinándose para acariciarle la cabeza.
—No, peque?a. Solo le diré que no tiene que cargar con esa culpa. Que entiendo por qué guardó mi colgante todo este tiempo.
Se despidió con un gesto amable y comenzó con paso firme hacia la caba?a de Mika. El viento era fresco, cargado con el aroma húmedo de las hojas y el canto lejano de los pájaros después de la lluvia.
Erik caminó con determinación, esperando hallarla dentro, tal vez descansando. Sin embargo, cuando entro, encontró el interior vacío. La cama estaba desordenada, las mantas en el suelo, y varias cosas desordenadas en el suelo, como si hubieran buscado algo con urgencia por todas partes… pero ni rastro de ella.
Frunció el ce?o, preocupado. Salió y empezó a recorrer el sendero entre las caba?as, mirando de un lado a otro. El aire del mediodía estaba tibio y los sonidos del bosque llegaban amortiguados por la brisa.
No tardó en verla. Mika estaba sentada en el suelo, frente a una vieja caba?a que parecía abandonada hacía mucho, aunque se notaba que alguien la mantenía limpia. Sus hombros estaban caídos, las manos descansando sobre las rodillas y la mirada perdida en el umbral vacío. Erik se detuvo un instante antes de acercarse, notando el ambiente distinto, pesado, casi sagrado.
Reconoció el lugar. Era una de las caba?as de las cazadoras, de sus compa?eras. Y si la memoria no le fallaba, aquella había sido la de Noga… la amiga más cercana de Mika, según le habían contado las demás.
Erik se acercó despacio, sin decir palabra, y se sentó junto a ella en la hierba húmeda. No hizo falta preguntar; el silencio entre ambos hablaba por sí solo. Mika seguía mirando hacia el interior oscuro de la caba?a.
—…Era aquí —susurró al fin, rompiendo el silencio—. Aquí vivía Noga.
Erik inclinó un poco la cabeza, respetando ese momento.
—Las chicas me contaron algo de ella, y de las demás —dijo con voz baja—. Que ella era tu compa?era más cercana.
Mika asintió apenas, sin apartar la vista del umbral vacío.
—éramos inseparables. Salíamos juntas a cazar, entrenábamos, reíamos… —una sonrisa triste asomó apenas un segundo antes de borrarse—. Ese día… cuando entramos en el bosque prohibido, cuando nos emboscó ese animal, ese lagarto gigante… cuando la mitad de ellas murió, fue ella quien me dijo que huyera. Yo me quedé con ellas, pero cuando me lastimó con una de sus garras, Noga me empujó hacia un arbusto y creo que me desmayé por unos segundos, o minutos talvez. Cuando desperté ya todas estaban… —su voz se quebró un poco— muertas, junto con el lagarto. Tuve que dejarlas allí.
Erik no dijo nada, dejando que el silencio los envolviera, permitiendo que el peso de sus palabras se asentara entre ellos.
A su alrededor, otras cuatro caba?as permanecían alineadas, también limpias y cuidadas, cada una con un objeto personal colgado en la entrada: una tira de cuero para el cabello de Orla, el collar de colgantes de huesos de Pace, la daga de hueso de Quinn y la manta tejida de Rea, las compa?eras que habían caído junto a Noga. Todo el lugar parecía detenido en el tiempo, como un santuario silencioso que Mika cuidaba sola.
—Las mantengo limpias… —susurró Mika con una leve sonrisa triste—. No puedo evitarlo. Es como si, si dejo que se llenen de polvo, las estuviera olvidando. Y no quiero olvidarlas, Erik.
—No lo haces —respondió él con voz firme—. No las olvidas… las honras.
Ella giró apenas el rostro hacia él. Sus ojos se humedecieron visiblemente.
—A veces pienso que, si no hubiera insistido en ir al bosque prohibido, todas seguirían vivas. Becca no quería dejarme ir. Pero yo… yo siempre fui terca. Y ellas, mis amigas, me ayudaron a convencerla y me siguieron. —Su voz se quebró—. Murieron por mi terquedad.
