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El Caso del Monte Karzovik (Parte 4): Falla de Contención

  2 de febrero de 1987

  A las nueve de la ma?ana, las alarmas de emergencia se estallaron. Un sonido agudo y ensordecedor se filtra por cada rincón de la Zona 101-B.

  ?—Falla de contención en el área 101-B. El patógeno Agent-A mostró una respuesta no esperada. Seguridad: procedan con fuerza letal —ordenó una voz distorsionada por los altavoces.

  ??De verdad dijo letal? Por un segundo, quise creer que no era nada grave.

  ?Corrí por los pasillos mientras las luces blancas eran reemplazadas por un destello rojo intermitente. El suelo cian, bajo esa iluminación, ahora se veía de un tono púrpura enfermizo por la sangre derramada. El área 101-B se había convertido en un matadero. Los sujetos de prueba ya no mostraron la fragilidad con la que habían llegado desde Chernóbil; ahora se movían con una agilidad sobrehumana, como si sus músculos hubieran sido reconfigurados por el virus.

  ?Doblé una esquina y me quedé paralizado. Vi a un biólogo en el suelo, gritando desesperado, mientras uno de los sujetos le arrancaba el abdomen con los dientes con una fuerza animal.

  The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident.

  ?—?Dispara, maldita mar! —me gritó un científico que pasaba corriendo a mi lado, perseguido de cerca por otra de esas cosas.

  Los sujetos emitían gemidos guturales que contrastaban con los gritos desesperados del personal; era un sonido húmedo y rancio. Mis manos temblaban con tal fuerza que estuve a punto de soltar la pistola ante la carnicería que presenciaba. ?Cómo podía dispararle a alguien que ya había sobrevivido a la tragedia de Chernóbil?

  ?De pronto, un biólogo me arrebató el arma de las manos y disparó dos veces con precisión quirúrgica a la cabeza de una mujer que corría hacia nosotros. Su rostro estaba pálido y la herida en su antebrazo no sangraba. Tenía los ojos desorbitados; el patógeno la había despojado de todo rastro de humanidad.

  —Esa cosa ya no es humana, Dmitri. En los monitores no se registraba pulso y, aun así, atacó —dijo el hombre con una voz a la que le faltaba el aire.

  ?Me ordenó ir al arsenal por un AK-74. Cuando regresó, el pasillo que minutos antes estaba despejado, ahora se encontraba salpicado de manchas y gotas de sangre. El biólogo que me había salvado yacía en el suelo; un infectado le hundía los dientes en el cuello, desgarrando la arteria carótida. La sangre brotaba sin control, formando un charco denso que se extendía sobre el piso cian.

  ?Al verme, cinco de los infectados se abalanzaron sobre mí. No hubo tiempo para pensar: presioné el gatillo del fusil hasta que el cargador quedó vacío. Siete personas dadas de baja. Sus cuerpos, al caer, revelaron una palidez extrema, casi tan blanca como la nieve del exterior.

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