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Camino nómada, corazón desconfiado

  —?Quién bota comida en mi situación? —decía Maribel mientras caminaba—. Cuando vuelva, voy a tener un gran pleito con todos.

  La melancolía se filtró en sus ojos.

  —Ojalá nada de esto me hubiera pasado…

  En el camino iba comiendo una de las manzanas que le dieron. No eran exactamente deliciosas: eran peque?as y ni de cerca tan rojas como las de los supermercados, pero seguían siendo comida.

  Llevaba la ropa que le regalaron y su uniforme colgado sobre el hombro.

  En el camino encontró a un viejo que recogía sus cosas en la carretera. él la miró, y sus ojos casi se salieron de sus cuencas. Rápidamente volvió a su carreta, como si estuviera listo para huir, dejando sus productos tirados en el suelo.

  —?Espere, abuelo! No huya.

  Ella lo alcanzó, ignorando los productos esparcidos. Miró las cosas tiradas y comenzó a ayudarle a recogerlas. El gesto asombró aún más al viejo; parecía estar presenciando un milagro. Reacciones como esa dejaban en Maribel una impresión profunda, pero en el mal sentido.?

  ?Es entendible que me teman cuando estaba cubierta de sangre, pero ahora esto ya es insultante. La ropa que uso está limpia?.

  Miró con incomodidad el uniforme manchado que llevaba sobre los hombros. No había notado cuán mal estaba realmente.

  Soltó un suspiro contenido.

  —Disculpe, se?or… ?Se dirige a la ciudad más cercana?

  —S-sí, mi se?ora… ahí mismo… —respondió, dudando incluso de si debía seguir hablando.

  —Genial. Precisamente ahí quiero ir. Me sorprende que vaya a pie y cargando tantas cosas cuando está tan lejos.

  —Jejeje… —el abuelo rió nerviosamente—. Estas rutas son seguras —dijo, como intentando convencerse a sí mismo—. Gracias a los guardias del se?or, que se encargaron de eso hace unos a?os. Además, son solo unos pocos días… Incluso si quiere ir más lejos, no hay problema. También hay lugares de descanso.

  —…

  Maribel reflexionó un momento.

  —Ya veo… Abuelo… ?Quizás necesita ayuda?

  —…

  No supo qué responder.

  Sintiendo la incomodidad, ella se presentó.

  —Me llamo Maribel —dijo, esbozando una ligera sonrisa cordial—. Esperaba poder acompa?arlo hasta el próximo destino.

  Mientras hablaba, recogía ropas y sombreros del suelo. El hombre se tensó.

  El viejo guardó silencio y continuó caminando junto a su carreta, sin permitir nunca que ella la empujara.

  Durante los siguientes dos días, el ambiente fue tenso. Maribel quería llorar. ?Cómo era posible que una buena intención terminara en tanta desconfianza? Cuando el viejo finalmente se separó de ella, fue como si se hubiera quitado un objetivo de bala del pecho.

  Al llegar, pasó junto a un letrero que decía: ?Puerta de Sal?.

  El sol había comenzado a perder intensidad, reposando entre las monta?as.

  Pero ella no tenía dónde reposar.

  —?Qué hago ahora…?

  Maribel estaba deprimida. Realmente deprimida.

  —?Qué es la villa Puerta de Sal? ?Y por qué ese nombre? Ni siquiera comercian con sal…

  Se sentó en una esquina de un callejón, bajo la sombra, y bajó la mirada.

  —Tampoco me dejaron mi teléfono cuando me desmayé… Así no puedo llamar a nadie…

  Un dolor intenso le subió desde el estómago hasta la garganta, apretándole el pecho.

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  Su estómago sonó con claridad. Lamió sus labios secos.

  Aunque en los últimos días había logrado despejar mejor su mente y tener un tiempo que antes no tenía en su vida cotidiana, nada de eso importaba: ese tiempo no era para sí misma, ni una mente despejada resolvía un problema tan visible. Lo peor era que nadie quería ayudarla.

  Lo más extra?o era que nadie conocía los términos teléfono, red satelital ni wifi.

  —Realmente, la única manera de pasar el tiempo ahora es meditar… —murmuró—. Incluso algunos se me unen por un rato, aunque siempre se van pronto. ?Tendrán eso como pasatiempo? No vi que practiquen ningún deporte; solo vi jugar a los ni?os… aunque eran juegos que no conozco.

  En su mente estaba segura: este lugar era desconocido para su mundo.

  Pero algo le picaba en la conciencia, como una idea intentando salir a la superficie.

  —Mmm… No. Imposible. No, no, no… Esto no puede ser el caso. Si estuviera muerta no pasaría hambre… creo.

  No conocer cosas como internet o los teléfonos no significaba, necesariamente, que estuviera en el mundo después de morir.