Erik apretó los labios, dolido por verla así. Entendió, al fin, de dónde venía esa manía de guardar cosas, de coleccionar peque?os objetos como tesoros: cada uno debía ser, en su mente, un intento inconsciente de retener lo que temía perder, de mantener cerca los pedazos de un mundo que se le escapaba entre los dedos.
Se inclinó y la abrazó por los hombros, sin decir palabra. Mika, al principio rígida, terminó apoyando la cabeza en su pecho, dejando que las lágrimas cayeran silenciosas, manchando su polera.
—Mika… —dijo él, con suavidad—. A veces la mente hace cosas raras para protegernos del dolor. Guardas cosas porque tu corazón no quiere perder nada más. Pero no estás sola. Ellas siguen contigo… en cada recuerdo, en cada caba?a que mantienes limpia. Y yo también estoy aquí.
Ella lo miró, con los ojos rojos pero brillantes de gratitud, y asintió débilmente.
—Gracias, Erik. —Sus dedos se aferraron a su brazo con una fuerza que delataba su necesidad de ancla—. Prometo que dejaré de esconder cosas. Pero estas caba?as…
—Estas están bien —la interrumpió él, sonriendo apenas—. Estas deben quedarse así. Para recordarlas, no para castigarte. Este es tu monumento a ellas, y es hermoso que lo mantengas.
Mika asintió, y por primera vez ese día, su sonrisa llegó hasta sus ojos, limpia y sincera, como la luz del sol que finalmente comenzaba a disipar las nubes.
Erik aún sostenía a Mika entre sus brazos cuando escuchó pasos cuidadosos detrás de ellos. Giró apenas el rostro y vio a Becca acercarse en silencio, con las manos entrelazadas frente a su cuerpo y una expresión contenida que no lograba ocultar completamente el dolor. Había estado escuchando lo suficiente como para entender el peso de aquella conversación, y ahora se permitía romper el silencio que la envolvía.
—No eres la única que carga con eso, Mika —dijo finalmente, con voz grave pero temblorosa, como si cada palabra tuviera que abrirse paso a través de meses de silencio.
Mika alzó la cabeza del hombro de Erik, sorprendida, y al verla ahí, su expresión se llenó de culpa renovada.
—Becca… yo…
—Yo también me siento responsable —la interrumpió Becca suavemente, respirando hondo como si se preparara para liberar un peso largo tiempo contenido—. Pude haber sido más firme. Si te hubiera detenido, si no hubiera cedido ante tus ruegos por entrar al bosque prohibido… tal vez todas seguirían aquí. Como la mayor, esa responsabilidad también era mía.
—Pero tú solo querías cuidarnos —replicó Mika, su voz quebrada por la emoción—. Fui yo la que insistió una y otra vez. Ellas me siguieron porque confiaban en mí, porque yo las convencí.
Becca negó despacio, con un movimiento que parecía cargar con el peso de mucho tiempo.
—No, Mika. Ellas te siguieron porque te querían. Igual que yo. Y ninguna de nosotras debía cargar sola con lo que pasó. He llevado este peso tanto tiempo como tú, solo que de manera diferente.
Erik observó en silencio, conmovido por la crudeza y sinceridad que flotaba entre ambas, un diálogo que parecía esperado desde hacía meses. Luego, sin pensarlo demasiado, extendió un brazo y atrajo a Becca hacia ellos, encerrando a ambas mujeres en un abrazo firme y cálido que formó un círculo cerrado de consuelo.
—Basta ya —murmuró, su voz un bálsamo en la tensión del momento—. Ninguna de las dos tiene por qué seguir castigándose por lo que no se puede cambiar. Lo importante es que están aquí, vivas… y que siguen honrando a las que se fueron con su recuerdo, no con su culpa.
Mika bajó la mirada, limpiándose una lágrima que resbalaba por su mejilla con el dorso de la mano.
—A veces siento que si dejo de pensar en ellas, si dejo de sentir este dolor, las estoy traicionando. Como si al sanar, las estuviera abandonando.
—No las olvidas por sonreír, Mika —dijo Erik con voz tranquila pero firme—. Ellas viven cada vez que haces algo bueno, cada vez que cuidas de alguien, cada vez que sigues adelante llevando su memoria contigo. Eso las honra más que cualquier lamento.
