El amanecer sobre SOPP era tenue, un contraste perfecto con el ritmo frenético que el equipo había llevado las últimas semanas. La base comenzaba a encontrar su estructura definitiva: un nivel de análisis, otro para entrenamiento, y un área médica equipada para casos urgentes. Precisamente hacia allí caminaba Maenut.
Sus pasos eran pausados, pesados, no tanto por cansancio físico, sino por el peso emocional que seguía cargando desde la muerte de su padre. Y ahora, también por la preocupación por Taenut, su contraparte alternativa, que había salvado su vida a costa de quedar fuera de combate.
La puerta de la sala médica se deslizó con un leve zumbido.
—Ya era hora. Me estaba aburriendo de ver el mismo techo todo el día. —dijo Taenut, recostado en la camilla, con un brazo vendado y su torso lleno de rastros de energía cristalina dispersa, como grietas de luz temblorosa.
Maenut sonrió ligeramente, cruzando los brazos.
—Dudo que puedas aburrirte contigo mismo.
—Técnicamente, eso es exactamente lo que me pasa. —respondió Taenut con una leve risa ronca—. ?Cómo va todo afuera?
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—Sinclair cayó. Pero no dejó nada útil para rastrear. Y el enemigo… parece más organizado de lo que pensábamos.
—?Y tú cómo estás? —preguntó Taenut, con una mirada directa.
Maenut desvió la mirada un instante, pero no tardó en responder.
—A veces siento que estoy avanzando bien… y a veces… que todo esto me está llevando con él.
Taenut asintió despacio, comprendiendo perfectamente.
—Cuando llegué a este mundo, sentí envidia. Mucha. Por ti. Por lo que tienes. Por tu gente. Por tu padre. Pensé que no te lo merecías. Pero… me equivoqué.
Maenut alzó una ceja.
—?Eso es una disculpa?
—Tal vez. O tal vez es mi forma de decir que confío en ti. Y que ahora más que nunca, quiero ayudarte a que esto funcione. No soy tú, Maenut. Pero… puedo ser alguien en este mundo también. Alguien útil.
Maenut caminó hasta la mesa cercana y dejó una peque?a caja metálica.
—Te traje esto. Son núcleos de energía que Dave adaptó. Acelerarán tu recuperación. Pero aún necesitas descanso.
Taenut tomó la caja, observándola.
—Gracias.
Ambos guardaron silencio. Uno pesado, pero tranquilo. No necesitaban decir más por ahora.
Antes de salir, Maenut giró sobre sus talones.
—Cuando estés listo, te quiero en el campo. No por obligación… sino porque ya formas parte de esto.
Taenut solo asintió. No con arrogancia ni sarcasmo. Solo una leve inclinación, sincera.
Y Maenut se fue, cerrando la puerta tras de sí con una sensación de alivio en el pecho. Por primera vez en días, no se sentía tan solo.