  —Que sean más blancos que el promedio de donde vivía tampoco es excusa… Tal vez me enviaron a una ciudad donde se reúne gente de otra etnia, y ya…

  Otra vez su estómago sonó. Esta vez tuvo que aceptarlo: cualquier cosa que diera comida era buena.

  El hambre no le dio más tregua. Al día siguiente empezó a llamar a las puertas de la villa.

  Los días pasaron así, mendigando trabajo. Todos se lo negaban, asustados. Nadie quería tenerla cerca.

  Solo consiguió empleo en un restaurante de mala muerte.

  Estaba muy por debajo de sus expectativas, pero ya no sentía que valiera la pena quejarse. Había tenido horas y horas sin hacer nada; incluso podía meditar sin interferencias, sin nada que hacer ni nadie a quien responder fuera del horario laboral.

  Ahora, dentro de una habitación maltrecha, estaba sola con sus pensamientos.

  Sus ojos parecían los de una persona muerta.

  —Hmph… Ahora que lo pienso, cuando medito absolutamente nadie me molesta, ni siquiera en mi horario de trabajo. Simplemente me esperan… —murmuró—. Debería dejar de hacerlo para holgazanear… aunque solo fueron tres veces esta semana.

  Toc, toc, toc.

  —?Maribel, estás ahí?

  Alguien golpeaba la pared. Le hubiera gustado decir que era una puerta, pero no tenía una; así que golpeaban directamente el muro.

  —Sí, aquí estoy, William —respondió con desánimo.

  —?Puedo pasar? —preguntó con cierta cautela.

  ??Qué clase de forma de hablar es esa? Es como decir: “ya eres mía, solo que no lo sabes, porque me debes mucho”. Cuando tenga el dinero, me iré de este lugar maldito?.

  —Adelante.

  Un hombre vestido de lino, con el cabello desordenado, entró. Tenía nariz aguile?a y una piel que le recordaba a los criollos y mestizos de América; un tono común entre la gente del lugar. En contraste, Maribel era ligeramente más oscura, pese a no trabajar en el campo como ellos.

  —?Cómo vas en tu recuperación? ?Te sientes con energías hoy? —preguntó.

  Su tono insinuaba algo oculto.

  Ella lo miró involuntariamente con los ojos afilados, casi sin poder ocultar su desagrado.

  ??Energías…? ?Qué clase de asquerosidades me estás insinuando, malnacido??

  Calmó su expresión y respondió:

  —Me siento algo cansada, como siempre. Así ha sido desde que llegué.

  William pareció sorprenderse un poco. Ella pensó que quizá había percibido su enfado, pero ya no le importaba.

  —Entiendo… Espero que te recuperes pronto —dijo con desánimo.

  Movió la tela que usaban como puerta y salió.

  Maribel lo siguió en silencio con la mirada. Vio que se dirigía al restaurante donde estaba el alcalde de la villa Puerta de Sal, así que se acercó, pensando que podría escuchar algo indebido. Entonces oyó la conversación.

  —Sí, pude sentirlo. Aunque ella se está recuperando lentamente, sin duda pude sentirlo —dijo William, con un tono decaído.

  —Ja, ja, ja —se burló el alcalde, con una copa de vino en la mano—. William… esa chica de verdad te odia, ?no? Es una pena por ti… pero ?qué más esperabas de alguien como ella?

  —No sé… Tal vez gratitud.

  —Ya es bastante con que no salte a tu garganta y, en su lugar, trate de entender a la gente de este pueblo. ?Viste la ropa que llevaba sobre los hombros? Quién sabe a cuántos mató… o, peor aún, cómo los mató. Pero aquí está, rebajándose a nuestro nivel. Incluso dejó esas preciadas ropas blancas. Aunque estén manchadas, no me cabe duda de que un buen tejedor las tomaría como ejemplo.

  Ella se miró a sí misma, ahora también vestida de lino. Extra?aba la seda y la lana.

  El viejo continuó:

  —De cualquier forma… William, realmente atrapamos un pez gordo. En estos lugares ella sería como un tiburón. Solo tener abiertos unos cuantos canales ya es bueno aquí; imagina tenerla a ella.

  —…

  William pensó un momento y tomó aire.

  —?Cómo vamos con los asuntos de la tribu de los hombres bestia? ?Pudimos encontrar alguna?

  —Está complicado. Están muy tensos y podrían volverse salvajes en cualquier momento —respondió el alcalde, mientras servía vino a William; no era caro, pero sí un lujo en ese lugar—. La ciudad no parece querer intervenir. Si esto sigue así, no tendremos más opción que mandar a Maribel con esas bestias… quizá así se calmen.

  El viejo suspiró.

  —Desafortunadamente, aún debemos esperar dos semanas a que la ciudad envíe un emisario. Hasta entonces, esperemos que las bestias no pierdan la paciencia ni hagan nada sin aviso… No deseo entregarles más mujeres para sus fines perversos.

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