Becca asintió, apretando la mano de su amiga entre las suyas, un gesto de solidaridad que trascendía las palabras.
—Erik tiene razón. Tal vez es momento de recordarlas con gratitud por lo que fueron, no con culpa por cómo se fueron. Ellas nos ense?aron a ser valientes, y no creo que quisieran vernos prisioneras de un recuerdo doloroso.
El aire alrededor de las caba?as silenciosas se llenó de una calma extra?a, como si el bosque mismo aprobara esas palabras, susurrando su aquiescencia a través del leve movimiento de las hojas. Los tres quedaron un momento en silencio frente a las caba?as, mirando cómo la luz filtrada del mediodía entraba entre las ramas, iluminando las puertas adornadas con flores frescas y objetos queridos.
Erik les sonrió suavemente, rompiendo el hechizo del momento con una propuesta práctica que las anclara al presente.
—Vengan, ya es hora de comer. Si seguimos aquí, Alisha y Jerut nos van a rega?ar por dejar que la comida se enfríe. Y ustedes saben que no hay peor rega?o que el de Jerut cuando se trata de comida desperdiciada.
Becca soltó una risa leve y sorprendida, la primera en mucho tiempo que resonaba en ese lugar sagrado. Mika también esbozó una sonrisa, limpiándose las mejillas húmedas con el dorso de la mano.
—Sí, creo que ya basta de llorar por hoy —dijo Mika con un suspiro que parecía liberar meses de angustia contenida.
Las tres figuras se separaron del abrazo y se alejaron despacio de las caba?as silenciosas, sus pasos ahora más ligeros sobre la hierba. El sol del mediodía caía entre los árboles en haces dorados, haciendo brillar las flores frescas que colgaban en cada entrada como testigos silenciosos. Por un instante, Mika miró hacia atrás y juró ver una brisa suave mover las hojas junto a la entrada de la vieja caba?a de Noga… como si alguien invisible se despidiera con una sonrisa de aprobación final.
Becca notó el gesto, y sin decir palabra, tomó la mano de Mika entre las suyas, uniendo sus destinos una vez más. Erik caminó junto a ellas, sintiendo cómo el aire a su alrededor se hacía más liviano, como si el valle entero respirara aliviado junto con ellos.
Ya era hora de dejar descansar los fantasmas, al menos por hoy. Y quizás, con el tiempo, para siempre.
La mesa del mediodía estaba rebosante de aromas cálidos y sencillos: frutas recién cortadas que destilaban su dulzura en el aire, pan suave y esponjoso de raíces que Jaia y Alisha habían horneado esa ma?ana, y un guiso de verduras y hierbas que Arlea había preparado con la calma que la caracterizaba. El ambiente era más tranquilo que de costumbre, como si la paz del valle después de la lluvia se hubiera colado en el espacio entre las caba?as. A pesar del murmullo bajo de las demás compartiendo la comida, entre Erik y Mika flotaba un silencio suave, el tipo de silencio que solo existe entre dos personas que aún procesan algo que las ha removido por dentro.
Mika, con las manos sobre el regazo, miraba de reojo a Erik mientras él comía. Sus dedos jugaban nerviosos con el borde deshilachado del mantel tejido por las mayores hacía mucho tiempo. Finalmente respiró hondo, como reuniendo coraje, y habló en voz baja, apenas un susurro que solo él podía escuchar.
—Erik… lo siento por haber guardado tu colgante… y más aún por olvidar que lo tenía. —Sus ojos se humedecieron, brillando a la luz del mediodía—. No quise hacerlo, de verdad. Nunca querría herirte.
Erik levantó la vista de su plato y la observó en silencio unos segundos, estudiando la sinceridad que inundaba sus facciones. Luego, una sonrisa suave y comprensiva curvó sus labios.
—No tienes por qué disculparte, Mika. —Tomó el colgante de su bolsillo, haciéndolo girar suavemente a la luz que se filtraba entre las hojas—. Mira, está limpio, bien cuidado… más de lo que yo lo había tenido en mucho tiempo.
Alrededor de ellos, aunque discretas, las demás chicas sonrieron en silencio, aliviadas por el tono cálido y carente de reproche en la voz de Erik. Pero cuando él acercó el colgante a sus ojos, examinándolo con una mirada más atenta, notó algo que antes había pasado por alto. Peque?os raspones nuevos, casi imperceptibles, cerca de la unión metálica donde las dos mitades se encontraban.
—Intentaste abrirlo, ?verdad? —preguntó sin un ápice de dureza, solo con curiosidad.
Mika bajó la cabeza, mordiéndose el labio inferior con gesto de culpa.
—Sí… fue hace mucho, poco después de encontrarlo. No sabía que era tuyo, solo me dio curiosidad. Lo intenté varias veces, con mucho cuidado, y después lo limpiaba sin saber muy bien por qué… —sus palabras se hicieron más lentas— me parecía importante, como si guardara un secreto que necesitaba ser descubierto.
Erik sonrió débilmente, con una expresión que mezclaba nostalgia y comprensión.
—Lo era —dijo, girándolo entre sus dedos como si midiera su peso—. Es… lo único que conservo de aquella persona que me salvó la vida cuando era solo un ni?o. Y no te culpo, Mika. Yo también traté de abrirlo durante a?os, creyendo que escondía algo dentro. —Levantó la mirada hacia las demás, que ahora escuchaban con atención contenida—. Ni siquiera sé si realmente se puede abrir. Tal vez nunca estuvo destinado a hacerlo.
Becca, sentada frente a ellos, observó el colgante con atención renovada, como si estuviera viéndolo por primera vez.
—Entonces… ?esto es algo de antes de que llegaras a nuestro mundo?
Erik asintió lentamente, y su mirada se perdió por un momento en la distancia, más allá del círculo de la mesa, más allá del valle.
—Sí. Pertenece a alguien de mi infancia, alguien que se cruzó en mi camino justo cuando pensé que todo estaba perdido. —Hizo una pausa, cerrando los ojos un instante como si estuviera viendo escenas de otra vida—. En ese lugar… donde me tocó vivir un tiempo que, hasta hoy, he preferido no recordar en voz alta.
El silencio alrededor de la mesa se volvió más denso, más significativo. Incluso Jerut y Alisha, que hasta entonces habían estado conversando en voz baja mientras compartían un trozo de pan, dejaron sus cubiertos y volvieron su atención completa hacia Erik.
Mika lo miró con una dulzura que nacía de la comprensión recién encontrada, y tomó su mano entre las suyas, que estaban ligeramente temblorosas.
—Puedes contárnoslo… si quieres, si estás listo. Te escucharemos.
Erik le devolvió el gesto, apretando suavemente sus dedos como buscando fuerza en ese contacto.
—Creo que ya es hora —dijo finalmente, con una calma que apenas escondía un temblor profundo en el pecho—. Ya les conté sobre mi mundo, mi familia, sobre mi vida antes de la guerra… pero hay una parte que siempre evité, una puerta que mantuve cerrada.
—?La del lugar donde te llevaron esos soldados, verdad? —preguntó Becca con suavidad, recordando lo que había quedado pendiente en aquella conversación junto al fuego, bajo las estrellas.
—Sí… —asintió Erik, y su mirada se nubló mientras se fijaba en algún punto lejano e invisible para los demás—. Ese lugar al que los adultos de allí llamaban la Comuna de Origen. Allí… en ese sitio entre rejas y promesas rotas, fue donde todo comenzó a cambiar para mí.
Mika y Becca intercambiaron una mirada cargada de preocupación y solidaridad. Las demás, en un silencio respetuoso, se acomodaron en sus asientos, algunas acercándose ligeramente, todas preparadas para escuchar, para sostener con su atención el peso de las palabras que estaban por venir.
Erik pasó el pulgar una y otra vez sobre la superficie fría y lisa del colgante, como si el metal le devolviera un eco lejano de su pasado, como si a través de ese contacto pudiera encontrar el coraje para continuar.
Erik iba a continuar su relato cuando Jaia levantó una mano con gentileza, interrumpiendo el silencio cargado con su tono firme y sereno que todos respetaban.
—Hijo… —dijo con una leve sonrisa que suavizaba la arruga de sus ojos—. Creo que será mejor que reserves el resto para esta noche, cuando todas hayan terminado sus tareas y podamos reunirnos con la calma que una historia así merece. Así podrás hablar sin que la lluvia ni los pendientes del día nos distraigan.
Alisha asintió de inmediato, secándose las manos.
—Tiene razón, Jaia. Los techos faltantes deben revisarse antes de que las nubes descarguen de nuevo. No queremos sorpresas a medianoche —dijo, mirando a Erik y Mika con una sonrisa cómplice que iluminaba su rostro—, ?verdad?
Jerut soltó una carcajada al recordar lo ocurrido la noche anterior, un sonido ronco y lleno de vida que rompió la tensión.
—?Oh sí! No querrán despertarse con el agua en la cara como cierta pareja de tortolitos que conozco! —bromeó se?alando a Erik, quien se llevó una mano al rostro con una sonrisa resignada pero genuina.
Las chicas estallaron en risas suaves, como pájaros trinando. Incluso Mika, que aún se sentía algo culpable, no pudo evitar reír al recordar la escena caótica de anoche, cuando habían tenido que correr cubiertos con mantas a toda prisa a su caba?a.
—Sí… esta vez no habrá goteras —dijo Erik alzando una ceja hacia Jerut en un gesto de fingida severidad—. Prometo asegurar cada parte del techo, hasta la última rama.
—Más te vale, muchacho —respondió Jerut, entre risas que le hacían entrecerrar los ojos—. A menos que quieras que Mika te cobre el techo mojado de otra forma esta noche.
Mika, sonrojada, le lanzó una mirada fingidamente ofendida que solo provocó más risas entre el grupo. Becca negó con la cabeza, tratando de mantener la compostura, aunque una sonrisa se asomaba a sus labios.
—Está bien, entonces quedamos así —dijo Jaia al fin, dando por cerrado el tema con su autoridad natural—. Esta noche, durante la cena y de que todos estén reunidos junto al fuego, nos contarás el resto, Erik. Con tiempo y espacio para escuchar como se debe.
Erik asintió, algo más tranquilo al tener unas horas más para prepararse.
—De acuerdo. Esta noche lo haré —confirmó con tono sereno, aunque su mirada seguía fija en el colgante que aún sostenía entre sus dedos, como si esa peque?a pieza de metal contuviera el peso de todas sus palabras por venir.
Las mayores se levantaron con movimientos coordinados, organizando los grupos para las reparaciones urgentes. Arlea y Lera se ofrecieron para revisar las uniones de las caba?as más peque?as, mientras Becca se encargaría de supervisar la suya y la de Mika, asegurándose de que ningún punto débil quedara sin atender.
Suri, que había permanecido cerca observando con sus grandes ojos curiosos, tomó la mano de Erik y tiró suavemente de él.
—Ven, hermano, revisemos la tuya si aun te falta algún rincón, así no se mojan otra vez —dijo sonriendo, su entusiasmo infantil actuando como un bálsamo para la tensión del momento.
Erik no pudo evitar sonreír ante su insistencia alegre.
—Está bien, peque?a. Pero esta vez tú me pasas las ramas y las hojas, ?de acuerdo? Yo me encargaré de colocarlas.
—?Trato hecho! —respondió ella alegremente, saltando sobre sus pies.
Así, entre risas y comentarios juguetones, todos se pusieron en marcha. El ambiente se volvió más liviano, como si la promesa de la historia que vendría en la noche flotara en el aire, esperando el momento adecuado para revelarse, dando a todos un propósito compartido que unía el trabajo práctico del presente con la revelación emocional del futuro cercano.
El día continuó con las risas de las chicas subidas en los techos, el sonido rítmico de los martillazos improvisados y el murmullo constante del viento que traía aroma a humedad y hojas frescas. El valle entero parecía contener la respiración, esperando.
Y en medio de todo, Erik, aún pensativo, sentía cómo aquella calma productiva del día le preparaba el ánimo para abrir esa parte de su vida que había guardado celosamente por tanto tiempo. Cada rama colocada, cada gotera sellada, era como un peque?o paso hacia la paz necesaria para compartir su pasado.
El crepúsculo descendió lentamente sobre la aldea, ti?endo el cielo de tonos anaranjados y violetas que se reflejaban en las charcas dejadas por la lluvia. Las primeras chispas del fuego comenzaron a brillar en el centro del claro, lanzando sombras danzantes sobre los rostros serios de todos los presentes.
El olor de la le?a húmeda quemándose, combinado con el murmullo del viento entre los árboles y el crujido constante de las brasas, formaban una melodía tranquila, casi ritual, que envolvía el círculo de personas.
Las chicas se fueron acercando una a una, respondiendo a una convocatoria no dicha pero profundamente sentida. Jaia, Alisha y Jerut se acomodaron en sus troncos tallados, con esa dignidad tranquila que tenían las mayores, observando a todos con una mezcla de cari?o y responsabilidad. Becca llegó con una canasta de frutas recién lavadas que brillaban a la luz de las llamas, Lera y Arlea trajeron mantas gruesas para cubrir el suelo húmedo, y Hada se aseguró personalmente de que las llamas del fuego estuvieran lo suficientemente altas para iluminar todos los rostros, pero no tanto como para opacar las estrellas que comenzaban a aparecer.
Erik fue el último en llegar. Llevaba el colgante metálico en una mano, apretado tan fuerte entre sus dedos. Su mirada estaba perdida por un momento en la frontera entre la luz y la oscuridad del bosque, pero al ver a las chicas reunidas en espera silenciosa, sonrió con calma y se sentó en su lugar habitual, frente al fuego, donde la luz podía iluminar mejor su rostro.
Suri no tardó en acercarse. Algo en su corazón infantil le decía que aquella historia no sería como las otras, que necesitaría estar cerca. Sin decir palabra, se sentó en el regazo de Erik, abrazándolo con suavidad pero con firmeza.
él la miró por un instante, pero luego, con una ternura que desbordaba sus ojos, la estrechó contra su pecho, rodeándola con sus brazos como si fuera un refugio.
—Estoy contigo, hermano —susurró Suri, casi en un hilo de voz que solo él pudo escuchar.
Becca y Mika se sentaron a sus costados, flanqueándolo como guardias honorarias. Mika tomó su mano libre entre las suyas sin decir nada; Becca, por su parte, le dio una sonrisa serena que decía más que cualquier palabra de aliento. Las demás chicas se acomodaron en semicírculo a su alrededor, expectantes pero respetuosas, sintiendo el peso del silencio que antecede a las verdades profundas, ese silencio que tiene textura y presencia.
El fuego crepitó con fuerza, proyectando reflejos dorados y sombras movedizas sobre los rostros atentos. Erik observó las llamas un largo rato, como si en su danzar anaranjado viera los recuerdos que había querido olvidar, las escenas que había enterrado en lo más profundo de su memoria.
Tomó aire, una respiración profunda que llenó sus pulmones y pareció darle el valor final. Su voz, al salir, fue tranquila pero cargada de una emoción contenida que vibraba en cada sílaba.
—Lo que voy a contarles… es la parte de mi historia que siempre quise dejar atrás —dijo, abriendo la mano para mostrar el colgante que descansaba en su palma, brillando débilmente a la luz del fuego—. Pero si de verdad soy parte de ustedes, si somos una familia… entonces deben saberlo todo. Las partes luminosas y las sombras.
Las mayores asintieron con respeto solemne. Mika apretó su mano con más fuerza, transmitiéndole su apoyo sin necesidad de palabras. Becca, desde el otro lado, se inclinó un poco hacia él, con el corazón latiéndole fuerte contra las costillas.
Suri, aún acurrucada en su regazo, lo abrazó un poco más fuerte, como si con su peque?o cuerpo pudiera protegerlo de los fantasmas que estaba por invocar.
El fuego crepitó con más intensidad, enviando una lluvia de chispas hacia el cielo casi nublado, con indicios de despejarse y estar estrellado, como si la misma noche contuviera el aliento ante lo que estaba por venir.
Y así, con el viento acariciando las copas de los árboles en un susurro de aprobación, con la aldea en completo silencio y los rostros de su familia adoptiva iluminados por las llamas, Erik comenzó su historia.

